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El PC chileno y las políticas del simulacro

por 28 enero 2016

El PC chileno y las políticas del simulacro
Convengamos que ir al sacrificio de esta manera y obtener las dadivas estatales contra un puñado de reformas parciales ––algunas ingarantizables– no resulta un acción muy sensata, sino un cálculo más bien instrumental. De suyo no hay indicios de que después del paso del PC por el Estado tengamos una sociedad más democrática, menos consumista, mayor renovación de los elencos elitarios y menor despolitización del tejido social.

En esta ocasión no pretendo referirme a las “glorias del mundo comunista”, a ese acervo casi decimonónico del mundo industrial que los historiadores chilenos han estudiado prolijamente sobre su vocación institucionalista y sus aportes al sistema democrático. No me refiero a ese “tronco histórico” que uno lee en los clásicos libros de autores como Ramírez Necochea o Julio César Jobet y tantos otros especialistas vinculados a la fidelidad de un pasado más pujante, sino al desgaste de un metal que pierde nobleza, cuya fidelidad por distintos factores se encuentra desgastada; un metal que ha perdido fidelidad (política).

Tampoco voy a hacer mención ex profeso a ese arsenal de personalidades que proyectaron la tradición comunista; cuestión que encierra nombres de la talla de García Márquez, Volodia Teitelboim, Pablo Neruda, José Saramago, y tantos otros hombres de letras y de la cultura popular –muralistas como Orozco, Riveras y Siqueiro– que forman parte del archivo universal. En la cultura popular, desde Osvaldo Pugliese a Horacio Guarany –sin olvidar a Guayasamín y tantos otros “hombres de bronce” que dejo afuera por motivos de espacio y porque, lisa y llanamente, no es el propósito de esta nota–.

En los años 90 las ciencias sociales abundaban en estudiar la estetización de la política. Y desde el 2014 se abrió en Chile un espacio de reformas acotadas, parcialmente ambiciosas, con el nombre y marca de Nueva Mayoría. Y dicho en su forma menos matizada, el partido de la hoz y el martillo actualmente hizo una donación simbólica a nuestro paisaje político.

Es una cuestión algo exótica que aquel partido fundado en 1912 por Luis Emilio Recabarren se encuentre en una especie de incurable “bicameralismo psicológico”. Es una suma de factores que invitan a una reflexión; su desmedrada sustancia ideológica, su mesurado capital académico (“¿y la masa crítica?”, excepciones siempre hay, eso sí, ayer más que hoy), sus códigos tendencialmente binarios: amigo-enemigo.

De otro lado, ese apego doctrinal a un “conformismo burocrático” que viene dado por la ausencia de distancia reflexiva con el mandato gubernamental, que le impide –al Partido– obrar desde sus convicciones más íntimas –acertadas o no–.

Es más, sin distancia crítica no puede haber una aplicación republicana de cómo debe obrar la razón de Estado. Convengamos que defender el institucionalismo de Bachelet –amortiguar el caso Caval– y el ministro Burgos, no guarda siquiera una similitud con el mundo del Frente Popular o el propio Frei Montalva (¡otros tiempos!). Y en esa cercanía institucional del Partido Comunista al bacheletismo tiene lugar un aggiornamento: el cosmético que la elitización del arcoíris necesitaba y el comercio semiótico que la Nueva Mayoría requería –originalmente– para sumar o ficcionar, a modo de simulacro, causas populares, imaginarios obreros, discursos igualitarios, mundos alternativos y, por qué no decirlo, promesas rotas.

En este sentido, el PC pone a disposición la memoria afectiva de sus semillas populares, su sociabilidad barrial, sus narrativas, su cromosoma cultural-memorial y entrega una gramática patrimonial –sus piochas de bronce– al servicio de la ficción de que los humildes, los desposeídos, ¡los nunca! –imaginariamente–, también pueden tener lugar en un ¡gobierno popular! –gobierno de reformas–.

Esa trama política es la pantalla moral que se ha intentado trazar. Aquí están en juego otras cosas: ostentar el patrimonio del mundo popular es una cuestión demasiado opinable dada la brecha entre relato épico y vida cotidiana. La hoz y el martillo no representan una simbología “empática” para nuestros enigmáticos grupos medios.

Pero convengamos que ir al sacrificio de esta manera y obtener las dadivas estatales contra un puñado de reformas parciales –algunas ingarantizables– no resulta un acción muy sensata, sino un cálculo más bien instrumental. De suyo no hay indicios de que después del paso del PC por el Estado tengamos una sociedad más democrática, menos consumista, mayor renovación de los elencos elitarios y menor despolitización del tejido social.

Pero además de la mordaza, de la cual conoció Eduardo Contreras como embajador del Uruguay, del juicio comedido de los militantes comunistas porque ahora son Gobierno y no pueden decir todo lo que piensan –porque el cisma coalicional no se haría esperar–, pese a todo ello obrar por omisión es también una forma de erosionar las convicciones.

Adicionalmente, el partido de la hoz y el martillo tiene una presencia muy poco incidental en la agenda política de la Nueva Mayoría. Ahí están nuevamente los pactos entre el PS y la Democracia Cristiana. Las declaraciones de Burgos y Jorge Pizarro. Habría que hacer una lectura psicoanalítica respecto de cómo las dinastías políticas de la Concertación exorcizan sus demonios lidiando con el PC, utilizando su arqueología como una catarsis necesaria, so pena que leen ahí –en la fiereza antropológica de Kariola– una “izquierda cachorril”, caducada y sin capacidad de levantar un proyecto hegemónico.

A decir verdad la dirección comunista sabía de entrada que sus aliados habían girado hacía décadas al campo de la modernización; socialistas y demócratacristianos participan amistosa y entusiastamente de todos los rituales y códigos de los bienes y servicios y, por lo tanto, las diferencias son inconmensurables una vez que la modernización de los años 80 se ha revelado como hegemónica –2011 mediante–.

Fue Luis Corvalán quien a la entrada de la transición (1993) expuso la tesis del continuismo y en aquel tiempo era habitual escuchar a Gladys sin miramiento de pasiones en una denuncia radical/visceral contra los consensos de la clase política y la adopción de la Concertación de la economía de mercado. Pero la necesidad de salir de la eterna marginalidad, abandonar la periferia urbana, las colectas a pulso, la olla flaca, la solidaridad entre camaradas, empujó a una decisión cuyos costos pueden ser insospechados por cuanto se comienza a desdibujar su histórica narrativa identitaria. Todo ello, sin perder de vista la inflación ideológica del 2011 –inducida ladinamente por la Concertación–, los hizo transar a la periferia político-institucional dentro de nuestro paisaje político, donde ocupan un rol definitivamente residual, como una coalición de estetas que le obsequia al oficialismo toda su semiótica popular, símbolos, retóricas, intangibles y rituales abandonados.

¿Han renovado sus formas de concebir la política? ¿O, bien, esta nota y otras serán parte del artesanal de enemigos, fascistas y facho-progresistas? Cabe señalar que a la fecha todo lo que huele a disidencia es calificado como “guerrilla de retaguardia”. Y ello se alimenta de esa eventual superioridad ética del PC, esa estética de partido pobre pero honrado, consecuente, idealista pero franco y sin maletines con dólares –es lo que han hipotecado en esta alianza con la Concertación–.

Y en este sentido el PC chileno le otorga a la Concertación –actual Nueva Mayoría– la posibilidad de que se autoproclame cosméticamente “Nueva” y de que movilice la impostura de la pluralidad política, cívica y social. La inflada diversidad de partidos y la ampliación del arco ciudadano opera como la eventual derogación de la clásica elite concertacionista, pero a la luz de los acontecimientos y con la factualidad emblemática del ministro Burgos, ello carece de todo sentido.

Toda esa ornamentación solo es posible con el PC apiñado en el sistema de partidos y ganando determinados espacios territoriales. Ahora esa matriz de un partido obrero-campesino-popular se convierte en una parodia kitsch que ofrece sus bienes simbólicos –sus lenguajes– a la agenda de la modernización, haciendo precisamente lo que por años se había impugnado abiertamente: ¿bicameralismo psicológico?

No olvidemos que por dos decenios el PC criticó ácidamente el modelo productivo y la matriz económico-social. Pero ahora, si me permiten extremar las cosas, invocan el 2011 como el inicio de un mundo nuevo que se nutre de la reforma ciudadana. ¡Por favor! Los diagnósticos son atribuciones de sentido político a los sucesos, son actos de politización, pero aquí las cosas no guardan relación con un relato hegemónico. Sin siquiera abordar la pertinencia algo mesiánica del diagnóstico.

Y aquí surgen preguntas: ¿cuál será el diagnóstico de base del PC sobre el destino de las reformas chilenas? ¿Para ICAL la concepción de una democracia enquistada en las mayorías nacionales ha tomado aspectos del pensamiento liberal/democrático? ¿Qué ocurre con las transformaciones del sujeto popular o sigue anidado allí el prurito de la emancipación? ¿Qué lecturas hacen sus intelectuales orgánicos sobre el proceso político chileno en el marco de la globalización? ¿Qué ocurre con la prístina categoría pueblo y cómo se vincula con la masificación de grupos medios más afines a un consumidor activo? ¿Cuál es la actualidad de la militancia en las nuevas formas de la política online? ¿Acaso nuestra sociedad –el ciudadano de pie– persigue una agenda postneoliberal, nacional-popular o, bien, estamos cerca y sin darnos cuenta nos movemos en la dirección del caso ecuatoriano, una socialdemocracia radical que interpela en los foros internacionales al FMI –urbi et orbi–? Si caemos en esos juicios perdemos todo principio de realidad y este problema se torna demasiado kafkiano.

Y así, pues, el protagonismo más mediático y menos genuino, le impide al PC capitalizar la agenda política. Lejos están de generar un proceso hegemónico o, en su defecto, un proceso de acumulación de fuerzas –esa sería otra ficción propia del “etapismo negro”–.

La dramaturgia es el inicio de una borradura identitaria, porque, de paso, instrumentalizan al militante de base y aggiornan a la clase política con recursos de marginalidad que no existen en los empingorotados Partidos de la Concertación, dada su baja sintonía con el mundo popular.

En resumidas cuentas, el PC es la estetización funcional para la elite del arcoíris, el malestar como adorno mesiánico, el oropel como mala consciencia, el aderezo necesario de una escenificación farisea de que aún es posible ampliar los partidos y ficcionar que los discursos ciudadanos y populares tienen cabida. En este sentido, las tecnologías de poder que maneja la Concertación son mucho más asertivas y “vampirescas”, dado que administran el diferencial simbólico “ofertando” a la ciudadanía un relato de inflación democrática, invocando a los sectores populares donde el militante PC podría llegar.

De otro lado, ¿han renovado sus formas de concebir la política? ¿O, bien, esta nota y otras serán parte del artesanal de enemigos, fascistas y facho-progresistas? Cabe señalar que a la fecha todo lo que huele a disidencia es calificado como “guerrilla de retaguardia”. Y ello se alimenta de esa eventual superioridad ética del PC, esa estética de partido pobre pero honrado, consecuente, idealista pero franco y sin maletines con dólares –es lo que han hipotecado en esta alianza con la Concertación–. Además, era una opción real entrar a la institucionalidad, pero otra cosa es participar de gabinetes y ministerios inflando el simulacro (el ministro Barraza, ¡como duele Arcis!).

De otro lado, los dichos del ministro Burgos –sin perjuicio de la categórica respuesta de Camila Vallejo– dan cuenta de un ninguneo radical que no responde a los códigos de la diplomacia o, bien, a la política institucional.

Burgos, actual ministro del Interior, tiene una pálida impresión de la tradición comunista y no tolera la antropología de la militancia; por distintos factores profesa profundas diferencias con el Partido de Recabaren. El PC funge como aquella coalición que coquetea con rehabilitar a los sujetos del trauma, con la eventual insubordinación de los símbolos estatuidos, y pretende arrastrar subjetividades marginadas, como una comunidad que hace posible las identidades críticas (alter/ego) y que elabora el verosímil de la pluralidad de voces.

Pero se trata de la administración de un imaginario popular, de anudar ciertos actores y de representar un relato de biodiversidad, no porque el PC lo sea en sus prácticas internas (¿anticomunismo de izquierda?), sino porque esa es la impostura que los Barones más conspicuos de la Nueva Mayoría le dan al país; el PC aporta una cromática de inclusión ciudadana. Una perfomance de apertura hacia el mundo popular que supone la restitución después de 20 años de exclusión del sistema político. Pero al final del camino el gatopardismo que denunció Moulián ahora se consuma plenamente con un PC, a ratos carenciado, que viene a sancionar la modernización instaurada desde 1981 –más allá de la eterna queja, del sollozo justo y del testimonio cotidiano–.

Finalmente, cabe señalar que las acciones de obstrucción y desarticulación de la movilización social constituyen un dato de la causa. Pero aquí hay que separar algunas cosas: es un hecho pintoresco cómo la Presidenta de la CUT ha conminado a Gabriel Boric –en más de una ocasión– a que el diálogo no se despliega solo en las calles –capciosa sugerencia, por decir lo menos, dada la ideología de esta dirigente. Y algo adicional: no debemos perder de vista que las imputaciones del PC sobre el diputado Boric –que ha establecido un conjunto de objeciones jurídicas a las leyes– han sido representadas por el PC, asociando desde cierto tono matón sus decisiones a posiciones de la oposición.

Ello no es sino el lugar del síntoma, me refiero a esta penosa e intricada difamación, ¿amigo o enemigo?, donde el partido de Recabarren intenta erradicar sus culpas, dada su disciplina acrítica a la agenda legislativa del Gobierno. Sin perjuicio de lo anterior, el PC no posee un control basista tan holgado que le permita desactivar –como una nueva oficina– a los movimientos y actores más críticos del establishment.

No cabe duda que esa labor de inteligencia o de contrainteligencia es parte de sus competencias adquiridas en la clandestinidad, sin embargo, el “Partido de Gladys” no tiene esa capacidad de frenar por sÍ solo la movilización social.

El bicameralismo psicológico ira in crescendo, pero en algún momento tendrán que rendir cuentas ante sus bases, porque las decisiones de una obediencia doctrinal tienen un grave costo identitario. Max Weber decía: “Quien entra a la política se acuesta con el diablo”. Lamentablemente, y ante la ausencia de acciones preventivas, el partido de la hoz y el martillo hizo lo que el sociólogo de Érfurt pronosticó hace más de 100 años.

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