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Pornografismo

por 28 enero 2016

Se habla mucho en contra de la moralina del escándalo, de la inmovilidad de lo políticamente correcto, el tribunal popular de las redes sociales, que se olvida de las garantías ilustradas.

El avión del escándalo despega y es despedido en hedor de multitud. Una vez arriba, la mayoría abajo se olvida de él (es sano que así sea, la gente se vuelve a casa, no se queda ahí mirando el cielo para siempre). Se trata, en suma, de un primer combustible. Goethe decía eso de que una mayoría es un conjunto de conductores enérgicos, pillos que hacen sus negocios, débiles que se acomodan y una masa que va de un lado a otro.

El escándalo funciona con una explosión inicial, que expresa presuntamente a la mayoría. Al anterior debe seguir otro escándalo que muchas veces, no es que tape, pero sí resta protagonismo al primero. La seguidilla de escándalos puede ser administrada por los enérgicos y pillos, que durante estas entregas episódicas aprovechan de tomar decisiones mientras nadie los mira.

Pero es mojigatería, creo yo, sostener que el escándalo es un espectáculo indeseable. Lo que sí es indeseable es una modalidad del escándalo: la pornografía pública.

La Ley de Pesca es un buen caso. Las informaciones acerca de cómo esta ley fue en efecto lograda son motivo de escándalo genuino. Ningún país bien avenido soporta información de esta naturaleza. Antes de la discusión sobre si esta ley es buena o mala, hay un obstáculo insalvable: preguntarse si acaso los procederes que la originaron son presentables. Y la respuesta meridiana ha sido: no.

El pornografismo de los asuntos comunes lleva a que el carácter escandaloso de algo deba sí o sí tener cierto sonido, color y forma, sin los cuales arriesga no quedar incluido en el paseo de la fama de lo escandaloso. Así, nuestra capacidad de asombro se hace manipulable y poco a poco tolerante. Por lo mismo, ocurre hoy que gente en la calle se graba mutuamente, amenazando con que “esto será viral”. Y si “esto” no llegase a hacerse viral, es decir, no se desarrolla según las exigencias del subgénero, entonces queda atrapado en una impunidad de discoteca.

La historia popular de la ciencia y la literatura nos muestra cómo es que asuntos que la mayoría de entonces tenía por baladí, impresionaron a ciertas mentes y sentimientos. Esas almas minoritarias fueron capaces de desarrollar en su extensión y profundidad aquello que no llamaba la atención de casi nadie, y cuando la llamaba, no daba para dedicarle la vida; tal vez algunas elucubraciones de almuerzo solitario. De esto hay mitos que son fábulas: la manzana que cayó sobre la cabeza de Newton, la bañera en que se hundió Arquímides, la narrativa B en que Shakespeare descubrió sus temas, los dialectos y jergas que asumió Dante.

Nada de esto apareció como fenómeno pornográfico, fabricado al solo efecto de obligar la apertura de los ojos. Sí, en cambio, se supuso muchas veces escandaloso, pero en el sentido de las ideas que publicitan su importancia.

La buena combustión de los escándalos a que estamos acostumbrándonos puede que esté en que todo, o casi todo, deba subir a la calidad de escándalo, y que en la adquisición de esta habitualidad aprendamos a digerir con calma. Después, la creatividad puede ayudarnos a entender qué damos y qué recibimos.

La Ley de Pesca es un buen caso. Las informaciones acerca de cómo esta ley fue en efecto lograda son motivo de escándalo genuino. Ningún país bien avenido soporta información de esta naturaleza. Antes de la discusión sobre si esta ley es buena o mala, hay un obstáculo insalvable: preguntarse si acaso los procederes que la originaron son presentables. Y la respuesta meridiana ha sido: no. Personalmente, no prefiero hablar en estos términos, pero, como se ha visto, las circunstancias empujan a expresarse vociferante: ¡debería concitar un escándalo de unidad nacional que no haya acciones serias y positivas encaminadas a su revisión!, y no ya ese estropicio de la dignidad de nuestra República, asunto en el que todos parecemos estar de acuerdo. ¿Es así?

Hay en los escándalos un efecto de moratoria. El reproche de quienes llegan primero a presenciarlo asusta a quienes se han tardado. Se participa en calidad de converso reciente. Como en la parábola del evangelio de Mateo: varios grupos de obreros llegan a trabajar en una viña a distintas horas del día (el patrón los va contratando en grupos y a distintas horas; a todos les ofrece la misma paga). Al final del día, el sentido común indica que la recompensa tendrá que ser distinta para cada uno. Sin embargo, esta misteriosa parábola propone lo contrario. El patrón los recompensa a todos por igual. Así habría que pensar más a menudo en Chile y no cerrarse a reconocer lo obvio por no haber estado entre sus precursores.

Los asuntos reprochables se hacen pornográficos con el escándalo que siempre debe ser mayor para lograr su efecto. Y, por lo tanto, pierden carácter plausible cuando no son adecuados a ese subgénero del espectáculo. Por eso es tan importante no desgastar el sentido del asombro y una manera de no desgastarlo es no requerir imágenes cada vez más explicitas, imágenes que ocultan otras menos obscenas y, por lo tanto, necesariamente embrutecen.

Por de pronto, hay que decir que en el pornografismo hay un feo pudor invisible. Oculta todos los matices, todas las sutilezas, las técnicas tácitas del oficio. Y lo que oculta acaba casi siempre por subyugar.

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