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La reforma de la educación universitaria: un asunto de fe

por 2 febrero 2016

La ministra de Educación, consultada sobre la postergación del proyecto de reforma a la educación superior, indicó, el jueves 21, que tal proyecto debe responder al desafío de “una educación superior que dé fe de calidad y sentido”. Quisiera divagar y postular sin ninguna evidencia que la autoridad ministerial ha dado en el clavo. Esto es un asunto de fe… y créanme, para un ateo, esto es un asunto serio.

¿Cómo se podría tener fe en la calidad de la educación universitaria? Pienso que tener tal fe implica al menos dos cosas.

Primero, que ninguna universidad sea carente de calidad. Francia y Alemania, por ejemplo, no tienen universidades tan buenas como los ingleses o los norteamericanos. Pero tampoco tienen una sola universidad tan mala como algunas inglesas o norteamericanas. Un joven podría acceder a una buena educación sin importar dónde escoja estudiar.

Segundo, que toda universidad posea algún criterio de selectividad, especialmente en cuanto a la riqueza personal e intelectual de sus académicos. La riqueza personal probablemente influirá positivamente en la docencia y el trato con los estudiantes, mientras que la riqueza intelectual permitirá la investigación o al menos estar en condiciones de comprender los últimos avances del conocimiento en sus respectivas disciplinas.

Ahora bien, ¿cómo se podría tener fe en que “tiene sentido” una educación universitaria?

Un sistema de educación universitaria que sea inteligente, capaz de equivocarse: pero no equivocarse tanto como para defender instituciones sin un mínimo de calidad y tampoco tan indigente como para no aceptar la libertad académica, que permite elaborar las preguntas que Chile necesita responder. Esto es difícil. Hay que tener fe.

Esto es más complejo: ¿qué garantiza que la universidad tenga alguna utilidad existencial o práctica en un mundo tan imprevisible y complejo como el actual? Creo que la respuesta es muy sencilla: las buenas preguntas, o la tendencia irrestricta a seguir preguntándose todo, incluso lo que la universidad ya sabe o supone saber. Ese es el sentido y tiene sentido en la docencia, en la investigación científica y tecnológica, así como en su vinculación política con la sociedad.

Una universidad que no se exponga a la crítica racional o al debate de ideas, a la posibilidad de levantar todas las preguntas como legítimas es más parecida a un gueto que a una universidad. La fe en que la educación universitaria tiene sentido solo se logra en un ambiente plural, donde surgen de manera natural, muchas…muchísimas preguntas, donde las preguntas que no generan debate se descartan mientras que las preguntas fecundas tratan de ser respondidas y dan lugar a nuevas preguntas. Por cierto, son preguntas de todo tipo: políticas, morales, científicas, tecnológicas, educativas y artísticas. Eso se llama libertad académica.

Explorar lo desconocido no puede hacerse sin cometer errores. Desde luego, eso no significa tolerar la impostura. La universidad es básicamente eso, educar para aprender a desaprender lo aprendido. Aprender lo mejor y más sofisticado de todo, para luego olvidarlo e intentar superarse a sí misma. Un sistema de educación universitaria que sea inteligente, capaz de equivocarse: pero no equivocarse tanto como para defender instituciones sin un mínimo de calidad y tampoco tan indigente como para no aceptar la libertad académica, que permite elaborar las preguntas que Chile necesita responder. Esto es difícil. Hay que tener fe.

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