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Lagos, el Ekeko

por 2 febrero 2016

Lagos, el Ekeko
Empresarios y dirigentes políticos gritan como calcetineras ante sus irrupciones y cada uno le cuelga, cual “ekeko”, sus aspiraciones, sean estas de orden, de progreso, de testosterona o solo de retorno al poder, la influencia y las concesiones. Todo el que pasa se le encomienda y muchos ya hacen fila para poder prenderle un cigarrito.

En medio de los tira y afloja para consolidar las últimos vestigios del otrora sacrosanto programa de la Nueva Mayoría y ante la evidente descapitalización de la figura principal del Gobierno, el sistema político en su conjunto se ha volcado a resolver aquellos aspectos que guardan relación con su propia supervivencia.

Así las cosas, en un anticipado y doloroso pato cojo, la desafección para con el Gobierno y todo aquello que lo sustenta ha cundido como plaga en el oficialismo y hoy la agenda está dominada por tensiones en las que la Presidenta y la coalición son más bien parte del problema y no de la solución. Y por más que existan voces que alertan de lo peligroso que resulta anticipar el debate electoral-presidencial, en la práctica, en los pasillos del poder no hay otro tema que el de resolver cómo y con quiénes organizar la disputa por la primera magistratura y su escala en las elecciones municipales.

Consciente de que la interpretación dominante en la élite apunta a la falta de disciplina y orden como el factor principal de la debacle política en la que nos encontramos, una cohesionada transversalidad ha cifrado sus esperanzas en el retorno de la figura del ex Presidente Lagos. Su impronta de estadista, su mirada permanentemente situada en el horizonte y su hablar golpeado, han llenado de esperanza a muchos de quienes añoran ese tiempo pasado que no solamente fue mejor, sino en el cual el orden natural aún no se había alterado y todavía el pueblo llano –y para qué decir las instituciones– le temían al poder.

Ahora bien, ya que la poco creativa estrategia del contraste –ubicarse al lado de cada error o vacío del Gobierno para ser comparado con este– no basta para triunfar en el Chile del siglo XXI, Ricardo Lagos y los suyos necesitan generar las condiciones para su retorno.

La primera, aunque parezca obvio, es la de ser percibido como un candidato posible y para ello es que Lagos se ha mostrado más cerca de la contingencia y más interesado en los problemas de los ciudadanos de a pie. Junto con ello, ha desenfundado su ya popular “pregúntenme en 2017”, con lo que termina de ubicar su nombre en la anticipada carrera presidencial.

En segundo lugar, Lagos ha comenzado a aceitar sus antiguos contactos en los partidos y a resucitar sus equipos de campo. En esta tarea ha resultado particularmente llamativa la alianza que cerró con Camilo Escalona, figura que antaño no solo era refractaria al liderazgo de Lagos y a su entorno, sino a la cual castigó visiblemente en su gobierno al relegarlo al famoso búnker de La Moneda. Ahora que Escalona se lame las heridas de dos derrotas políticas sufridas tras caer lejos del círculo de protección bacheletista, él y Lagos parecen tener un enemigo común: la Nueva Mayoría y la sobrerrepresentación que esta les da a los fumadores de opio.

Lagos sabe que no puede ser candidato sin tener una alianza con el centro, pero también sabe que no puede gobernar hoy sin la izquierda. La sola Concertación no es suficiente para lograr la mezcla entre progreso y orden que su estampa propone. El dilema es, entonces, cómo logra dar con una fórmula para decir que lo de la Nueva Mayoría y Bachelet no fue un error de diseño sino uno de implementación… Caramba qué coincidencia.

En efecto, la alianza que sustentó el retorno de la centroizquierda al gobierno no solo es incómoda para el liderazgo de Lagos sino que también se ha ido constituyendo en el enemigo explícito de su más probable alianza de poder: la transversalidad político-social-empresarial nacida de la transición, es decir, todo aquello que está tras bambalinas de lo que algunos denominan el “eje histórico” de la Concertación.

Por ello, aun cuando no azuza directamente las pugnas intestinas entre partidos y facciones del oficialismo, no cabe duda que Lagos observa las peleas entre democratacristianos y comunistas, entre programáticos y pragmáticos y entre bacheletistas y el resto del mundo, con la misma actitud de sorna, ansiedad y suficiencia que tenía el emperador del lado oscuro mientras Luke Skywalker se enfrentaba a su padre en el episodio VI de la Guerra de las Galaxias.

Pero aun cuando las tensiones en la Nueva Mayoría mejoran su posición relativa, no es claro que un quiebre total mejore sus condiciones de posibilidad. En eso Lagos no se pierde. No estamos frente a un novato ni mucho menos a un lector simplón de la realidad y la política. Lagos es un sujeto complejo y su aproximación a la realidad también lo es. Sabe que la barra brava del orden ya está en su bolsillo de la misma forma que entiende que ésta ya no es la bala de plata para dominar el sistema. Por eso es que la tercera y más compleja operación que necesitará su retorno es la de convencer a las nuevas y viejas izquierdas.

Lagos sabe que no puede ser candidato sin tener una alianza con el centro, pero también sabe que no puede gobernar hoy sin la izquierda. La sola Concertación no es suficiente para lograr la mezcla entre progreso y orden que su estampa propone. El dilema es, entonces, cómo logra dar con una fórmula para decir que lo de la Nueva Mayoría y Bachelet no fue un error de diseño sino uno de implementación… Caramba qué coincidencia.

Con todo, a Lagos se le ve en su salsa. Se pasea en su estilo, da recetas, dicta cátedra y sale a sacar suspiros en el reducido pero poderoso círculo de las 5, 6 u 8 manzanas (según se haga el corte). Empresarios y dirigentes políticos gritan como calcetineras ante sus irrupciones y cada uno le cuelga, cual “ekeko”, sus aspiraciones, sean estas de orden, de progreso, de testosterona o solo de retorno al poder, la influencia y las concesiones. Todo el que pasa se le encomienda y muchos ya hacen fila para poder prenderle un cigarrito.

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