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El problema de la DC no es la izquierda, es la propia DC

por 3 febrero 2016

El análisis de Genaro Arriagada publicado el sábado 22 de enero en El Mercurio, que titula “La DC y la Izquierda”, se basa en una afirmación equivocada.

Arriagada sostiene que “la relación con la izquierda ha tenido, para la DC, un costo electoral no irrelevante: en 25 años ha perdido unos 10 puntos porcentuales de apoyo. Pero, y esta es otra verdad, la perdida de la DC no ha ido a sus socios de izquierda. El PPD y el PS siguen clavados en el 11 por ciento cada uno; y el PC y el PR en alrededor de un cuatro por ciento. Entonces, ¿adónde van los votos que la DC pierde? A la derecha o a la centro derecha”.

Vayamos por parte. La afirmación de que la DC ha perdido más de 10 puntos es cierta, lo falso es que esta se haya generado en 10 años. La baja electoral de la Democracia Cristiana parte en 1997, es decir, hace prácticamente 20 años, cuando pierde 495.628 votos con respecto a la elección parlamentaria de 1993, en donde obtuvo su más alta votación desde el retorno de la democracia, con un 27,12%.

Tanto en 1993 como en 1997, los partidos integrantes de la coalición eran los mismos, por lo que difícilmente podría decirse que esta baja electoral desde un 27,12% a un 22,98% se debió a una “izquierdización” del bloque o a un “arrinconamiento” de la DC por parte de sus socios.

Luego, en el 2001, la Democracia Cristiana vuelve a sufrir una fuerte baja electoral, obteniendo esta vez un 18,92%. El año 2005, bajo la presidencia de Adolfo Zaldívar y tras la candidatura presidencial de Michelle Bachelet, logra un repunte electoral, obteniendo un 20,76%, no obstante en el 2009 saca su votación más baja desde la vuelta a la democracia, con un 14,21%.

En la última elección parlamentaria de 2013, contrariando la tesis de Arriagada, la Democracia Cristiana tiene un leve repunte, obteniendo un 15,55%, no obstante ir en un pacto electoral con el Partido Comunista y bajo el paraguas de una candidatura presidencial que anunció reformas estructurales, es decir, claramente más a la izquierda, de acuerdo al concepto del propio Arriagada.

Toda esta cronología electoral debe ser complementada con un factor imprescindible si se quiere hacer un análisis electoral serio. En 1993 votó el 81, 47% de la población habilitada para votar, mientras que en la elección de 2013 esta proporción bajó a un 52% aproximadamente. Es decir, cerca de 30 puntos porcentuales menos.

De esta manera, los datos son claros en establecer que la Democracia Cristiana ha perdido sostenidamente votación desde 1997 en adelante, independientemente de que esté en coalición con partidos de más o menos izquierda, comenzando su descenso en pleno gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, periodo de la historia de la transición que difícilmente podría ser considerado de izquierda.

Lo que hay detrás de este argumento es una profunda diferencia ideológica con respecto a las reformas que se están impulsando y, para camuflar esta divergencia, se utiliza el argumento del menoscabo y del maltrato, estrategia que en concomitancia con los medios de comunicación de derecha, está siendo en extremo perjudicial para la marcha del Gobierno, y muy probablemente lo sea para los futuros resultados electorales de la propia Democracia Cristiana.

Genaro Arriagada, a partir de una curiosa interpretación de las cifras electorales, trata de concluir que el problema de la Democracia Cristiana estaría en sus socios, no en sí misma. Sigamos con la evidencia.

De acuerdo a la encuesta del CEP de junio de 1998, de entre las diez personalidades con mejor evaluación positiva, 7 eran Demócrata Cristianos: Soledad Alvear, Eduardo Frei, Gabriel Valdés, Patricio Aylwin, Alejandro Foxley, Andrés Zaldívar y Jaime Ravinet, en ese orden, todos con más de un 50% de evaluación positiva. ¡Impresionante! Si lo comparamos con la última encuesta de este mismo centro de estudio, de noviembre de 2015, el Demócrata Cristiano mejor evaluado es Jorge Burgos, en el décimo lugar, y quien le sigue dentro de la lista de los mejores evaluados es Ignacio Walker, en el lugar 20. Burgos tiene una evaluación positiva de tan solo un 29%.

Y para qué seguir con los resultados de las tres últimas primarias en donde la Democracia Cristiana compitió en contra sus socios de izquierda.

De esta forma, la evidencia es concluyente. La Democracia Cristiana obtuvo su mejor performance electoral con socialistas y pepedés como compañeros de pacto, y fue gradual y sostenidamente perdiendo votación en la misma proporción en que la ciudadanía dejó de participar del sistema político electoral chileno. La votación demócrata cristiana no se fue a la derecha, sino que se fue del sistema. Así de claro.

Entonces, la perdida de votación y relevancia de la Democracia Cristiana no hay que buscarla en factores exógenos, sino que adentro del propio partido. Es argumento común, de quienes no quieren ver la realidad, buscar culpas en el empedrado, y es también condición imprescindible, para poder levantar cabeza, hacer diagnósticos acertados que interpreten correctamente la realidad.

La DC, un partido fundamental en la historia del Chile de los últimos 50 años, ha perdido presencia política debido a las siguientes tres causas: i) malas prácticas internas y autodestrucción de sus liderazgos –Gabriel Valdés, Andrés Zaldívar, Alejandro Foxley y Soledad Alvear– por nombrar algunos; ii) graves problemas de probidad y ética de sus dirigentes y militantes; y iii) pérdida de la capacidad de interpretar, sobre la base de ideas y propuestas, a la ciudadanía chilena de hoy.

Puede que existan otras razones, pero me atrevería a decir que estas son las principales.

De esta forma, el análisis de Arriagada y de otros ex dirigentes y autoridades del partido que han suscrito la misma tesis del “arrinconamiento demócrata cristiano” a causa de sus partidos socios, es retórica, por cuanto, más que apuntar a colaborar con que la DC levante cabeza, tiene como propósito plantear una crítica a las reformas impulsadas por el actual Gobierno, crítica que utiliza el argumento de la “izquerdización” del conglomerado y de la implementación de reformas mal concebidas para explicar el declive electoral de la DC, lo que claramente no se condice con la realidad.

En conclusión, lo que hay detrás de este argumento es una profunda diferencia ideológica con respecto a las reformas que se están impulsando, y para camuflar esta divergencia, se utiliza el argumento del menoscabo y del maltrato, estrategia que en concomitancia con los medios de comunicación de derecha, está siendo en extremo perjudicial para la marcha del Gobierno, y muy probablemente lo sea para los futuros resultados electorales de la propia Democracia Cristiana.

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