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Podemos: otro jaque a la socialdemocracia española

por 4 febrero 2016

Mucho ha dado que hablar la formación de Pablo Iglesias a la izquierda en Occidente, y en Chile no ha sido la excepción. Con más o menos optimismo, este partido ha suscitado especial interés por su capacidad de desafiar al bipartidismo español, y de disputarle en relato y acciones la representatividad popular al PSOE.

Primero con la entrada al Europarlamento el 2014, luego con la victoria en las municipales de mayo del 2015 en las icónicas ciudades de Barcelona y Madrid, y ahora último con los 69 escaños del Parlamento Español que lo constituyeron finalmente como la tercera fuerza nacional. Esta curva ascendente en la disputa política parece no estar llegando aún a una meseta, y Podemos sigue su táctica ofensiva.

Configurados ya los grupos parlamentarios para la actual legislatura, y en medio del desconcierto que gobierna a la política española por la ausencia de la mayoría absoluta que otrora ostentara el PP, el PSOE se ha visto, producto de sus propias contradicciones, en una encrucijada de difícil resolución, y es que si el discurso inmediato postelecciones era el aireado Pedro Sánchez negando cualquier posibilidad de pacto con el PP, pocos días transcurrieron antes de que la idea de una coalición de izquierda liderada por el PSOE no fuera ya la alternativa más clara, sino que se sustituyera por alianzas con Ciudadanos y el PP, como terminó sucediendo para que el socialista vasco Patxi López asumiera la presidencia del Congreso de Diputados.

Estas contradicciones ideológicas del PSOE tienen un correlato político, y es que la agrupación con otros partidos de izquierda con el objetivo de formar gobierno, ataca puntos que para varios barones del partido resultan inaceptables, como la generación de referendos para que las nacionalidades históricas del Reino de España definan, democráticamente, su pertenencia futura al Estado. Susana Díaz, presidenta de la Junta de Andalucía y Secretaria General de los socialistas andaluces, o el mismo López habían sido enfáticos en su negativa a cualquier acuerdo con Podemos por esto mismo.

 Estas contradicciones ideológicas del PSOE tienen un correlato político, y es que la agrupación con otros partidos de izquierda con el objetivo de formar gobierno, ataca puntos que para varios barones del partido resultan inaceptables, como la generación de referendos para que las nacionalidades históricas del Reino de España.

De no concretarse una coalición política con mayoría parlamentaria, la solución al conflicto pasará por nuevas elecciones generales. Y mientras esto sucede y la indefinición política parece ser la tónica, las encuestas de opinión no parecen ser muy alentadoras para el PSOE, y es que si para el 20 de diciembre el partido liderado por Sánchez logró 22.01% de los votos versus el 20.66% de Podemos –340.000 votos de diferencia en un padrón votante de más de 25 millones–, las encuestas recientes parecen indicar que ante un nuevo escenario electoral, la formación morada terminaría siendo definitivamente la vencedora por sobre los socialistas.

En este contexto la apuesta de Iglesias el pasado viernes 22 de enero pone nuevamente en jaque al PSOE, al pedir una reunión con el Rey de España, con la excusa de que en su calidad de Jefe de Estado se entere de primera fuente de sus intenciones. En esta reunión el líder de Podemos explicita unilateralmente –mientras el PSOE era tensionado por diferentes sectores– que como partido quieren formar “un gobierno de cambio” con socialistas e Izquierda Unida, en donde propone la presidencia a Pedro Sánchez –de quien dijo con poca diplomacia en la rueda de prensa posterior “que sea presidente es una sonrisa del destino que me tendrá que agradecer”– y en el cual se represente proporcionalmente a estas fuerzas en el eventual gabinete –pidiendo ministerios con nombre y apellido–, para asegurar el cumplimiento de medidas políticas y sociales consensuadas.

Audaz jugada de Podemos, especialmente al hacerlo público unilateralmente: todo nos hace pensar que el PSOE no cederá en materias clave para la unidad programática de esta eventual coalición –como los referendos vinculantes para que las naciones históricas definan su soberanía–, o bien que no aceptarán entregar los ministerios pedidos por Podemos –vicepresidencia, salud, educación, economía, entre otros–, y por otro lado hemos visto que una parte no menor del PSOE aspira aún a pactar con Ciudadanos y el PP. La consecuencia de esta oferta –o quizás apuesta tácita– es la agudización de las contradicciones en el PSOE. De hecho, sin que aún esté cerca de concretarse ningún acuerdo, la opinión pública ha sido testigo de la enorme animadversión que provocó esta jugada entre varios de los dirigentes socialistas, que salieron, luego del anuncio de Iglesias, a acusar de “falta de respeto” hacia Sánchez y el partido, y acusaron a Podemos de “chantaje” y de querer hacer imposible un eventual acuerdo.

Así las cosas, luego de haber dado el primer golpe, Podemos gana ya con cualquier desenlace: en el hipotético gobierno aseguran cumplimiento de medidas prioritarias, injerencia y demuestran capacidad de gobierno que es crucial para un partido de reciente historia; en el probable fracaso terminan por demostrar a los electores –que se sobreponen en gran medida con el PSOE– que el acuerdo fracasó por la contraparte, es decir, que son ellos, y no los socialistas españoles, quienes están dispuestos a subyugar su interés partidario a una coalición mayor de los que están en contra de las políticas de austeridad, lo que, camino a unas nuevas elecciones, sería un activo fundamental.

El aún aturdido PSOE, víctima de sus propias contradicciones, quizás está llegando a la oscura paradoja del puñal en el corazón que describiera Darío en su poema, pero sin amores en esta oportunidad: “¡Si me lo quitas, me muero;/ si me lo dejas, me mata!”. Pactar con Podemos y enfrentar así un probable escenario de lucha interna y divisiones debilitadoras sin precedentes en la historia española reciente, o bien no pactar en absoluto y pasar de ser la segunda a la tercera fuerza en unas nuevas elecciones. O peor aún –esto ya sería como quedarse con el puñal y recibir uno extra–, pactar con Ciudadanos y el PP, y condenarse a una pérdida de credibilidad profunda y a ser llamados “casta” ya no solo por sus adversarios, sino que por sus adherentes y la ciudadanía.

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