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El PC y la Nueva Mayoría: los reconocimientos no son un simulacro

por 5 febrero 2016

El PC y la Nueva Mayoría: los reconocimientos no son un simulacro
La naturaleza e intensidad de la política está en disputa, donde es claro que la posibilidad de avanzar es compleja, pero eso no la hace un imposible, justamente la política hace posible cuestiones que epocalmente se veían imposibles,  y se convirtieron en una posibilidad cierta, porque existieron apuestas que dibujaron aperturas, y aquí su majestad la política se manifiesta como el preciso espacio para disputar avances en la realidad. 

                                            (Contrapunto al artículo: “El PC chileno y las políticas del simulacro”)

En el espíritu y sentido de instalar un debate necesario sobre los alcances históricos de la participación del PC en la Nueva Mayoría.

La caracterización de esta encrucijada como una variante casi semiológica, en la tecnología referencial del aggiornamento es una reducción que actúa como un dispositivo invalidante de los alcances verdaderos de la política.

La emergencia de una sensibilidad identitaria que rompe con la autocracia civil del binominalismo, como una de las expresiones más patéticas del protofascismo enquistado en una democracia neoliberalizada hasta los últimos rincones de su patio trasero. El jardín del edén de Guzmán, Pinochet, y nuestros filósofos culturales, los Chicago Boys, el paraíso del uno por ciento de la población, los dueños  de este Chile premoderno.

Esta emergencia de actores se da en el contexto del Gobierno de Sebastián Piñera, alta confluencia social, histórica y bullente, como la del 2011 transitando por las calles del país. Conflictos regionales en Magallanes e HidroAysén, y un transversal movimiento nacional estudiantil golpearon el statu quo del establishment nacional.

La política estudiantil ha sido una línea de influencia constante por parte del PC en la sociedad civil,  una influencia activa y penetrante en organizaciones estudiantiles. En este sentido, el 2011 es un proceso de maduración de ciertas acumulaciones y por sus dimensiones no es una singularidad espontánea. El aporte a la configuración de la conflictividad política es una dimensión de sentido, una laboriosidad vital que apunta a construir un espacio en la vida social y política del país.

La instalación de un nuevo imaginario subjetivo de la sociedad civil, a partir del 2011 en Chile, influyó en una reformulación de las prioridades políticas y, por tanto, de una reordenación de los relatos, así como de las exigencias de concreción de demandas. Recordemos que la hegemonía del neoliberalismo no tiene un relato, en la forma del relato de matriz desarrollista, es más una discursividad simbólica, es una licuación de la polis, con fuertes dispositivos culturales. Y en este sentido, hay una instalación de contenidos más sólidos que pueden prefigurar un ideario estatal distinto, lo que plantea una exigencia de ensanchamiento de los derechos ciudadanos como se plasma en el programa que las fuerzas políticas han comprometido.

Estalla la polis sin los espacios suficientes para reconstituirla, pero se impone incluso como un “pacto constituyente” nuevo, se habla de transformaciones y reformas sociales que se sitúan en la agenda política. En ese espacio de reconocimiento que tiene base en una ética social que reclama inclusión por la vía de una modernización que permita que los beneficios lleguen a toda la población.

En esa clave de reconocimiento se da la posibilidad de la incorporación del PC a la Nueva Mayoría, es decir, hay una curvatura en el espacio-tiempo de la política, por tanto, es la transformación del contexto de posibilidades lo que permite esta entrada, y no una acomodación gatopardista, sino la instalación de idearios democráticos que posibilitan la entrada a un campo en disputa, a una guerra de posiciones, como plantea Gramsci.

Digamos que es la primera vez en décadas que se instala un discurso que abre la posibilidad de dar curso a aperturas democráticas. Los reconocimientos expresados en reformas programáticas van determinando arquitecturas de política pública más complejas para abordarlas.

Al PC le cabe una responsabilidad fundamental en la construcción de un nuevo imaginario de lo público, de un fortalecimiento del papel del Estado, de una revisión de las estrategias de desarrollo del país basado en un modelo extractivista y rentista, a un modelo que consagre un diseño situado en los intereses sociales de todos los chilenos.

Es un pacto político de compromisos por un programa, pero en medio de las contradicciones de un neoliberalismo avanzado. Donde el mercado ha colonizado facciones de los partidos que hicieron trayectoria bajo la hegemonía del binominalismo, mercantilizando la política al punto de la corrupción artera. Esto es algo que debemos reconocer a luz de hechos, incluso jurídicos muchos de ellos.

Los espacios cohabitados por aquellos partidos y organizaciones de la sociedad civil que reclaman un nuevo régimen de lo público, suponen la contradicción a la política de los negocios, y abren un espacio de reconocimiento que incluso puede involucrar a amplios sectores que tienen una visión nacional y comprenden la necesidad de avanzar en reformas sociales sustanciales. Es un reclamo ético político de profundas repercusiones enfrentado a un neoliberalismo monolítico.

Una sensibilidad que se plantea en la emergencia de las nuevas valoraciones que caracterizan la discusión de lo político, por tanto, es un reconocimiento, no una mera operación estética, sino el seno de un reconocimiento social.

En la tesis del aggiornamento está la marionetización de la sociedad, como si los actores no existieran, y la modelación solo fuera un efecto doopler fuera del contexto histórico donde ocurre. La política se diluye en sus posibilidades y los actores serían posibles de caricaturizar en una hermenéutica unidimensional.

La conflictividad de lo político reconoce la posibilidad de los actores de incidir, y supone la movilidad del statu quo hacia espacios de movilidad y conflictividad que son en definitiva el carácter mismo de la política.

Reducir las apuestas de la política a los imponderables del cierre perimetral neoliberal o de la “jaula de hierro” descrita por Moulian, equivaldría a definir una imposibilidad cierta de construir apuestas, se estaría destinado, por tanto, a una marginalidad que no garantiza ninguna posibilidad de quiebre ni en el corto ni el mediano plazo, y en este sentido, uno podría preguntar legítimamente qué se propone con esto.

La clave foucaultiana de imposibilitar cualquier avance por la lógica microfísica del poder, es equivalente a la renuncia a incidir en espacios decisionales, cuya centralidad estatal los hace estratégicos. No voy a repetir aquí la demoledora crítica de Atilio Borón a John Holoway en cuanto a los márgenes de incidencia.

La política es un juego de posibilidades, y en esto es natural el riesgo –y en política esto entraña costos–, pero también tiene reconocimientos y conquistas, por eso es una apuesta. Si algo ha enseñado la historia es que no hay posibilidad de asegurar la política.

La idea de que la acción política puede ignorar las circunstancias desde las que se prefigura su contexto de desenvolvimiento, el teatro de operaciones, ha sido enunciado como un “infantilismo político” por Lenin. Esto tiene siempre actualidad.

Los avances en las hegemonías es un trazado de décadas. La experiencia de la UP obedece a un correlato de acumulación que cruza a lo ancho y largo el siglo XX. Si los contextos fueran ideales en política no existirían las dificultades, y habría que esperar solo el mejor momento.

La naturaleza e intensidad de la política está en disputa, donde es claro que la posibilidad de avanzar es compleja, pero eso no la hace un imposible, justamente la política hace posible cuestiones que epocalmente se veían imposibles, y se convirtieron en una posibilidad cierta, porque existieron apuestas que dibujaron aperturas, y aquí su majestad la política se manifiesta como el preciso espacio para disputar avances en la realidad.

Chile requiere avanzar en derechos, y en la configuración de un nuevo contrato social que valide el peso soberano de los intereses nacionales, el ensanchamiento de lo público como una variable decisiva que involucre políticas sociales que hagan freno a la transversalidad de una vulnerabilidad nacional. Derechos educacionales, laborales, ambientales, culturales, económicos y sociales, en todos los planos donde hay que profundizar los alcances de una democracia que requiere adquirir rasgos de mayor intensidad.

Al PC le cabe una responsabilidad fundamental en la construcción de un nuevo imaginario de lo público, de un fortalecimiento del papel del Estado, de una revisión de las estrategias de desarrollo del país basado en un modelo extractivista y rentista, a un modelo que consagre un diseño situado en los intereses sociales de todos los chilenos. Son estrategias de horizontes que tienen un camino que se hace al andar, porque la política no se construye con nostalgia, se construye en una relación de contexto con los actores sociales que no son marionetas, sino sujetos colectivos de una historia social en curso.

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