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Maturana versus Echeverría: una discusión innecesaria

por 5 febrero 2016

Por mail y por WhatsApp me han mandado las noticias sobre la lucha ideológica del coaching. Ex alumnos, clientes, amigos y familiares han pedido mi opinión y la verdad es que hasta ahora me he resistido a hacerlo.

He leído los artículos de estos perros grandes y la verdad es que aunque me siento bastante ajeno a la pelea… y a ellos... tiraré un par de ramitas a la fogata para aprovechar el fuego.

Antes de largarme, quiero aclarar que sé perfectamente quiénes son los involucrados, que me leí un par de libros de Fernando Echeverría –que me gustaron mucho– y que participé en una reunión del instituto Matríztico con el doctor Humberto Maturana y su equipo.

Como muchos, sé que es un gran biólogo y que sus ideas han llamado la atención de notables personalidades de talla mundial, pero debo admitir que donde más he leído, escuchado y aprendido de él ha sido a través de mis colegas y lecturas ontológicas.

Y también quiero aclarar que, si bien he leído libros de esta escuela y he trabajado con colegas ontológicos que aprecio y estimo, jamás he recibido formación de ellos. Y no porque nunca haya querido, sino porque excede mi poder adquisitivo.

Después de titularme de psicólogo clínico quise seguir mi formación, pero no tenía ganas de volver a la Universidad. Quería salir del mundo académico y de las universidades y fue así como mis intereses y decisiones me llevaron al mundo de la Programación Neuro-Lingüística.

Me formé como trainer, como coach, me certifiqué y, como muchos, tuve dudas respecto a la calidad de algunos entrenamientos y a sus fines comerciales.

Y en este sentido Maturana dice la verdad: el coaching es un negocio.

¿Será necesario explicar o justificar algo tan evidente?

Bueno… aquí va mi confesión: los coaches ayudamos por plata.

No somos santos y los clientes que pagan no solo lo saben sino que también lo agradecen.

Cuando alguien solicita mis servicios, yo le digo claramente que mi negocio es que con mi ayuda logre objetivos, cambios, metas –o como quieran llamarlo– que hasta ahora no ha alcanzado por sí solo.

 Y es que por muy buenas que sean sus credenciales de biólogo, el doctor Maturana debe reconocer que ha sido un error no restarse de tanto debate, pues un día puede hablar del amor, otro de la innovación, otro de internet o del derecho a la vida…

Y que a futuro, cuando alguien le pregunte como lo logró o identifique a otra persona que se encuentre en una situación similar a la que superó, que se acuerde de mí y recomiende mis servicios.

En definitiva, es un negocio como cualquier otro, solo que para algunos ha sido más rentable que para otros.

Sinceramente, volviendo a la lucha ideológica, admiro el negocio que ha montado Newfield y la seriedad con que se lo han tomado y es por esto que esta discusión me da un poco de vergüenza ajena.

Es innecesaria.

Y aunque entiendo que el doctor Maturana se enoje con los ontológicos, con Echeverría, Flores y con el mundo de los negocios, pasada la tormenta ojalá comprenda que esto le pasa por hablar de tantas cosas.

Y es que por muy buenas que sean sus credenciales de biólogo, el doctor Maturana debe reconocer que ha sido un error no restarse de tanto debate, pues un día puede hablar del amor, otro de la innovación, otro de internet o del derecho a la vida…

No quiero aparecer como defensor de Echeverría y Flores, pero me molesta que alguien que abarca tanto después se ponga purista e insinúe que la ontología del lenguaje ha ensuciado su prístina obra.

Por eso la defensa de Echeverría me parece tan absurda. Yo creo que a nadie le cabe duda que los ontológicos han sido los principales promotores de las ideas de Maturana… y que han sabido lucrar con ellas.

Tal vez no ganan plata directamente cada vez que lo mencionan o tal vez aún no haya un instrumento confiable para medir el return of investment, pero de que han ganado prestigio, respaldo y reputación con él… ¿qué duda cabe?

Ahora, más allá de las copuchas ideológicas y de las batallas de egos, lo concreto es que esta discusión es una distracción para los coaches, quienes en vez de estar mirando estas discusiones olímpicas, debiéramos estar más en terreno, pues todo esto nos perjudica.

Esta discusión es de un elitismo total y así como últimamente al doctor Maturana le da urticaria cada vez que se ve involucrado en una discusión ontológica, no me cabe duda que si Heidegger pudiera, también alegaría cada vez que lo sacan a colación.

Siendo muy sincero, me interesa mucho más saber cómo un coach deportivo maneja un camarín en crisis a discutir el origen o autoría de una idea remota.

Me parece mucho más valioso y real la experiencia que pueda aportar Toni Nadal, Manuel Pellegrini, Brad Gilbert, Sir Alex Ferguson, Pat Riley o Marcelo Bielsa a la discusión… que todo lo que tengan que decir los teóricos de las conversaciones que no saben dialogar entre ellos, pues no nos olvidemos que los coaches venimos del mundo de los deportes.

Los padres del coaching fueron destacados deportistas como John Whitmore y Tim Gallwey, que llevaron sus aprendizajes de la cancha al mundo de las empresas. El mismo Anthony Robbins, tan resistido por el mundo académico o intelectual, también tiene una fuerte vinculación con los deportes y hago estas pocas menciones, pues estos sujetos, rutilantes coaches, son personas de terreno. De acción.

Un coach acompaña a sus clientes o equipos; está con ellos, los ayuda a atravesar distintas fases, cambios o crisis que atraviesan las personas o los grupos humanos. Uno está ahí para ayudarlos, orientarlos y para que no olviden cuál es la meta, el objetivo y entusiasmarlos a que el camino valdrá literalmente la pena.

El trabajo de un coach es bien mundano… o si quieren… humano… y estas discusiones sirven para cualquier cosa menos para ayudar a la profesión.

Y en este punto coincido con Echeverría de que los ataques de Maturana fueron un golpe bajo para muchos coaches que no solo se toman muy en serio su trabajo, sino que admiran profundamente al doctor.

E insisto, aunque no adscribo, ni milito, ni me he formado como coach ontológico, creo que lo mínimo que uno puede hacer es medir el trabajo de Echeverría, Flores y Olalla por sus resultados y estos, sin duda, han hecho escuela.

Han formado a profesionales y han participado en importantes cambios organizacionales y culturales. Y sobre la base de esto no dudo en reconocer que han ampliado los límites del coaching a niveles insospechados y, tal vez después de este golpe, sería conveniente replantearse las fronteras y revisar quiénes son los modelos o referentes a seguir, pues pese a que no tengo ningún talento futbolístico, siento mayor cercanía y familiaridad profesionales con Pep Guardiola que con cualquier gran filósofo o biólogo de renombre.

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