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Lección de anatomía en el Metro

por 9 febrero 2016

Estaba en el andén de la estación Universidad de Chile, línea 1 del Metro de Santiago. Era la hora pico. Perdón, siempre se me olvida que en Chile no puedo decir hora pico, sino hora punta. Disculpe usted, es que soy venezolana y el léxico aún no se me ha pegado (no he dicho hasta ahora mi primer cachái). Eso sí, me gustan muchas palabras de aquí: bacán (que es como el equivalente a nuestro chévere), seco (la primera vez que me dijeron seca me preocupé mucho, creí que me llamaban antipática, después supe que me estaban elogiando), fome (es mi palabra favorita, porque en Venezuela no tenemos un término específico que describa esa sensación de aburrimiento).

Pero no voy a desviarme del tema, continúo. Yo estaba ahí en el andén del Metro apesadumbrada, pensando en qué iba a ser de mí en los próximos meses, en lo difícil que es encontrar trabajo, en el alto costo de los servicios aún por pagar.

Entonces llegó el tren. Entro en el vagón atestado. Me someto a la tortura de ese encierro. Allí estamos, mil desconocidos, apretados unos contra otros; restregándonos, sin sensualidad alguna, con cuerpos ajenos. Hay sudor. Malas caras. Incluso olores, ahora que es verano. Ante tal invasión a la propiedad corpórea, ante tal atropello a nuestra intimidad, ante tal intercambio involuntario de respiración y gérmenes, la mayoría preferimos abstraernos e interactuar con el único ser afín a nosotros entre la muchedumbre: el celular. Yo me distraigo viendo a mis amigos en la playa y el mar Caribe sustituye por instantes a la marea de gente que me ahoga.

Bueno, como cuento, estábamos en ese cajón sin aire, odiándonos los unos a los otros y odiando en conjunto al que ingresaba en la nueva estación para quitarnos aún más oxígeno; estábamos, como he narrado, en esa paila del diablo que es el Metro en hora pico (perdón, punta), cuando sucedió algo impredecible.

Entró ella.

Ella y su violín.

Entre empujones se instaló como pudo en un espacio que, por estar lejano a las puertas, estaba más liberado que el resto.

Montó su instrumento al hombro e inmediatamente comenzó a tocar.

Tocó algo que no era el adagio de Albinoni, eso lo sé. Tocó cualquier otra cosa. Pero eso no es lo importante. Eso no es lo extraordinario. Lo increíble es que, de pronto, ella fue algo así como el Flautista de Hamelín, solo que no era flautista y tampoco estábamos en Hamelín, Alemania, sino en Santiago, Chile.

Aunque usted no lo crea y le parezca inverosímil, al unísono todos despegamos nuestra mirada de los teléfonos celulares y la enfocamos en la violinista. Yo dejé a un lado el Facebook de un spa en Margarita en el que un imaginario y musculoso masajista me llenaba de aceites y también levanté los ojos y la vi.

Todos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, homosexuales, bisexuales, heterosexuales y asexuales la observamos. Boquiabiertos.

En realidad, lo que nos unía no era la música. Tampoco su ejecución en el violín, pues nunca me enteré –y creo que nadie– si era virtuosa.

Era ella la que nos unía.

Y en realidad tampoco era ella (ni su cabellera negra ni sus dedos delgados).

Era su pantalón ajustado negro.

Pero tampoco era su pantalón.

Era (sí, lo adivinan): su poto, como dirían los chilenos. Su culo, como diríamos los venezolanos.

Un fundillo (como diría mi mamá española) que sobresalía enorme bajo su estrecha cinturita y como contraparte de una barriga (guata, en chileno) inexistente.

La retaguardia de la violinista era el centro único de los acontecimientos. El trasero como una de las bellas artes. Por un momento no hubo malhumor por el hacinamiento ni asco por el sudor de otros (o quizás ya empezaban a hacer aparición otra clase de secreciones). Por un momento todos nos unimos en esa redondez. Por un momento se paralizó la vida y el culo fue planeta. Universo.

Eran unas nalgas redondas, firmes, extraordinarias.

No sé qué pensaría cada quién, quizás algunos se imaginaron sobre ese relieve en una cama, en el escritorio, en un ascensor; quizás algunas se soñaron con unas almohadas así instaladas en la parte baja de sus espaldas. Yo ni las deseaba ni las envidiaba, solo las veía, como si un imán visual me hubiera hipnotizado.

La música no se oía. O quizás sí, pero nadie la escuchaba.

La retaguardia de la violinista era el centro único de los acontecimientos.

El trasero como una de las bellas artes.

Por un momento no hubo malhumor por el hacinamiento ni asco por el sudor de otros (o quizás ya empezaban a hacer aparición otra clase de secreciones). Por un momento todos nos unimos en esa redondez. Por un momento se paralizó la vida y el culo fue planeta. Universo.

Por un momento, también, todos nos olvidamos de los problemas. La renta, los gastos comunes, el desempleo, el desamor, la enfermedad.

Por segundos, nada fue fome.

Todo fue bacán.

Hubo aplausos. “Seca”, gritó alguien, comiéndole con los ojos el rabo. Llovieron a la chica monedas de 500, billetes de 1.000.

Y se bajó en Baquedano. Fue a darle alegría a otro vagón. El ángel del Metro.

Entonces, cada quien volvió a su celular. A ese caparazón que nos aísla. Fuimos nuevamente tortugas. Tortugas aglomeradas.

Cuando pienso en ese miércoles de enero de 2016 solo recuerdo esos pocos minutos de comunión colectiva en el Metro de Santiago, esos instantes en los que todos fuimos una misma y única especie animal gracias a la soberbia belleza de una parte de la anatomía humana.

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