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De segundas oportunidades: Lagos y Alessandri

por 10 febrero 2016

El ex Presidente Ricardo Lagos Escobar, según algunos de sus fervientes adherentes, no pocos por estos días, representa algunas de las más altas cualidades del gobernante chileno “modelo”, mismas que, una parte de nuestra historiografía, reconoce a la figura del extinto Mandatario Alessandri Palma; ambos, además de ser eximios tribunos políticos dotados de imponentes cualidades oratorias, tendrían también sentido de Estado, visión de país, respeto por la institucionalidad de la Presidencia de la República, entra otras grandilocuentes virtudes cívicas que se les atribuyen.

Sin embargo, más allá de dicha comparación iconoclasta, basada en dichas frases para el bronce con las que cada cierto tiempo se busca inmortalizar a ciertos personajes de nuestra historia política nacional, existen algunos elementos de fondo que vinculan a ambos políticos, sobre todo en lo que refiere a los contextos históricos en los que debieron actuar, cuestión que nos permite polemizar preguntándonos si el hipotético candidato Ricardo Lagos Escobar asumiría en un eventual segundo gobierno la actitud “reformista” desplegada, al menos programáticamente, por Alessandri Palma en su primer mandato presidencial y que se expresa de manera clara en los duros términos utilizados en el discurso de agradecimiento a la Convención Liberal de 1920 que lo nominaba como su candidato a la Presidencia:

“Yo quiero ser una amenaza para los espíritus reaccionarios, para los que resisten toda reforma justa y necesaria; esos son los propagandistas del desconcierto y del trastorno. Yo quiero ser amenaza para todos aquellos que permanecen ciegos, sordos y mudos ante las evoluciones del momento histórico presente, sin apreciar las exigencias actuales para la grandeza de este país”.

La cuestión no resulta irrelevante si consideramos que la próxima elección presidencial del 2017 tendrá similar importancia a la desarrollada en 1920, por cuanto, en ambos escenarios históricos, el país requirió y requerirá, de un Presidente “genuinamente reformista”, que ofrezca un programa político que solucione de forma sustantiva los conflictos generados por el inevitable tránsito entre el viejo orden que desaparece y el nuevo que comienza a emerger.

Sin duda es imposible saber cuál será la postura que adopte el candidato Lagos 2.0, pero pareciera que la mayoría de los ciudadanos no se lo imagina haciendo campaña con discursos tan directos y duros como el del León de Tarapacá, juicio que no resulta antojadizo si se examinan cuáles fueron las prioridades y resultados del primer periodo del ex Mandatario, en el que, lejos de solucionarse sustantivamente las desigualdades sociales que aquejan a las mayorías, se profundizó el nivel de concentración económica en los grupos más privilegiados de la población.

 Si Lagos se decide a postular y dirigir un segundo mandato, tendrá una nueva oportunidad para representar la “síntesis” en el tránsito entre el viejo sistema político y el nuevo que la sociedad demanda, y que por esas fatalidades de nuestra historia, se funda en los mismos problemas políticos del que tuvo que enfrentar Alessandri en su momento.

En fin, si Lagos se decide postular y dirigir un segundo mandato, tendrá una nueva oportunidad para representar la “síntesis” en el tránsito entre el viejo sistema político y el nuevo que la sociedad demanda, y que por esas fatalidades de nuestra historia, se funda en los mismos problemas políticos del que tuvo que enfrentar Alessandri en su momento, a saber, una contundente demanda ciudadana por un Estado socialmente activo –hoy expresada en el binomio Estado Subsidiario versus Estado Solidario–, por un lado, y el dar solución definitiva a la incestuosa cooptación del Estado por parte de la clase empresarial ya presente en el antiguo sistema parlamentario, por otro, ambas enmarcadas además en un simbólico y poderoso “momento constitucional”.

Si llega a ocurrir el escenario hipotético que proyectamos, solo de Lagos dependerá pasar a la historia con un segundo mandato marcado por un carácter genuinamente reformista, o bien, al igual que el segundo gobierno de Alessandri apoyado esta vez por la derecha, como uno preocupado principalmente por mantener el sacrosanto orden público conteniendo toda demanda social relevante.

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