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La política chilena se ha vuelto un tango

por 17 febrero 2016

Leyendo las diversas defensas corporativas, que en el mundo político se han dado en relación con los colegas involucrados en diversas irregularidades, la última de ellas la de Insulza a Longueira, no dejan de sonar en mi cabeza las letras del inmortal Discépolo en Cambalache:

“El mundo fue y será una porquería, ya lo sé. En el quinientos seis y en el dos mil también. Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, contentos y amargaos, valores y dublé…”

Y esto porque pareciera que hoy la política chilena es un tango, una milonga en el mejor de los casos, en donde a un ritmo, se ve a todos contonearse y dar quebradas de cadera. Pareciera ser que se asume que el mundo es una porquería, pero que es lo que hay y por ende se reconoce el talento de quienes han sabido darse cuenta antes y han logrado mantener el ritmo con elegancia. Algo así como un orden natural, en el cual a algunos les ha tocado estar abajo, a otros arriba y a la gran mayoría, en medio. Nadie cuestiona el fondo, o sea, nadie cuestiona el orden, si debe reconocerse algún problema, este problema tiene que ver con el contexto y la cadencia, o sea, que el problema no es que se haya hecho, sino que se hizo mal. Así es que, frente a acciones –delitos– que para el común de los mortales hubiesen merecido repudio público, en el mundo político se habla de ‘errores’, de ‘omisiones involuntarias’ o incluso se reconoce la habilidad para haber aprovechado el resquicio preciso en el momento justo, es pos del bien mayor.

Ahora el problema no sería tan serio, si lo vemos con amplitud de miradas, si tal resquicio efectivamente fuese aprovechado por la genialidad de algún gerente, en un momento de iluminación. El problema aquí es que el resquicio no es aprovechado, es explotado a sabiendas, pues el resquicio fue creado con tal finalidad. Para bailar tango se requieren dos y, a la luz de los acontecimientos, parece que la pareja sempiterna del poder político, son los grandes capitales financieros. Y en ese baile a ratos desenfrenado, el poder político se rinde a las exigencias de la ardiente pareja y va creando los escenarios para que el baile no se detenga nunca. Todos revolcados en el mismo merengue, manoseados y embarrados, se ven obligados a continuar con la danza, pues el precio de parar la orquesta es que se termine la fiesta, para todos.

Podemos criticarle entonces a un político de trayectoria, o a un aspirante, que haga un mea culpa que no vaya más allá de reconocer que las cosas se pudieron hacer mejor, pero que, punto seguido, ¿alabe la grandeza y visión política del colega cuestionado, por no haber robado más? Porque el tema aquí es ese, aquí se ha estado robando – bueno, considerando la falta de fuerza, hurtando– a todos los chilenos.

Sorprende en cierta forma cómo ni los medios ni nuestros representantes dicen las cosas como son, y es que los cientos de millones, quizás miles de millones, en boletas falsas que se han entregado a través de los años para financiar la actividad política –y no solo política, recuerden que Orpis hasta utilizó los fondos para pagar la membresía del Club de Yates– no son una travesura, ni un descuido, ni una omisión, son un robo que se le hace al Estado, y por ende a cada chileno, porque esa empresa que recibió la boleta rindió esos montos como gastos ante el SII y el Estado, por ello, le devolvió o le dejó de cobrar montos similares. O sea, en términos simples, la empresa le da a usted 100 para su campaña, usted le da una boleta de 1000, como agradecimiento, la empresa rinde los 1000 como gasto, y el Estado se los condona en impuestos, sus, nuestros, impuestos. Tampoco se dice que el tráfico de influencias, tan propio de nuestra cultura, no ha sido solamente el poner a un amigo tal o cual en un puesto para que pare la olla, sino que es una máquina bien aceitada para defraudar al Estado y a todos los ciudadanos.

Nos gusta tanto compararnos con Europa; pues, esto, en Europa, se arregla de una manera simple: la empresa cierra, se divide y recicla, los ejecutivos se van presos y las víctimas son indemnizadas.

Como negocio no es malo, usted se asegura la elección, la empresa genera capitales frescos y, como añadidura, se va posicionando como una tercera fuerza en el Parlamento, que guiada por la deuda implícita, hace presión en toda la esfera política y genera cosas tan simpáticas en nuestro sistema económico-político como condonaciones millonarias a empresas virtualmente quebradas –Johnson’s–, un mes antes de ser comprada por un monstruo multinacional –Cencosud–, o vista gorda a estafas masivas, como La Polar, las colusiones de las farmacias o los carteles de precios. Incluso, resulta en cuestionar como criticable el que un senador o un ministro le haga llegar a un empresario los proyectos de ley o medidas que directamente le afectarían, solicitándole su ‘opinión’, más bien su corrección (no sé si esto tendrá algo que ver con que el mismo empresario le pagó la campaña al citado ministro o senador).

Usted podrá decir que todos esos casos están judicializados, sí, en efecto, y ahí es justamente donde está la genialidad de estos acuerdos, y es que durante 20 años, siendo que los políticos sean de izquierda, derecha, centro, arriba o abajo, todos le debían al mismo acreedor, el sistema legal y jurídico fue adaptado de tal manera que, por más grosero que fuera el descalabro, por más mediática que fuera la detención o la denuncia, por más que los medios dedicaran días completos a seguir en tribunales las audiencias –cosa aparte es que los espectadores no entiendan un comino de lo que significa un proceso judicial–, el resultado final siempre será el mismo. Condenas virtualmente morales, con penas irrisorias y con víctimas sin compensación. Y la empresa en cuestión, obviamente, continúa funcionando, sin siquiera cambiar el nombre.

Nos gusta tanto compararnos con Europa; pues, esto, en Europa, se arregla de una manera simple: la empresa cierra, se divide y recicla, los ejecutivos se van presos y las víctimas son indemnizadas. Si basta con decir que hasta Sampaoli se hubiese ido preso por su travesura de desviar capitales por las Islas Vírgenes.

Recuerdo años atrás haber leído una crítica a Piñera, en donde se le achacaba su calidad de especulador por sobre la de empresario, pues la base de su acción la constituía la especulación financiera, con el único fin de la acumulación de ganancias, por sobre la creación de productos tangibles, productos que serían los que producirían los verdaderos empresarios y que son los que generan crecimiento. Creo que fue Ricardo Claro, pero no estoy seguro. Los verdaderos empresarios de hoy han hecho carne de esa declaración y efectivamente han creado los productos más tangibles y útiles que puede haber en nuestro sistema, políticos de carne y hueso, comprometidos, astutos, inteligentes y con visón de país. Lástima que esta visión no es propia, ni de quienes los eligieron.

Decía que nuestra política se ha vuelto un tango, porque al igual que el tango se escribe sobre historias tristes, con personajes oscuros que arrastran tras de sí experiencias que quieren olvidar. Al igual que el tango hay amores que no debían ser y decisiones de las cuales te arrepientes apenas las has tomado, pero que no tienes la fuerza suficiente para echar atrás. Como un buen tango tenemos muertos en la acera a medianoche, traiciones al amanecer y reconciliaciones al mediodía. Y como un buen tango, también, no vemos más futuro que el que el propio ritmo impone, en un círculo vicioso que no termina jamás.

No me importa lo que has hecho, lo que haces y lo que harás, pareciera ser la máxima, siempre y cuando lo hagas como lo hacemos todos los demás. Y si eso implica, para salvar el sistema, tragarse la bilis y retorcer las tripas, eso es lo que se hará. Si eso implica convertir a una figura de reality en un candidato al Parlamento, poner a un analfabeto como alcalde o a un pedófilo como senador, con tal de convencer al acreedor de turno de liberar los recursos, se hará. Si eso implica robar los impuestos de todos los chilenos –el mismo chileno que ve caer sobre sí las penas del infierno si emite mal una boleta de mil pesos o que enfrenta el verdadero peso de la justicia por una infracción de tránsito–, resulta un costo aceptable para mantener el país firme y en la OCDE.

"Si uno vive en la impostura, y otro roba en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón…", eso, claro, siempre y cuando tu apellido no tenga dos erres o tu tío no sea diputado, porque entonces, estás jodido.

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