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¿Cuál será el desenlace de la reforma al FMI?

por 18 febrero 2016

El viernes 18 de diciembre de 2015, el Congreso de los Estados Unidos dio luz verde al aumento de representacion de economías emergentes en el Fondo Monetario International (FMI), a pocos días de que se agotara el plazo legal para su aprobación, acordada en el año 2010. Esta decisión supone la progresiva implementación de un programa de reformas de gran alcance, sobre el régimen de cuotas y la estructura de gobierno del organismo, constituyendo así la reforma más relevante de su historia.

En la actualidad existe un desequilibrio sustancial entre la dimensión económica real y la cuota de poder que tienen los distintos países que participan en la institución más relevante de la economía mundial. Con representaciones muy desiguales entre poder y riqueza que van desde el 1,34% de los votos, que representa a 24 Estados Africanos, al 16.74% que representa los intereses de Estados Unidos. El FMI es hoy una institución seriamente cuestionada.

Se trata, en realidad, de representaciones desfasadas, propias del escenario geopolítico post-Segunda Guerra Mundial (creadas a partir del acuerdo de Bretton Woods), en el que las potencias tradicionales están sobrerrepresentadas y las economías emergentes apenas tienen algo que decir.

Las graves carencias de legitimidad impulsaron, hacia fines de la década pasada, el inicio de una serie de negociaciones con objeto de introducir un conjunto de reformas, especialmente encaminadas a reasignar las cuotas de poder. Curiosamente estas negociaciones fueron encabezadas por Estados Unidos, bajo la fuerte resistencia de la Unión Europea.

Finalmente, como estaba previsto, Europa cedió parte de sus cuotas de poder a favor de los países emergentes, sin lograr que Estados Unidos perdiera su derecho a veto (las grandes decisiones requieren ser adoptadas por acuerdo mayoritario del 85% del total de los votos, por ello, su cuota es determinante). Sin embargo, para la implementación de la reforma era necesaria la ratificación por parte del Congreso estadounidense.

En principio, esto no parecía un problema y la intención era implementar la reforma a finales de 2012. No obstante, el plazo no se cumplió y, desde entonces, el legislativo de Estados Unidos ha sido el único en frenar su implementación, minando su reputación como líder de la reforma institucional y dañando seriamente su credibilidad internacional.

Durante estos años, la Administración Obama ha intentado en varias ocasiones que el aumento de cuotas se aprobara en sede parlamentaria. En realidad, la propuesta no supone el aumento de la contribución financiera de Estados Unidos, ya que el dinero se traspasaría desde otra línea de crédito temporal, el NAB (Nuevo Acuerdo de Préstamos). El Congreso simplemente tenía que aprobar el traspaso del NAB a su aportación en las cuotas, y la reforma habría salido adelante sin apenas coste para el contribuyente. Pero, tanto republicanos como demócratas, han frenado continuadamente el proceso.

La pregunta es si el mundo necesita un sistema único de gobernanza financiera que incluya un prestamista de última instancia para los Estados y una supervisión financiera internacional o si, durante los próximos años, estaremos en presencia de un sistema multilateral fragmentado a escala mundial –uno liderado por Occidente y otro por China–, lo que podría retrotraernos a un juego entre grandes bloques y potencias.

¿Qué ha cambiado para que hayan decidido incluir la partida del aumento de cuotas en el presupuesto estadounidense de 2016? No solo fue el hecho de que el plazo legal para la aprobación se agotaba en 2015, sino que, probablemente, se sintió una presión internacional notable, y unos presagios significativos: la frustración con Estados Unidos ha llevado a muchos países a considerar una nueva reforma que acabe con el veto estadounidense.

Tras cinco años de retraso, los países emergentes han percibido que su influencia en el FMI está lejos de representar su papel en la economía mundial y han buscado soluciones alternativas. Han creado dos bancos de desarrollo (el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura y el Nuevo Banco de Desarrollo) y, particularmente preocupante para el FMI, el mecanismo de rescate Contingent Reserve Arrangement.

China y los demás emergentes, han comenzado a trazar su propio camino hacia un nuevo modelo de desarrollo y multilateralismo. La conclusión es tan sencilla como severa, si Occidente no encuentra acomodo para China en sus instituciones, China creará las propias. Cuenta con los recursos para hacerlo y es hoy el principal proveedor de financiación de los países en desarrollo (el CDB ya concede más préstamos que el propio Banco Mundial).
Ahora, por fin, se ha desbloqueado la reforma, y se espera su implementación en los próximos meses. Pero implementar la reforma del 2010 debería ser solo el principio del cambio para el FMI.

Si el FMI quiere sobrevivir, deberá reformar la compleja fórmula que establece las cuotas –tan favorable para los países occidentales– y recalcularlas posteriormente. Para conseguir un FMI más justo, el liderazgo de EE.UU. debe adaptarse y la zona Euro debería formar un bloque conjunto, compartir silla única en el directorio y aceptar que su peso en el mundo ha menguado, aunque siga siendo muy importante.

La pregunta es si el mundo necesita un sistema único de gobernanza financiera que incluya un prestamista de última instancia para los Estados y una supervisión financiera internacional o si, durante los próximos años, estaremos en presencia de un sistema multilateral fragmentado a escala mundial –uno liderado por Occidente y otro por China–, lo que podría retrotraernos a un juego entre grandes bloques y potencias.

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