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Feminismo polifónico

por 18 febrero 2016

Hace unos días terminé un taller de comunicación estratégica para organizaciones de mujeres y feministas. Lo financiaba ONU Mujeres y lo organizaba el Instituto de la Mujer. Postulé como integrante del Observatorio Contra el Acoso Callejero (OCAC) Chile y cuando fui a la primera clase y vi la malla de contenidos (Qué es una noticia, Introducción a redes sociales) pensé que no iba a aprender nada y que me iba a aburrir de muerte.

Afortunadamente, me equivoqué.

Éramos tantas como un curso de liceo público y tan diversas como la escuelita de Carrusel. Ahí estaban las feministas famosas y con trayectoria, como Ruth Olate, y otras todavía estudiantes, como las del Colectivo Tijeras. Conocí mujeres cuyo empoderamiento se basa en aprender los cortes y la confección de la costura y otra organización que enseña a mujeres adultas a andar en bicicleta. Conversé con porteñas que marchan en silencio para denunciar la violencia hacia la mujer y con universitarias que gritan a través de afiches de serigrafía callejera. Nos mezclamos mujeres de veinte, treinta, cuarenta y más años; provenientes de La Serena, Santiago y Talca. Compartimos un café, hablando de nuestras organizaciones, conformadas por pobladoras, madres orgullosas y católicas pro abortistas. Aprendimos nuestros nombres y nuestras comunes batallas, vestidas con faldas cortas, escotes o trajes de dos piezas.

Porque así es el feminismo, tan diverso como feministas hay.

Esta idea de agrupar a feministas de tantas edades y orígenes es una apuesta y también un recordatorio. Primero, de que hay cientos de formas de practicar el feminismo y que todas son importantes y ninguna está por sobre otra. Nuestras luchas se complementan, jamás se anulan. Pienso que para que estas prácticas coexistan sanamente, deben buscar la sororidad: mujeres trabajando articuladas, en colaboración. En un mundo que nos es hostil, si no nos ayudamos nosotras, ¿quién?

Y aunque habitamos el mundo en identidades antípodas y algunas creemos en las políticas públicas para superar brechas, varias apuestan por el borde de la legalidad para alcanzar sus objetivos y otras aún piensan que los estereotipos de género son algo natural y no construido; todas tenemos algo común, esa preocupación que nos convierte a todas en feministas: reivindicar la idea radical, como dijo Ángela Davis, de que las mujeres somos personas. Todas las que estábamos allí —y aquí no generalizo, sino que constato— trabajamos por los derechos de las mujeres, para que puedan abortar, para que reciban igual paga por igual trabajo, para que caminen libres de acoso sexual callejero.

Esta idea de agrupar a feministas de tantas edades y orígenes es una apuesta y también un recordatorio. Primero, de que hay cientos de formas de practicar el feminismo y que todas son importantes y ninguna está por sobre otra. Nuestras luchas se complementan, jamás se anulan. Pienso que para que estas prácticas coexistan sanamente, deben buscar la sororidad: mujeres trabajando articuladas, en colaboración. En un mundo que nos es hostil, si no nos ayudamos nosotras, ¿quién?

Esa fue mi lección durante este curso. Además de repasar esos contenidos básicos de comunicaciones, que reafirmaron que la estrategia comunicacional es el corazón y la identidad indispensable de cualquier agrupación que pretenda proyectarse en el tiempo. Agradezco tanto la oportunidad de haber participado en este taller, de haberme nutrido de esas mujeres fuertes y organizadas. Que no nos pase lo que suele ocurrir a los frentes disidentes, que discuten y se dividen por roces internos y pierden el foco. Que esta diversidad sea nuestro combustible, para concentrarnos en el verdadero enemigo: el machismo que habita en las personas que nos rodean, incluyéndonos a nosotras mismas.

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