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¿De qué se sorprenden?

por 23 febrero 2016

"Riquelme recorre así la pasarela por la que han desfilado de forma democráticamente transversal políticos y empresarios (Penta, Caval, Soquimich, las acreditaciones universitarias truchas, por nombrar solo algunos emblemáticos ejemplos), en los cuales es el dinero, y muchas veces el poder a través de este, el leit motiv omnipresente".

Desde múltiples sectores se alzaron las voces cuestionando los negocios del director administrativo de la Presidencia de la República, Cristián Riquelme, en los cuales se mezclan impúdicamente intereses privados con funciones públicas. Intereses suyos, de parientes y cercanos. La sociedad en su conjunto, si entendemos por ella lo que transmiten los medios de comunicación, se ha escandalizado por las actuaciones personales del ex hombre de las platas de la segunda campaña presidencial de Michelle Bachelet.

Riquelme recorre así la pasarela por la que han desfilado de forma democráticamente transversal políticos y empresarios (Penta, Caval, Soquimich, las acreditaciones universitarias truchas, por nombrar solo algunos emblemáticos ejemplos), en los cuales es el dinero, y muchas veces el poder a través de este, el leit motiv omnipresente.

Dinero y poder siempre han sido grandes motores. Cual clásico de nuestra historia como especie, la ambición nos persigue desde el principio. En tal condición, no es un sentir posible de extirpar por decreto.

Pero así como todos debemos aprender a convivir con el legítimo anhelo de poseer mayores bienes materiales y tener la capacidad de hacer lo que se nos plazca, existen sociedades cuyos ejes estructurantes potencian al extremo tal vocación humana natural. Donde el sentido del éxito material, de acumular dinero, de lograr mis fines sin otra limitante que mi satisfacción personal es promocionado como un valor esencial.

Los liberales de nuevo cuño nos han dicho que tal es consustancial a la existencia humana. Concuerdo. La ambición es inherente a nuestra condición, así como lo es el vivir en comunidad. Y así hay sistemas que, sin anular una, propician contextos donde una u otra tiene más posibilidades de emerger.

En Chile se ha instalado, desde hace ya mucho tiempo, que el principal motivo para trabajar o hacer empresa debe ser el retorno económico. Independiente de qué se hará con ese dinero, lo relevante es cuánto reportará la función desempeñada.

Todos trabajamos (como empleado particular, empresario, funcionario público) y esperamos recibir un ingreso por ello. Eso no está en discusión. El problema emerge cuando una sociedad instala este como el principal (y prácticamente único) objetivo a considerar. Que a uno le guste o crea en lo que hace (sí, creer que lo que uno realiza es positivo para la sociedad es un valor que se ha ido perdiendo), son nimiedades, errores de juventud que se irán pasando con los años, cuando llegue la madurez. La retribución económica puede y debe estar dentro del análisis de las decisiones laborales y empresariales que se adoptan, nadie dice lo contrario, ¿pero siempre en un primer, e incluso excluyente, lugar?

En la sociedad neoliberal (algunos de cuyos motto son el individualismo y el progreso material) son aquellos los valores instalados. Donde, como se ha dicho, existe todo un entramado institucional que va instalando una moral de mercader en todos los oficios, todas las profesiones, todas las funciones. Nadie dice que no deba existir la transacción, el problema es que hoy todo lo cubre. Incluso la función pública.

Cuando nuestro sistema de previsión social se basa en la capitalización individual. Cuando el sistema eléctrico está enfocado hacia el negocio y no hacia la autosuficiencia y autosustentación. Cuando se decide instaurar zonas de sacrificio para el exclusivo crecimiento del PIB. Cuando un candidato puede rendir como gastos de campaña las canastas familiares que donó para el bingo de una junta de vecinos (con el clientelismo asociado). En todos estos casos no solo hay técnica asociada, también valores que se van normalizando.

Los Riquelmes, Délanos, Dávalos, Martellis, Novoas y tantos otros no son más que fruto de esa concepción. Hijos de este entramado, aunque algunos incluso sean en alguna medida sus ideólogos.

Para esta noción de la vida no corren izquierdas y derechas. El sentido de lo público, del bien común, ha quedado debajo de la caja registradora en que se transan los valores de nuestra sociedad.

Entonces, ¿de qué se sorprenden?

Por suerte, no todos piensan así. Existen lugares, espacios, donde se intenta hacer un camino distinto.

Donde colaborar con el otro es visto como algo necesario, no como tontera marginal. Donde el trueque se aprecia como algo serio, no como una acción con déficit de modernidad. Donde producir los propios alimentos o la propia energía, pensando de paso en la eficiencia y el ahorro, se ve como el necesario aporte a la sustentabilidad y no como rayas en el agua que no vale la pena intentar.

De contrastes está hecha la sociedad. Es tarea de cada uno determinar qué camino se desea transitar. Porque aunque a algunos suene naif, siempre será necesario reflexionar y atreverse a tomar este tipo de decisiones. Las que van cambiando un paradigma del que nos quejamos cada día más.

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