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La nueva izquierda latinoamericana y el mito de Júpiter

por 25 febrero 2016

La nueva izquierda latinoamericana y el mito de Júpiter
El paralelo con la nueva izquierda latinoamericana refiere a gobiernos que en parte comienzan a ser víctimas de algunos de sus propios logros. Alcanzaron el poder recuperando la dimensión redentora de la democracia, aquella que apela a sueños y pulsiones de la gente, que no cimenta la práctica poliárquica exclusivamente en el procedimiento del voto regular y en las instituciones formales.

Las sucesivas derrotas del oficialismo en Argentina, Venezuela y Bolivia han abierto interrogantes respecto del futuro de la denominada Nueva Izquierda latinoamericana, una tendencia política que se instaló en buena parte de la región a partir del triunfo de Chávez en un lejano 1999, es decir, hace más de década y media.

Durante este período caudillos políticos como el mismo comandante venezolano, Evo Morales, Lula, Dilma Rousseff, los Kirchner, ente otros, se impusieron a menudo cómodamente en los comicios de sus países generando una imagen de incombustibilidad, misma que ha sido puesto en duda desde noviembre último.

Muchas han sido las razones argumentadas para explicar su declinación: el natural desgaste de una prolongada gestión, las denuncias de corrupción sobre administraciones que accedieron al poder precisamente juramentando el destierro de las prácticas cleptocráticas, unas economías nacionales resentidas con la caída del precio de los recursos en los mercados mundiales, dificultando la generación de nuevos subsidios y programas sociales. Cada uno de estos factores es parte de la explicación, sin embargo, hay un factor que a menudo es olvidado en los análisis y que alude el mito de Júpiter.

Recordaremos que la deidad griega Saturno –o Cronos, el tiempo que se cierne sobre todo– devoraba a sus propios hijos, cumpliendo con la promesa que le impusiera su hermano mayor, Titán, como condición para gobernar, de tal forma que la descendencia de Titán pudiese acceder a la soberanía sobre el panteón divino. Saturno y Titán no contaron con que la esposa del primero, Ops, salvara de dicho destino a tres de sus hijos: Júpiter, Neptuno y Plutón, mediante la artimaña del ocultamiento de los tres y su reemplazo por piedras envueltas en pañales que Saturno devoró como de costumbre. Júpiter creció escondido en la isla de Creta, en la que la cabra Amaltea hizo de nodriza, hasta que fue suficientemente fuerte para salir a la luz. Entonces guerreó contra su tío Titán primero, y posteriormente contra su propio padre, hasta llegar a destronarlo. El dios impuso un nuevo orden desde el Olimpo, asignando a Neptuno el reino de los mares, y a Plutón el Inframundo.

El paralelo con la nueva izquierda latinoamericana refiere a gobiernos que en parte comienzan a ser víctimas de algunos de sus propios logros. Alcanzaron el poder recuperando la dimensión redentora de la democracia, aquella que apela a sueños y pulsiones de la gente, que no cimenta la práctica poliárquica exclusivamente en el procedimiento del voto regular y en las instituciones formales. Las promesas de inclusión de los desheredados de la tierra –si se me permite parafrasear a Fanon– llegaron de la mano de procesos de refundación nacional para dar lugar a nuevos sujetos políticos antes ignorados –como los indígenas en Bolivia– o simplemente por un nuevo trato a los más menesterosos.

El electorado ya no se conforma con una subsistencia digna, la inclusión en la comunidad de beneficios y la representación simbólica y política, sino que anhela aún mayor calidad de vida y progreso material en un modelo cercano a lo que fue el Estado de bienestar en otras latitudes, situación difícil de replicar con el modelo (nuevamente común a la región) de reprimarización económica, una industria nacional discreta que no reemplaza las importaciones, así como un sector terciario en expansión aunque poco competitivo internacionalmente.

Si se revisa la distribución de la riqueza de varios de los estados gobernados por la Nueva Izquierda, concluiremos que una parte no menor de la población que estaba bajo la línea de la extrema pobreza fue sacada de la precariedad en las condiciones de vida a punta de programas redistributivos, subsidios y planes sociales. En consecuencia, los segmentos pauperizados disminuyeron en tamaño, creciendo en su lugar una nueva clase media, aún vulnerable, pero sobre todo un grupo que no había renunciado a la capacidad de soñar que años atrás habían sembrado los caudillos políticos populistas o simplemente carismáticos.

Solo que los sueños habían cambiado, no eran los mismos de ayer, dichos sectores ya no se conforman con el acceso universal y gratuito a atención de salud de primaria, o la vivienda mínima, aspira a más, ha generado nuevas expectativas, ha corrido la vara de lo que espera de sus gobiernos, y si a lo anterior se suma la decepción ante políticos que comienzan a exhibir visos de corrupción, se explica que estén dispuestos a votar precisamente en contra de quienes lideraron nacionalmente su entrada en las comunidades políticas y de beneficios.

Pensemos solo en reciente caso de Bolivia. Durante la década de Evo dicho país dejó de ser la cenicienta regional. Su PIB per cápita pasó de 1.200 dólares a 3.000 dólares, el producto interno abandonó los 8 mil millones de dólares para empinarse sobre los 33 mil millones de dólares, un crecimiento promedio anual de 5%, y por si fuera poco, la estabilidad política que le fuera tan esquiva antes del acceso al poder del Movimiento al Socialismo (MAS). Como resultado, casi un cuarto de sus 10,5 millones de habitantes pasaron a formar parte de la clase media. Llama la atención que, con dichas condiciones de bienestar social y equilibrio institucional, a lo que hay agregar –hay que decirlo– una exitosa campaña propagandística internacional acerca de su mediterraneidad vertida en la demanda en contra de Chile instalada en La Haya, Evo Morales perdiera el referéndum del domingo 21 de febrero último.

Y si bien la explicación se puede buscar en la dependencia del país de la extracción de recursos naturales, situación que lo hace vulnerable en los momentos bajos para las materias primas del ciclo económico, o en el hartazgo de la población ante las acusaciones de corrupción que alcanzaron al oficialismo o a la propia persona del Presidente, no se puede desdeñar otro patrón común a la Nueva Izquierda. Su clase política fue incapaz de leer que los cambios sociales y económicos que habían introducido domésticamente habían generado expectativas cualitativamente distintas a aquellas con las que accedieron al poder.

Su electorado ya no se conforma con una subsistencia digna, la inclusión en la comunidad de beneficios y la representación simbólica y política, sino que anhela aún mayor calidad de vida y progreso material en un modelo cercano a lo que fue el Estado de bienestar en otras latitudes, situación difícil de replicar con el modelo (nuevamente común a la región) de reprimarización económica, una industria nacional discreta que no reemplaza a las importaciones, así como un sector terciario en expansión aunque poco competitivo internacionalmente.

La afinidad de los antiguos votantes puede trocarse en franca rebeldía electoral si se le agrega el incumplimiento de la promesa de probidad pública. En el origen de la declinación de la Nueva Izquierda hay que reflexionar acerca de la disonancia cognitiva por parte de la nueva capa gobernante, misma que fue clarividente en el diagnóstico de las principales afecciones nacionales cuando luchaban por ingresar al gobierno y que hoy aparece miope para leer el propio cuadro político y social que generó. Una parte no menor de la ciudadanía amenaza con quitar del timón a los artífices de su inclusión política o ascenso económico y social si no se escuchan sus renovadas demandas.

Hay que esperar a ver si en este dilema la nueva izquierda sabe reinventarse o, como en la fábula de Esopo de la zorra y las uvas –epítome de la disonancia cognitiva– decide lisa y llanamente que, a pesar de su intento por alcanzar el racimo, los granos aún no se ven maduros. Lo que está claro es que no será útil el resonante y simple “Yo soy tu padre” para convencer a su antiguo electorado.

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