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Migrar, vivir, morir, revivir

por 25 febrero 2016

Me prometí que apenas llegara a Chile comenzaría a escribir un diario.

Han pasado casi dos años.

No lo hice.

Escribí cuentos y microcuentos, también escribí de cultura, de política latinoamericana.

Escribí hasta de economía, de economía venezolana específicamente, que es como escribir de montañas rusas, de deportes extremos, de suicidas.

Escribí incluso hasta poesía. Bueno, mala poesía.

Pero el diario ni lo toqué.

Apenas hace dos días que estrené ese cuaderno del Principito que me regaló mi amiga Marielba antes de venirme.

Puse la fecha (todo diario que se precie de tal debe tener fecha).

Y solo escribí:

“Migrar es vivir.

Migrar es morir.

Es revivir”.

Ocho palabras simples. Cinco de ellas, verbos en infinitivo. Frases manidas, quizás. Pero tengo dos días con ellas en la cabeza y no quería que se quedaran solo en el diario. Por eso me siento a escribir:

Al migrar dejas de ser, pero a la vez te reencuentras con un nuevo tú mismo.

Vives. Mueres.

Vives en el sabor de una fruta desconocida para ti, vives en la paz de estar lejos de la guerra. Mueres al saberte viviendo en la distancia, como si estuvieras viendo tus actos en una película (a veces siento que habito en un universo paralelo –como en la teoría de los multiversos– y hay otra Mireya Tabuas escribiendo en Venezuela mientras yo lo hago en Chile, una Mireya Tabuas que come perrocalientes mientras que esta Mireya Tabuas come completos, una Mireya Tabuas hace cola para comprar leche en Caracas mientras que esta Mireya Tabuas no sabe cuál elegir entre tantas marcas en el Costanera, una Mireya Tabuas se baña en las aguas calientes de Mochima mientras que la otra se congelará mirando la cordillera blanquísima del invierno).

Vives. Te reencuentras en cada término aprendido. Mueres. Te desprendes de un idioma, o de un acento que también es un idioma.

Te desconoces y te reconoces en nuevas calles en las que puedes caminar de noche.

Te sientes ajeno y como tomando prestado algo que no te pertenece, como vistiendo el traje de otro, como durmiendo en casa de un amigo, al que quieres, al que admiras, que te quiere, que te admira (pero no es mi casa, debo caminar sigilosamente, no debo tomar la leche de la nevera, tengo que evitar los ruiditos al amar). Ya sabes, invades aunque te digan reiteradamente que no invades, molestas aunque hagas mercado y repongas los yogures, estorbas aunque te sonrían con sinceridad.

Así, mi mamá española, de corazón, hija y nietos venezolanos, quizás tendrá bisnietos chilenos y quién sabe si tataranietos mozambiqueños o alemanes o japoneses con huellas de chilenos, de venezolanos, de españoles; que sean ciudadanos del mundo, con el corazón en muchas partes; que vivan, mueran y revivan en cada cambio, como todo migrante. Como yo que revivo.

Te unes a las redes de compatriotas, grupos de Facebook que terminan asfixiándote y asqueándote. Empiezas a odiarlos. Demasiada venezolanidad de la que no te gusta, a la que le tienes miedo. Una venezolanidad soberbia y cómoda, una venezolanidad que se compara, que no se integra, que solo se mira el ombligo. Empiezas a querer que no venga ninguno más así, empiezas a temer que arriben todos los malos y que tu nacionalidad la empiecen a marcar con una equis en las oficinas de migración.

Pero a la vez te encuentras, en estos mismos grupos de extraños, gestos que te reivindican con eso que llaman nación. Como una vez que un maracucho joven manifestó en Facebook que se sentía solo y deprimido en Santiago y enseguida una caraqueña, que no lo conocía, lo invitó a cenar pabellón (el plato típico) con toda su familia; o en diciembre, que una pareja publicó que ofrecía puestos en su mesa de Navidad para aquellos compatriotas que no tenían con quién celebrar las fiestas. En estas acciones te devuelven la venezolanidad que admiras.

Sin duda rechazas los guetos y promueves la integración. Por eso haces arepazos, como llamas a las fiestas donde reina la arepa (el “pan” de maiz venezolano), y a ellas invitas a paisanos y a otros extranjeros en esta tierra, y también, por supuesto, a chilenos que se alegran con la alegría de los tuyos, que se ríen de la chispa de los tuyos y de pronto, tras el ron y el vino, todos bailamos una cueca que termina en salsa brava o todos cantamos (es inevitable) una ranchera mexicana. Hacemos así de nuestra casa la ONU de Providencia.

Un estudiante de psicología está haciendo su tesis sobre la migración venezolana. Me entrevista por Skype la semana pasada. Me pregunta por mis sentimientos y de pronto le digo que soy el patito feo. Él repregunta. Le digo que Hans Christian Andersen no contó la historia completa.

En ese cuento se narra la historia de un patito extraño, demasiado grande, demasiado raro, que llega al lago de los patos. Aunque al principio lo rechazan, luego lo aceptan, convive con ellos y termina siendo un pato más, un remedo de pato quizás, cada vez más feo y raro. Pero al crecer y reconocerse cisne, vuelve al lago de los cisnes. Hasta allí llega el relato de Andersen. Colorín colorado.

Pero no, resulta que no es tan fácil, porque ese cisne ya tampoco es cisne del todo, porque se crió pato. Así es el migrante. Termina en un no lugar, ni el espacio que habita ni el que habitó son totalmente suyos. Para un venezolano en la actualidad es aún peor, porque siente que no tiene lago donde volver (aunque se le aparezca en sueños), que el agua del suyo se secó.

Pienso en esas cosas y es inevitable que recuerde a mi mamá, española que emigró a Venezuela, española enamorada de las playas caribeñas, española que nunca extrañó España ni quiso volver salvo para ver a su familia. Yo nunca me sentí española hasta que crecí y entendí que las arepas hechas por mi mamá nunca fueron como las venezolanas, nunca me sentí española hasta que fui a España y me di cuenta que me habían criado, sin querer, como española y que todas las señoras españolas eran un poco mi mamá, que todas tenían sus zetas y sus piernas, que ninguna hacía la pasta al dente.

Ahora en Chile también revivo lo chilena que aprendí a ser (sin saberlo) en Venezuela con esa familia de chilenos que emigró a mi país y que asumí en mi adolescencia como parientes míos. Chilena fue, además, la primera obra en la que actué. Chileno el primer poema que me aprendi de memoria.

Somos más que un país. La nacionalidad se desdibuja y se redefine en afectos. Es un constante vivir, morir y revivir.

Proyecto y quiero vivir en Chile, aunque sea un poco pato entre cisnes o cisne entre patos. Sé que en poco tiempo tendré tanto de chilena como tengo de venezolana y de española. Es decir, así me quede o me vaya a otra parte, estarán interactuando en mí la arepa con la tortilla de patatas y la palta, las canciones de Joaquín Sabina, los cuentos de Julio Garmendia, los poemas de Gonzalo Rojas.

Así, mi mamá española, de corazón, hija y nietos venezolanos, quizás tendrá bisnietos chilenos y quién sabe si tataranietos mozambiqueños o alemanes o japoneses con huellas de chilenos, de venezolanos, de españoles; que sean ciudadanos del mundo, con el corazón en muchas partes; que vivan, mueran y revivan en cada cambio, como todo migrante. Como yo que revivo.

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