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La guerra en Siria y un sistema internacional fallido

por 5 marzo 2016

El 8 de junio de 2015, los líderes del grupo G-7 reunidos en Alemania, en la declaración final advertían de una situación tensa de la Alianza Transatlántica con Rusia que podría convertirse en una crisis mundial.

El apoyo crucial ruso para impedir el derrocamiento del gobierno en Siria, ha expuesto la dimensión real de la crisis Ruso- Transatlántica y que exhibe además, un sistema internacional fallido.

Hace menos de un año, la guerra en Siria no permitía pensar en un cese al fuego como el que se lleva a cabo en estos días. Más allá del tipo de desenlace que le ponga fin a la guerra en Siria, en el sustrato político, el impacto de esta guerra - por el cómo se fue desarrollando y ampliando- , incidirá en la reordenación de la balanza del poder regional y global.

Lo de Siria ha sido mucho más gravitante que la invasión a Irak en 2003, cuando Rusia apenas levantaba la cabeza de la era caótica de Yeltsin, Irán vivía un período de divisiones convulsivas y China no era la potencia económica de hoy.

Ha pasado más de una década desde esa invasión y el sistema de poder internacional adquirió otra fisonomía.
A la par del resurgimiento de Rusia, del incremento del poderío de China, y de la estabilidad interna en Irán, se ha producido el fortalecimiento de la OTAN y la contracción política del multilateralismo representado por Naciones Unidas. La conquista de los mercados y la sustentabilidad económica han dominado el ejercicio de la búsqueda de un nuevo orden mundial y son su máquina propulsora.

En rigor, si existiera un nuevo orden mundial, o un atisbo de ello, la OTAN debiera  reformular su mandato y estructura, cambiando la direccionalidad de su matriz, caracterizada como que Europa Occidental fuera a ser devorada por el monstruo asiático.

 Una parte de responsabilidad en esta crisis internacional le corresponde a  Naciones Unidas. Se le ve inhibida en su papel político al no intermediar en el desarrollo de un supra–poder multinacional como la OTAN. En la práctica, en forma abierta o encubierta, ésta se ha convertido en un sustituto de Naciones Unidas como instrumento de intervención para resolver conflictos internacionales. 

Es así que el fin de la URSS no fue impedimento para un incremento presupuestario global en las áreas de poderío bélico más incisivo. A pesar de los cortes en gasto militar en 20 de los 28 países que forman la OTAN, la redistribución del presupuesto ha consistido en fortalecer áreas sensibles relacionadas para instalar mecanismos seguridad y defensa que implican reducir el riesgo de un ataque nuclear. Más del 70 % del presupuesto global en defensa pertenece a la OTAN. (SIPRI.2011).

La OTAN es la estructura militar creada durante la guerra fría que más poder político ha acumulado, precisamente por  una contracción y debilidad del sistema internacional que alberga el multilateralismo administrado principalmente desde Naciones Unidas.

Una parte de responsabilidad en esta crisis internacional le corresponde a  Naciones Unidas. Se le ve inhibida en su papel político al no intermediar en el desarrollo de un supra–poder multinacional como la OTAN. En la práctica, en forma abierta o encubierta, ésta se ha convertido en un sustituto de Naciones Unidas como instrumento de intervención para resolver conflictos internacionales.

En la crisis en los Balcanes de los años 90, en las invasiones a Irak y Afganistán al despuntar el nuevo milenio  y ahora con las tensiones en Ucrania, Corea del Norte, Siria, Irak, Libia, se ha exhibido la contracción del multilateralismo en gestar acuerdos esenciales para la convivencia internacional.

Naciones Unidas se ha reservado los comentarios públicos respecto a esta evolución de la OTAN convertida en una superpotencia política y militar de carácter multinacional. Políticamente es una paradoja.

Tres de los cinco miembros con poder de veto del Consejo de Seguridad del organismo,  Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, forman parte central de la OTAN.  Los otros dos son Rusia y China. Allí comienza y termina el reducido espacio de un poder altamente centralizado.

El daño al sistema internacional es mayor porque se trata de un marcado desequilibrio que distorsiona la democracia global que se quiere propagar. Si el sistema internacional centrado en organismos multilaterales no administra la convivencia entre naciones con real democracia, como referente no alienta a desarrollar democracias en el espacio más local.

Después de la caída de la URSS, el debate acerca de la paz y de un nuevo orden mundial, ha sido fragmentado y orientado a mantener la matriz de la supremacía de la Alianza Transatlántica como un poder hegemónico. Como se observa en los actuales conflictos bélicos, esa hegemonía políticamente ha sido inviable.

Hay rebeldías locales que son auténticas por cultura e historia y por más que combata a la disidencia, esta alianza tiene la obligación de salir de su escafandra de buzo colonial decimonónico

En los cuarteles transatlánticos se analizan los conflictos, por ejemplo el de Siria, como si respondieran exclusivamente a una aspiración de expansión territorial de Rusia. Ese sesgo marcado de razonar es propio de un mono poder omnipresente que le impide abordar el tema del reordenamiento político en función de los equilibrios para formar un nuevo orden mundial. Materia que nunca se ha esbozado seriamente desde el desbande soviético.

En el cuadro mayor, Rusia está más interesada en objetivos de protección y crecimiento económico, que de un plan de expansión. La propia capacidad económica de Rusia todavía en transición, induce más a consolidar lo doméstico que a plantearse metas de dominación internacional. Estudios de institutos asociados al Pentágono así lo señalan. (What's Old is New — Kennan, Putin, and the Russian Competitive Viewpoint. November 30, 2015 | Lieutenant Colonel Michael A. Adelberg. SSI).

El  pragmatismo de Rusia apela a coexistir como entidad en la operación universal de competir y progresar a través de la competencia por los mercados

Curiosamente, sin Unión Soviética, Rusia continúa  siendo el problema principal del llamado “mundo occidental” que ha construido su ethos de protección basado en la amenaza desde el Asia. Si no fuera porque es una excusa para la supremacía global, es una invitación a pensar que la política exterior de esta alianza, que nace para combatir al comunismo, se basa en las historietas de Dick Tracy contra el "peligro amarillo". Ni Donald Trump se la cree.

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