Miércoles, 24 de agosto de 2016Actualizado a las 16:38

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Una nueva crisis moral

A comienzos de los años noventa se habló con insistencia, y de modo un tanto histérico, que el país vivía una crisis moral. La supuesta inmoralidad no residía en que nuestros muertos seguían “escondidos en el clóset” (cuánto tiempo tomó hablar sin eufemismos de violaciones a los derechos humanos), ni que el bosque nativo estaba siendo arrasado por papeleras y forestales. No: la inmoralidad se refería a un cierto destape sexual, a un relajamiento de viejas costumbres de cuño conservador. El país no se vino abajo, naturalmente; se trataba de decisiones privadas de nulos efectos en terceros.

La impresión es que hoy se vive una crisis moral de verdad. Se tiene la sensación de que allí donde se ponga la lupa quedará en evidencia un actuar que considera a la ley como puramente decorativa. A diferencia de lo ocurrido hace 25 años, este actuar sí daña a terceros –no es lo mismo ir de libertino que querer ganar en todo el mil por ciento a como dé lugar. A muchos les molesta que no pocas de esas personas formalizadas o en proceso de formalización sean justamente aquellas que, directa o indirectamente, denunciaban aquella otra crisis moral. La comedia podría titularse “La traición de los buenos” –sería, claro, una comedia bastante triste.

Es complicado hablar de moral pues se interpreta como un “arrojar la primera piedra”. Ya que nadie es un ángel, entonces sólo cabría guardar silencio, salvo que se hable en términos estrictamente legales. Es necesario romper esta falacia, y también esa que predica un relativismo calculado, esto es, un juego de suma cero en el que al final del día todos quedan libres de polvo y paja. Esta segunda falacia se rompe simplemente observando cuánta indignación provoca en la opinión pública un nuevo caso de colusión o de rampante cohecho.

 Esta indignación –que a algunos les molesta, en parte por su estridente despliegue en las redes sociales– es una saludable señal de alarma. Gravísimo sería que se apague: la indiferencia ante el mal es el peor signo de decadencia.

Esta indignación –que a algunos les molesta, en parte por su estridente despliegue en las redes sociales– es una saludable señal de alarma. Gravísimo sería que se apague: la indiferencia ante el mal es el peor signo de decadencia.

Para salir del embrollo se dan recetas que, a nuestro juicio, se quedan cortas: mayor presencia de “clases de ética” en colegios y universidades. Hubo un coro de risas cuando se informó que los coludidos de las farmacias debían asistir a un programa de capacitación sobre ética empresarial. Tales risas son sintomáticas: son la denuncia de una cortina de humo que esconde una legislación débil, dictada casi a la medida de quienes se han beneficiado de ella. Por cierto que se necesita estudiar ética –el “brazo armado” de la filosofía, como le llamaba un viejo intelectual chileno– pero el problema actual no es de tipo reflexivo (poca claridad conceptual sobre qué vuelve exigible una cierta acción, por ejemplo) sino de voluntad.

El énfasis en las “clases de ética” supone, por ejemplo, que los coludidos en el caso del cartel del confort no tenían idea de que actuaban incorrectamente y de que necesitaban, por lo tanto, que una persona con la debida certificación se los hubiera dicho en una instancia formal, ojalá con un pizarrón al frente. Nadie que ignora el daño realizado lanza a un canal un computador con información comprometedora. Toda acción de encubrimiento implica un reconocimiento de la acción incorrecta. De lo contrario, sería un actuar motivado por la locura o la simple irracionalidad. Las importantes posiciones de los involucrados más bien muestran una racionalidad (en el ámbito no-moral) robusta y sana. Por esto podemos concluir que sabían que cometían un delito; la falta, entonces, es imputable a su voluntad.

¿Qué deberíamos entender por “voluntad”? El deseo de pertenecer a la comunidad moral actuando correctamente. ¿Qué sería, en este contexto, actuar de manera correcta? En una dimensión puramente exterior, por de pronto cumplir la ley y atenerse a la regla de oro: no hacer a otros aquello que no quieres que te hagan a ti. ¿Puede esto enseñarse en una clase de ética? ¿Puede tal deseo inocularse, como alguien diría? Si se trata de un discurso –una honesta invitación a actuar de manera ética– éste sería totalmente obvio, pues no se trata de saber sin más que la ética no es opcional. ¿Qué queda, entonces? Lo natural: decidirse a hacer el bien –dejando de considerar sólo nuestros intereses y tratar a los demás como meros medios para conseguir nuestros fines– y de una vez por todas dejar de inventarnos cuentos.

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