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Los jardines de nuestra democracia

por 14 marzo 2016

Más allá de la indignación (legítima y necesaria), los casos de Pablo Longueira y Carlos Ominami nos aportan un aprendizaje epistemológico ineludible. Y está dirigido a todos aquellos que han ofrecido por décadas lecturas interpretativas del Chile actual, de su democracia elitizada y de su modelo de desarrollo inequitativo.

Frente a las tesis, ya a esta alturas muy conocidas, que han acentuado otrora los “enclaves autoritarios” y más recientemente los “cerrojos constitucionales”, convendría prestar verdadera atención a lo que hace muchos años Norbert Lechner, en otro registro por cierto, llamó “los patios interiores de la democracia” –planteamiento que ahora adquiere una renovada actualidad–. En otra columna he llamado a esta relación incestuosa del poder económico y político, que se evidencia cada vez más en nuestro país, como un “dispositivo político-empresarial” y ahora solo quiero agregar un punto explicativo más en favor de dicha tesis.

Digámoslo con claridad, explicar la manera en que se ha legislado en Chile, la manera en que se ha gobernado y más directamente la manera en que se ha mantenido y acentuado el statu quo de la desigualdad y del marco de oportunidades excluyente que aún nos rige, requiere por necesidad buscar una nueva grilla explicativa.

Lo que casos como el de Longueira y Ominami revelan, no es solo la “podredumbre moral” de una elite política colonizada por el poder económico, sino –y más importante aún desde el punto de vista explicativo– el comportamiento normal (léase regular) de un tipo de gobernanza que no es entendible al margen de dicha imbricación –a eso le llamo dispositivo–.

Este punto es fundamental que sea tomado en todo su mérito por la politología y sociología criolla para explicarse el funcionamiento del “modelo chileno”, en especial por todos aquellos que han acentuado factores extraordinarios (enclaves autoritarios, cerrojos, etc.) y han evitado ver ‘la normalidad de la gubernamentalidad’ (sus racionalidades, sus tecnologías y sus subjetividades producidas) desplegada a partir de las acciones de una elite económica y política extremadamente coligada. Una fronda oligárquica que asume como absolutamente normal lo que hace.

Digámoslo con claridad, explicar la manera en que se ha legislado en Chile, la manera en que se ha gobernado y más directamente la manera en que se ha mantenido y acentuado el statu quo de la desigualdad y del marco de oportunidades excluyente que aún nos rige, requiere por necesidad buscar una nueva grilla explicativa, a saber: la imbricación incestuosa de la elite chilena que casos como el de Longueira y Ominami reflejan con crudeza, pero también con la parsimonia propia de los que operan sobre seguro. Por ello quizás ya sea tiempo de dejar atrás la metáfora clásica de Lechner y, lejos de seguir hablando de patios interiores, comencemos a apreciar sin falsas ilusiones los “jardines de nuestra democracia”, todos ellos muy frondosos, cuidados y dispuestos a vista y paciencia de quien quiera verlos. El que tenga ojos para ver, que vea.

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