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La aristocracia católica de este país y la justicia social

por 17 marzo 2016

Seguramente el lector esperará que detrás de este título rimbombante estará un columnista vestido de saco y sayal, llorando y exclamando: “Es que la elite de este país discrimina y en sus colegios les enseñan a no soltar la teta…”.

Si quiere espectáculo y show social, mejor que se vaya.

Entonces partamos: ¿por qué se le responsabiliza –en parte– a la aristocracia católica de la injusticia de este país y se le exige que dé más?

Pienso que a quien se le dio más se le pedirá más. Obviamente la creación de riqueza no presupone que lo que tiene uno se lo haya quitado al otro. No es un juego suma cero. Sin embargo, tampoco la riquezas que tiene Juan son un por su sola fuerza, fue la interacción entre su ingenio, riqueza o trabajo, con los de otras personas libres que también la produjeron, aunque haya sido en menor medida.

Por último, la creación de riquezas se produce en la relación con bienes que proporciona la comunidad política toda y el Estado (no confundir), como el Estado de derecho, la igualdad ante la ley, la protección y el respeto al derecho de propiedad, el libre tránsito de bienes, etc. En este sentido, los impuestos no son un “quite” o “robo” que se hace a la propiedad, sino que forman parte de la esencia de la propiedad. No puede haber propiedad sin impuesto. Es como querer el huevo sin la gallina.

 Para decirlo brevemente, para cambiar el capitalismo de Chile, primero debemos derrotar el liberalismo, el escepticismo y el relativismo imperantes, fortaleciendo a la familia como primera institución social –hay que derrotar el liberalismo y el conservadurismo burgués que ven a la familia como tema valórico– hay que mejorar la educación, sea libre o estatal.

Si después de este proceso hay gente que acumula gran riqueza y bienes mientras otros no tienen lo necesario para vivir dignamente, es que hay un gran problema en la sociedad: hay un problema de justicia y un problema político.

El problema es que no haya gente que tiene poco mientras otros tienen mucho (pues eso siempre es relativo y siempre habrá pobres y ricos). El problema es que hay gente que no tiene lo necesario para subsistir, mientras hay otros que acumulan gran cantidad de riqueza. No se está respetando el destino universal de los bienes y una justicia básica.

Hay mucha gente que maneja el capital y la educación que es católica –la famosa elite católica de Chile– y muy pocos se esfuerzan en cumplir con la justicia. Menos se dedican a la cultura o la política para cambiar esta situación.

Pienso que ahogar la iniciativa privada no es la solución para resolver el problema. Tampoco la dictación de leyes, que espanta al capital y al inversionista que, como dicen, no tienen corazón (eso en sí mismo es otro problema).

La solución es insuflar el sistema con una teoría ética basada en la justicia y en el derecho natural, para que se respete la justicia en las relaciones sociales, que no surge de la libertad de los contratos –¿cuántos de los 40.000 títulos traslaticios de propiedad entre mapuches y no mapuches fueron libres?– sino de la dignidad humana. Para decirlo brevemente, para cambiar el capitalismo de Chile, primero debemos derrotar el liberalismo, el escepticismo y el relativismo imperantes, fortaleciendo a la familia como primera institución social –hay que derrotar el liberalismo y el conservadurismo burgués que ven a la familia como tema valórico–, hay que mejorar la educación, sea libre o estatal y otras muchas cosas más salen del propósito de esta columna.

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