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La política de los amantes

por 17 marzo 2016

Mi señora me pilló con otra. Encontró cartas, mails y mensajes de texto. Todo muy comprometedor. De esas frases que se escriben con fuego, pasión y con el deseo loco de un nuevo y furtivo encuentro. Me sentí atrapado. No sabía bien qué hacer. No quería terminar así mis once años de feliz matrimonio. Desesperado fui por algún consejo.

Primero visité a MEO. Me recibió gentilmente en su casa, con un mojito y trozos de picaña para degustar. Me dijo que lo mío era una práctica progresista, audaz y propia de quienes pensamos en un Chile más moderno. Me sentí bien. Choro. Y me sugirió defenderme por Facebook. “Así no te cachetean” –me dijo–. Y ni mencionar la evidencia. Simplemente sentirme herido.

Y así lo hice. Se las canté clarita a mi esposa. Le escribí en mi muro que sus ataques no lograrían derrotarme. Que mientras más me disparaba con más fuerza me levantaba. Y le enrostré que lo suyo era solo porque yo estaba llegando a los cuarenta estupendo, moreno y con canas. ¡Sana envidia! Me fue mal. Me trató de imbécil, mentiroso, ególatra y cara dura. Y me eliminó de su lista de amigos. Ningún solo like.

Seguí con Longueira. Enfático, fuerte y claro me aconsejó dar la cara. Me pareció sensato, valiente. Me invitó a enaltecer mis valores y defender mi honestidad. Dijo que responsabilizara a las viejas del barrio de la historia que habían armado y que lo mío no era un delito. Podía dormir tranquilo. Luego me aconsejó renunciar a la salida del club de Tobi de los martes y prometer volver cuando hubiese demostrado mi inocencia. Una vez más ni hacer mención a las pruebas en mi contra. Y emocionado visité a mi señora. Me fue peor. Escuchó sin hacer preguntas y cerró la puerta en mi cara. Algo, no sé qué, la había irritado.

Mi señora me pilló con otra. Encontró cartas, mails y mensajes de texto. Todo muy comprometedor. De esas frases que se escriben con fuego, pasión y con el deseo loco de un nuevo y furtivo encuentro. Me sentí atrapado. No sabía bien qué hacer. No quería terminar así mis once años de feliz matrimonio. Desesperado fui por algún consejo.

Confundido, fui por Ominami. En un tono amable me aconsejó culpar a mi amante de todo este entuerto. Que era ella la que me buscaba y quien me había hecho tropezar en esa inmunda tentación. Y yo, ingenuo como un cordero, caí en la trampa. Agradecido por la ayuda, volví a intentarlo. Pero nada nuevo en el frente. Ella simplemente movió su cabeza de lado a lado como un gesto de desaprobación. No quería saber más de mí.

Y así fui tocando más puertas. Velasco me recomendó decir que había sido solo un almuerzo sin importancia. A Pizarro no lo encontré. Seguía en el mundial de rugby. Navarro me dijo que lo hiciera parecer, no sé como, un accidente laboral. Y Michelle, otra vez, no sabía.

Decepcionado me tomé unos tragos y me embriagué. Y con la honestidad de un niño volví a mi hogar, la miré a los ojos, lloré arrepentido y pedí perdón. Ella, esta vez, me abrazó.

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