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La caída de las elites y el jarrón quebrado

por 24 marzo 2016

Hace ya muchas décadas, una deprimida y quinceañera amiga, caracterizada en el grupo escolar como la más ferviente admiradora de su padre, me confesó que el motivo de su agrio estado de ánimo, de esa desilusión y molestia indeleble en su rostro, era que, caminando un día por el centro de Santiago, descubrió a su respetado y querido progenitor intimando con una mujer que, por supuesto, no era su venerable madre.

Buscando ayudarla, intenté relativizar su decepción y rabia recurriendo a los consabidos y adolescentes discursos de “todos lo hacen” o “los hombres son polígamos por naturaleza”. Pero mi amiga no solo no varió su ánimo, sino que su ira ante la ruin traición de su, hasta ese momento, inmaculado ídolo, deterioró aún más su relación y, no obstante que, en algún momento, cuando lo encaró, su padre le pidió perdón y juró que había sido y sería su único yerro, mi amiga mantuvo su dolor y rechazo por largo tiempo.

La brusca caída de la imagen de un padre, guía, pastor, líder o dirigente admirado, suele traer consigo difíciles períodos de desajuste. Los líderes reúnen a los suyos en torno a propósitos, las más de las veces, con emociones afincadas en la infantil imagen-deseo de que aquel “es el mejor de todos”. De allí que su ausencia o pérdida de autoridad, disgrega y desalienta, generando desazón, cinismo o escepticismo entre sus “deudos”.

Tras asesinar al padre, nos advertía Freud, los hermanos se transforman en una banda igualada en la culpa, unida por el horror de la ausencia protectora (y normativa), pero también distanciados por la pulsión por su antiguo poder disponible. La individuación y posterior madurez colaborativa es un resultado posible de lo primero; la autodestrucción del grupo, la némesis del segundo.

Una simplificación repetida, aunque equívoca, señala a diario en los medios que el actual quiebre de las confianzas ciudadanas con las elites empresariales, políticas y hasta religiosas, se superará solo una vez que se castiguen, con justicia, las malas prácticas develadas en empresas, partidos o iglesias, y, desde luego, cuando los culpables hagan los debidos actos de contrición.

Entre nosotros, el jarrón ya se quebró, por lo que la sinceridad y retorno a las antiguas confianzas es imposible. Es decir, nada de lo que se diga o haga para recuperar las seguridades previas al desengaño tendrá el efecto reparador que toscamente se espera.

Desgraciadamente, como en el caso de mi amiga, arrepentimiento y promesas no resolverán la crisis. Un viejo pastor protestante decía que la palabra “sincero/a” era usada por los antiguos cuando una pieza de porcelana o loza se quebraba y, para reunir sus partes, se reparaba con cera. Entonces, una jarra en su cualidad original, antes de quebrarse, prístina y sin fallas, era sin-cera. Pero la confianza, como el jarrón, agregaba, cuando se quiebra, nunca vuelve a ser la misma, original e inocente, sin-cera.

Entre nosotros, el jarrón ya se quebró, por lo que la sinceridad y retorno a las antiguas confianzas es imposible. Es decir, nada de lo que se diga o haga para recuperar las seguridades previas al desengaño tendrá el efecto reparador que toscamente se espera.

Tras quebrarse el jarrón de la confianza, en el alma del decepcionado queda para siempre la trizadura. La desilusión de sorprender al ejemplo, líder, pastor, “patrón” (nótese que la palabra deriva de “modelo”) retozando atiborrado en sus pecados, es irremontable. Las nuevas normas y códigos de ética en marcha servirán de nuevos pisos de convivencia, pero solo para ser transmitidos –de nuevo prístinos– a nuestros hijos y nietos, quienes también sufrirán sus propios desengaños, aunque, al menos, sobre una base ética más exigente.

Las generaciones impactadas por los conocidos desencantos que tan justificadamente las han alejado de la política, del comercio confiado, de sus autoridades, instituciones y poderes instalados, llevarán por años ese triste desaliento de mi amiga. Seguirán despreciando a sus antiguos y desvergonzados “dioses”, que, aun trizados y maltrechos, han seguido preparando, desde sus debilitadas posiciones, los nuevos altares para los “dioses” que vienen, a la espera que las nuevas normas remedien el mal causado.

Sin embargo, nada de eso sucederá. Como en todo, solo el tiempo realizará la mágica obra del cambio. Es previsible, pues, que las preocupaciones del Gobierno y los partidos sobre una eventualmente floja participación en las elecciones de noviembre, tengan plena justificación. Sin embargo, sospecho que a ellas concurrirán los mismos de siempre, aquellos que hace tiempo ya sufrieron sus propias desilusiones y que hoy sufragan sin muchas expectativas, sabiendo de antemano que lo hacen por hombres y mujeres imperfectos, como todos, buscando apenas un relativo y prudente buen gobierno, que, al menos no descarrile sus vidas con nuevos o antiguos sueños de grandeza o utopías inalcanzables.

Entre los más jóvenes, la competencia será dura y la dispersión grande. La lucha de los “nuevos dioses” apenas comienza en el Olimpo de los “millennials”. Y es que los sueños colectivos han ido en retirada y las personas se unen más por lo que les pasa, que por los ideales que definieron a los quiméricos “sesenteros”, hoy ardiendo en la hoguera. De allí que los partidos tradicionales –que vienen saliendo de sendos y autocríticos Consejo Generales– transpirarán para mantener sus clientelas electorales o, acaso, sus anteriores militancias reinscritas, particularmente entre los jóvenes, que son quienes más sufren el dolor de la desilusión, cuando sus dioses caen.

Pero vendrán, luego, nuevas normas y promesas y, paso a paso, día a día, casi sin darnos cuenta, la actual decepción se tornará en nostalgia y finalmente, en nuevas esperanzas. Los hombres no podemos vivir mucho tiempo sin ilusiones. Esperemos, sin embargo, que en el actual ambiente distanciado de “lo político” y de reconocido desprecio por las elites fallidas, esas esperanzas no provengan de “nuevos dioses” que siguen ofreciendo el cielo en la tierra. Esperemos que la confianza se recobre en personas sensatas, corrientes, imperfectas, aquellas que, por haber errado, son hoy más justas, sabias y maduras; esas que no le dirigen la vida a nadie, pero que protegen nuestras libertades para que cada cual pueda construir, sin más cortapisas que leyes juiciosas, sus propios sueños; de aquellos que, promoviendo la solidaridad consciente, no forzada, tan necesaria para una mejor democracia, promueven redes de colaboración y trabajo en equipo que suman y reúnen a hombres y mujeres libres en esa compleja tarea de crecer juntos.

Entonces, como mi amiga, recordaremos el presente como el ingrato momento en el que descubrimos “al padre en pecado”, en el que una generación completa se enfrentó, de bruces, al desagradable desamparo que provoca la caída de los “dioses protectores y justos”, de esos líderes que, al seguirlos, nos daban seguridad y certidumbre, pero que, al mismo tiempo, nos infantilizaban. Recordaremos que su desplome nos obligó a crecer, porque dejamos de esperar milagros y creer que serían ellos y sus virtudes los que resolverían nuestros problemas, inquietudes y preguntas. Entenderemos, en fin, que la madurez personal y social consiste, precisamente, en lo contrario: en hacernos cargo de nosotros mismos, trabajando para proveer y proteger a nuestras familias, barrios, ciudades y nación, ofreciendo nuestro brazo solidario a los que lo requieren y cuidando nuestras libertades, sueños y diversidad, sin esperar a “salvadores” que, supuestamente, nos ahorrarían el esfuerzo, pero al costo de renunciar a los propios y múltiples proyectos de vida.

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