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Vivir de la nostalgia (o ‘no te quedes en el pasado, nena’)

por 14 junio, 2016

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Tomado de un chiste que circula por la red:

–Disculpe, ¿este es el club de los nostálgicos?
–Sí, pero ya no es como antes.

Hace más de una década, en la noche de un 23 de junio, al amparo de una universidad privada, con un grupo de amigos y socios organizamos una ceremonia para recrear la festividad de “La noche de San Juan”. Al interior de la carpa con que se cubrió el patio de una casona del siglo XIX se dispuso todo lo que era menester para la ocasión, con un programa que incluyó música, baile, canto a lo humano y lo divino (con el desaparecido Santos Rubio, si la memoria no me falla), lecturas del profesor y poeta Fidel Sepúlveda (también ya fallecido).

Por supuesto que hubo juegos, como el de la higuera y el de las papas, estofado de San Juan y vino blanco, del otro y navegado. Precisamente, cuando en unas grandes ollas ya hervía el vino tinto, las rodajas de naranja navegaban en su interior y las cocineras de rigor lograban una fulgurante llama al encender la mezcla, en ese instante llegó al lugar un grupo de mujeres de edad avanzada que celebró entusiasta el espectáculo del fuego y el vino.

Las veteranas, inocentemente, dijeron que hacía tiempo que no veían algo así, lo que entre los presentes provocó sonrisas, respetuosas pero con claro sentido picarón.

El caso es que las señoras expresaron su alegría por el rescate de esas tradiciones y también manifestaron algo como “qué bueno que estemos en la misma vereda”. Con uno de mis amigos nos miramos y en sordina comentamos que no estábamos tan seguros de compartir enteramente la misma visión, ya que para nosotros la valorización del patrimonio cultural no significaba quedarnos anclados en el pasado.

Han pasado los años y claramente el tema del patrimonio cultural ha adquirido mayor relevancia y masividad, lo que se puede comprobar con las cifras del público que el domingo 29 de mayo reciente salió de sus casas a reconocer la historia por todo el país: más de 700 mil, según el resumen entregado por el Consejo de Monumentos Nacionales.

Sin duda, que en un país de terremotos y picota fácil (de la billetera difícil del Gobierno hablamos después), donde escasean las edificaciones que superen los dos siglos de existencia y donde somos muy dados a sobrevalorar la novedad y desechar lo antiguo, es de suyo interesante que crezcan las iniciativas públicas y ciudadanas que miran al pasado para buscar respuestas a lo que somos hoy.

En esa misma dirección, resulta motivante que en estos días, por ejemplo, se haya aprobado la solicitud de declarar como Sitio de Memoria al que fuera centro de detención “Divina Providencia” de Antofagasta; y que se estipule que la Piscina Escolar de la Universidad de Chile, diseñada por el arquitecto Luciano Kulczewski, sea Monumento Nacional. Enhorabuena.

Considero importante llamar la atención sobre esa visión “añeja” del patrimonio cultural que se contrapone a la naturaleza humana del cambio constante. Esto es, en un excesivo celo por ponerlo de relieve y protegerlo frente al arrollador desprecio de los corifeos de la novedad (pongan ustedes el nombre que deseen aquí), se puede correr el peligro de que algunos quieran retrotraer la historia y, extremando el ejemplo, que las ciudades vuelvan a tener calles de tierra.

Sin embargo, en este asunto de valorar el pasado, como cuando se come pescado, hay que tener cierto cuidado. Una muy buena película de Woody Allen (al menos a mí me gustó mucho), Medianoche en París, apunta en esa línea cuando los personajes tienen la posibilidad ficticia de viajar a épocas pretéritas de la capital francesa. Hay quienes en la cinta van y vuelven en el tiempo y quienes, presas de un fanatismo por lo retro, no desean regresar más al presente. He ahí la inquietud. Y no se trata de asumir el discurso tan falaz como peligroso de que no es bueno escarbar en el pasado, sino todo lo contrario.

Vean ustedes lo que ocurre con las personas que sufren de Alzheimer: no pueden conectarse con el hoy y, por tanto, proyectarse al futuro. Por supuesto que hay que recordar lo vivido, personal y colectivamente, en tanto individuos y en tanto sociedad. Para eso se investiga y se escribe la historia. Pero, ojo: la búsqueda de huellas no puede dejarnos atados en el ayer.

Luego, considero importante llamar la atención sobre esa visión “añeja” del patrimonio cultural que se contrapone a la naturaleza humana del cambio constante. Esto es, en un excesivo celo por ponerlo de relieve y protegerlo frente al arrollador desprecio de los corifeos de la novedad (pongan ustedes el nombre que deseen aquí), se puede correr el peligro de que algunos quieran retrotraer la historia y, extremando el ejemplo, que las ciudades vuelvan a tener calles de tierra.

Y ese eventual retroceso implicaría también reproducir antiguas formas de relaciones sociales, por cierto, muy desiguales. En ese sentido, me llama a preocupación que la máxima autoridad política de la Región de La Araucanía, el intendente, haya destacado la historia de una casona de Collipulli, de principios del siglo XX, por ende patrimonial, vistiendo a la usanza de los colonos de aquel entonces. ¿Se han fijado que cada vez que alguien se disfraza de época, la que sea, suele hacerlo imitando la vestimenta de la elite?

Entonces, volviendo al chiste inicial, la idea es rescatar el ayer, pero no quedarse en él, con esa (negativa) nostalgia y ñoña visión de que todo tiempo pasado fue mejor. Esto es, el patrimonio cultural nos debe instar a vivir con el recuerdo y no vivir del recuerdo.

A todo esto, como dato anecdótico no más, les contaré que las señoras de aquella fiesta de San Juan y el vino navegado, al menos un par de ellas que fueron bien famosas entre la socialité local, ya no están en este mundo y, por tanto, no podremos saber su opinión actual sobre el patrimonio cultural ni podremos tampoco compartirnos otra copa de vino caliente.

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