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Valparaíso, un futuro anclado en el pasado

por 2 agosto, 2016

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“… como un cristal hecho pedazos/ te encontrarás/

mordiendo inviernos bajo los muelles/ Valparaíso”.

Desiderio Arenas

En la azotea de la Escuela de Derecho, en la avenida Errázuriz, Nicolás apuntó su mano hacia el infinito poniente y dijo, al menos eso creo que dijo, conmovido, que después del cielo era el mar lo más grande que podía ver el ojo humano. Marqué con un papel la página que estudiábamos, enseguida cerré el libro, miré también en la dirección señalada y, en medio de un silencio flanqueado por el clásico viento suroeste porteño, corroboré la sentencia de mi amigo y me alegré una vez más de estar en Valparaíso. El traca traca de un tren que se aproximaba a la estación Bellavista rompió la pausa y volvimos al estudio.

Aunque también es cerros, quebradas, recovecos, viento, fuego y muchos elementos más, por sobre todo Valparaíso es mar y puerto. Justamente, después de los changos y otros pueblos prehispánicos que recorrieron sus costas y lo habitaron, la hueste española colonizadora determinó que su función sería nada más que la de servir de embarcadero para las pocas naves que en la época colonial surcaban los mares del sur del Pacífico. Por ello en esos siglos su población fue escasa y su urbanización mínima, tal como su entonces famélico rellano, hoy llamado Plan, que incluso debió ensancharse artificialmente después.

Valparaíso no tiene acta de fundación, simplemente nació. A diferencia de Santiago y otras ciudades que los españoles pomposamente bautizaron a su llegada, estuvieran o no ocupadas por pueblos originarios, la Ciudad Puerto fue considerada una mera extensión de la capital y su nombre definitivo se lo dio un capitán que recordó así su villa natal. En ese sentido, siguiendo al uruguayo Ángel Rama (La ciudad letrada), la ausencia de un acto formal de apropiación y, por ende, de establecimiento de un orden preconfigurado, ayudó a otorgarle a Valparaíso ese idiosincrático carácter popular que hasta hoy le festejamos.

Hubo que esperar a que Chile se independizara y estableciera relaciones con otros estados soberanos para que “Pancho” (como se llama a Valparaíso en términos coloquiales), a principios del siglo XIX se alzara como el principal puerto nacional. El asentamiento, a su vez, de una importante masa de habitantes de origen extranjero le sumó nuevos bríos a la urbe y permitió el desarrollo de actividades pioneras en el país, tales como los bomberos, el fútbol, la religión protestante. En tanto, la creciente inmigración de campesinos y trabajadores varios (como los que construyeron muelles y tendidos ferroviarios), que se diseminaron con sus familias por cerros y quebradas, ahondaron el talante popular porteño, el mismo que se refleja en su peculiar forma de cantar y bailar la cueca, por ejemplo.

La sinuosidad, la rareza, la unicidad de la vida porteña, reflejada también en su traza urbana (que responde en buena medida a su caracoleada geografía), se aceró con las costumbres propias que se dan en torno a un puerto, con personajes variopintos y multilingües, de calaña dudosa muchos de ellos, deambulando por sus calles y barrios. Es el encanto de Valparaíso. El mismo que fotografió Sergio Larraín a mediados del siglo pasado y que Salvador Reyes, en su novela Valparaíso, puerto de nostalgia, puso en boca de una gringa, cuando la llevan a un tour nocturno por diversos bares, partiendo por la mítica “Casa de los siete espejos”: Miss Bradford repetía, acaso con demasiada insistencia, que todo aquello tenía un extraordinario color local.

Es cierto que la apertura del Canal de Panamá (1914) infligió un puñetazo a la Ciudad Puerto y que desde un tiempo a esta parte ella parece flotar en un lento pasado. Por lo mismo, a veces parafraseo a Gustav Mahler y digo que, cuando el fin del mundo sea anunciado, viajaré a Valparaíso, “porque allá todo llega con 20 años de retraso”.

Sin embargo, nuestro todavía principal puerto nacional requiere atención y desarrollo. No podemos dejarlo como pieza de museo. Igual que a principios de la República, en el siglo antepasado, tanto las máximas autoridades del país como, principalmente, sus residentes, deben apostar por generar una visión estratégica acorde con un desarrollo sostenible y sustentable, centrada o surgida desde la dimensión del habitante de la ciudad, de esa ciudad.

Cada vez que vuelvo a Valparaíso, no pocas veces en el año, más allá de descubrir nuevos rincones y subir-bajar escaleras (con evidente mayor cansancio que en el semestre en que estuve allí estudiando, hace muchas canas) nunca olvido darle un vistazo a la inmensidad marina de la que me habló Nicolás en aquella azotea de la avenida Errázuriz, inmensidad que no deja de conmoverme.

Y en la mirada futura, a largo plazo, no podemos tampoco olvidar que, con toda su sorprendente sinuosidad –física y cultural– Valparaíso sigue siendo, sobre todo, mar y puerto; que allí radica en gran medida la esencia que lo llevó a ser reconocido como Patrimonio de la Humanidad. Así, desde el asiento de un trolebús, en una banca de la plaza Victoria, en un recodo del Camino de Cintura o aun desde la cima de cualquiera de los casi 50 cerros que forman su anfiteatro, es desde ahí, desde esa relación de los porteños con el mar y el puerto, lo que hace único y distinto a Valparaíso.

Luego, si en el borde costero se levantan proyectos, portuarios o comerciales, que pongan una barrera en medio de la relación señalada, el puñetazo a Valparaíso puede ser definitivo y dejarlo fuera de combate. Bien harían las autoridades en escuchar lo que han planteado al respecto instituciones connotadas (como la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile o ICOMOS Chile), académicos, urbanistas y, en especial, organizaciones ciudadanas porteñas.

Cada vez que vuelvo a Valparaíso, no pocas veces en el año, más allá de descubrir nuevos rincones y subir-bajar escaleras (con evidente mayor cansancio que en el semestre en que estuve allí estudiando, hace muchas canas) nunca olvido darle un vistazo a la inmensidad marina de la que me habló Nicolás en aquella azotea de la avenida Errázuriz, inmensidad que no deja de conmoverme.

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