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“Los tiempos” de la politización: el duopolio (primera parte)

por 20 diciembre, 2016

“Los tiempos” de la politización: el duopolio (primera parte)
Pareciera ser que la situación del duopolio es extremadamente delicada e, incluso, similar a la cartografiada por el militante sardo Antonio Gramsci en su análisis sobre las crisis orgánicas y el modo en que estas se vinculan con una de las cuestiones más importantes que conciernen al partido político, a saber, su incapacidad “para reaccionar contra el espíritu de hábito, contra las tendencias a momificarse y a volverse anacrónico”. Curiosamente, el hábito, momificación y anacronismo de la política tradicional incrementan exponencialmente su velocidad.

Tal como se había anticipado, el cierre de año tras las elecciones municipales aceleró el proceso de definiciones de las colectividades políticas y sociales de cara al 2017.

Si bien este es un síntoma característico de los sistemas políticos que se orientan por el ritmo de las elecciones periódicas, los elementos que dinamizan el escenario sociopolítico a nivel nacional no son –en una primera instancia– las exigencia del calendario electoral, que pone una disputa presidencial y parlamentaria en el horizonte inmediato (noviembre de 2017); y de la que –quiérase o no– no es posible prescindir. Más importante aún, la dinamización del escenario sociopolítico se fundamenta principalmente en la fractura generada entre las coaliciones políticas que han dominado la totalidad del proceso transicional (Nueva Mayoría y Chile Vamos) y la ciudadanía en su conjunto.

Es relativamente sencillo constatar que este último segmento ha demostrado durante los últimos años un desempeño ambivalente y muchas veces paradójico.

Por un lado, la ciudadanía manifiesta una aguda desafección cuando es convocada a participar en los procesos electorales formales (recordemos el 34,9% de participación en las elecciones de octubre pasado), además de presentar un profundo hastío cuando observa las prácticas reproducidas por el establishment (situación graficada magistralmente en el descontento social provocado por la viralización de una grosera foto que mostraba al denostado vínculo político-empresarial mediado por una “muñeca inflable” que resultó ser altamente “inflamable” en las redes sociales).

Por el otro lado, y a contrapelo de estas reacciones, la misma ciudadanía presenta importantes niveles de afección y adhesión cuando se conecta con las demandas que se anidan a problemas estructurales de nuestro modelo de sociedad y que, por ende, exigen un programa de cambios estructurales (tal como ha quedado registrado en los masivos movimientos de este segundo semestre: No + AFP y #NiUnaMenos, los cuales maduran subrepticiamente para aparecer, más temprano que tarde, en la palestra de la discusión pública, al igual que otros tantos conflictos incubados por el modelo de reproducción neoliberal).

En este escenario, hay una dimensión que no debiese ser ignorada, esta es la "temporalidad". Nuestro análisis puede comenzar, por tanto, con los excelentes resultados explicativos otorgados por Los tiempos de la politización (Informe PNUD, 2015), los cuales dejan la puerta abierta para explotar los sentidos de la noción de tiempos. Con este concepto, no solo debemos significar un período o una circunstancia histórica particular sino también debemos rescatar la noción de “pluralidad”; vale decir, la multiplicidad de dimensiones temporales que se reproducen en “un mismo periodo histórico”. Con esto, lejos de plantear una discusión “abstracta”, se plantea un análisis no menor al momento de aventurar una estrategia y táctica políticas con vocación de poder, tanto electoral (institucional) como social.

Las colectividades que componen el duopolio buscan reorientarse en el escenario sociopolítico, eligiendo directivas internas que no hacen más que reafirmar las performances conservadoras y restauradoras que han predominado en la conducción del proceso de reformas encabezado por el gobierno de la Nueva Mayoría desde que asumió el Gobierno, en marzo de 2014.

En efecto, la primera conclusión a sacar es que "los tiempos del duopolio" no necesariamente son "los tiempos de las fuerzas políticas emergentes". Cierto es que ambos mantienen el denominador común de los ritmos que marca la política institucional, sin embargo, las temporalidades de los segmentos enunciados responden a fenómenos distintos.

Los tiempos del duopolio

Si se mira con detención, "los tiempos del duopolio" –e, incluso, de los gremios empresariales predominantes que ya han lanzado su “carta bajo la manga” para las elecciones de la CPC en marzo próximo, el presidente del holding Penta y ex canciller durante el Gobierno de Sebastián Piñera, Alfredo Moreno– están dinamizados por el descrédito generalizado que se ciñe sobre sus dirigencias, símbolos y organismos, lo cual incrementa los desgarramientos internos de las colectividades.

El hecho de que tengan que estar reaccionando permanentemente a disputas intestinas –muchas veces carentes de un contenido político sustancial– también las atrofia y les impide reaccionar a lo que recurrentemente se transforma en una densa y ácida lluvia de crítica social (que el filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha caracterizado formidablemente bajo el concepto de "shitstorm"; literalmente, la “tormenta de mierda” diseminada a través de las redes sociales).

De este modo, las colectividades que componen el duopolio buscan reorientarse en el escenario sociopolítico, eligiendo directivas internas que no hacen más que reafirmar las performances conservadoras y restauradoras que han predominado en la conducción del proceso de reformas encabezado por el gobierno de la Nueva Mayoría desde que asumió el Gobierno, en marzo de 2014.

Representativos son los casos de la victoria obtenida por la senadora Jacqueline van Rysselberghe al interior de la UDI (la ofrenda más valiosa que la candidata de los “coroneles” podía otorgar en el aniversario número 10 de la muerte del dictador, Augusto Pinochet) o la directiva de continuidad elegida hace más de un mes en RN (que trae de vuelta a la directiva del partido al icónico Carlos Larraín).

Por el lado de la Nueva Mayoría, también puede considerarse el caso de la lista liderada por Carolina Goic que, muy probablemente, ganará las elecciones internas en la DC en enero próximo o el proyecto unitario urdido por el ex vocero de Gobierno Álvaro Elizalde para las elecciones del PS, en marzo del próximo año (que ya tiene el asiento reservado para Camilo Escalona en el cargo de vicepresidente).

Cabe la particularidad de que en este último partido se logra además visibilizar el predominio restaurador a través de la carta de renuncia anticipada elaborada, por el senador Carlos Montes, al cargo de presidente de la comisión de Hacienda, la cual pareciera representar el “canto del cisne” de los partidos de izquierda convertidos al neoliberalismo: “El estilo del gobierno es claramente negociar con la derecha, tantearnos a los de la Nueva Mayoría sin mayores consecuencias, cuando hay diversidad, y avanzar sin mayores consideraciones”.

Con todo, pareciera ser que la situación del duopolio es extremadamente delicada e, incluso, similar a la cartografiada por el militante sardo Antonio Gramsci en su análisis sobre las crisis orgánicas y el modo en que estas crisis se vinculan con una de las cuestiones más importantes que conciernen al partido político, a saber, su incapacidad “para reaccionar contra el espíritu de hábito, contra las tendencias a momificarse y a volverse anacrónico”. Curiosamente, el hábito, momificación y anacronismo de la política tradicional incrementan exponencialmente su velocidad.

¿Debiesen las fuerzas políticas emergentes “sincronizar” sus tiempos con los del duopolio más allá de las exigencias formales del calendario electoral?

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