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El retorno de la sabiduría

por 11 enero, 2017

Los pueblos de la Antigüedad tuvieron una ciencia que, mientras el ser humano no se rinda a los monstruos que está creando, seguirá siendo necesaria: la sabiduría.

La sabiduría en todos los pueblos ha consistido en un saber vivir. Es un saber fruto de una reflexión sobre la propia experiencia, un “saberse” por dentro y en el contexto en el cual se interactúa. Los sabios fueron personas conectadas consigo mismas y con el cosmos, capaces de vivir místicamente una unión con todos los seres, de admirar su belleza y de hacerse cargo de su cuidado. Judíos, chinos, incas –la lista abarca a todas las expresiones culturales civilizadas– han desarrollado un acervo sapiencial con el cual han podido transmitir, no sin hermosura, orientaciones a la felicidad a las nuevas generaciones.

¿Hoy qué? ¿Qué puede llamarse sabiduría?

El horizonte está sumamente fragmentado. Las grandes tradiciones religiosas y filosóficas han entrado en contacto, y se relativizan unas a otras; han experimentado el impacto de la cultura secularizadora científico-técnica; son socavadas por la lógica mercantilista que incluso las vende con tal de hacer crecer la economía. Los conocimientos que los sabios de Occidente y Oriente afinaron por milenios, fácilmente son olvidados o ridiculizados.

La situación mundial es apocalíptica. Las previsiones son pésimas. El cuadro medioambiental es el peor de todos. Si los pobres consumieran como los ricos, necesitaríamos más de siete planetas para solventar los costos. La economía financiera se liberó de la economía productiva, ¡se automatizó!, nadie la controla, pero sirve a la acumulación de la riqueza del 1% de la población que ya controla el 99 % de los bienes. La competencia entre los grandes se replica en la batalla cotidiana por “ganarle el quién vive” al prójimo. Todo se acelera. El aumento descomunal de los conocimientos, y la avidez por sacarles un partido comercial, ha obligado a la vida humana a desarrollar una velocidad que la mayoría no puede sostener. El tiempo se traga al espacio. Cronos devora a sus hijos. Pareciera que mientras nos quede el cuerpo, lo ocuparemos en comprar y consumir, y exhibirnos porque, si alguna vez se trató de “ser alguien”, ahora todo se juega a aparecer físicamente antes de ser definitivamente descartados. Falta poco para que los robots hagan mejor, y sin cansarse, lo que nosotros hacemos con dificultad, y mientras tanto.

Los muchos conocimientos, los controles biológicos, mecánicos y algorítimicos no nos han hecho más sabios. Solo “la experiencia es la madre de la ciencia”. Cuando la ciencia nos desconectó del universo, de la tierra, de los demás y de nuestra propia interioridad, dejó de ser ciencia propiamente tal. La sabiduría sí lo ha sido, por esto la volvemos a necesitar.

 ¿Cómo ser sabios hoy? No se trata de arremeter contra la tecnociencia. La batalla se juega a otro nivel. La sabiduría busca la felicidad, cualesquiera sean las circunstancias. Estas pueden cambiar. Es sabio comprometerse políticamente, siempre que se tome partido por el bien de todos, en vez que del propio. Salomón, el rey, fue en su época el modelo de la sabiduría. Pero, en lo inmediato, no se ve cómo estas circunstancias puedan ser modificadas.

Pero hay un aspecto sapiencial de la apocalíptica que convendría recuperar. El pueblo de Israel en circunstancias especialmente catastróficas y humillantes, supo extraer de su propia historia una palabra trascendente que le hizo esperar y luchar por un futuro distinto. Los israelitas se sobrepusieron. Apostaron a que la historia tenía sentido, que habría un juicio final y que Dios rehabilitaría a los mártires. Se podía ser distintos a sus opresores. Había, sí, que mantenerse firmes y resistir.

¿Cómo ser sabios hoy? No se trata de arremeter contra la tecnociencia. La batalla se juega a otro nivel. La sabiduría busca la felicidad, cualesquiera sean las circunstancias. Estas pueden cambiar. Es sabio comprometerse políticamente, siempre que se tome partido por el bien de todos, en vez que del propio. Salomón, el rey, fue en su época el modelo de la sabiduría. Pero, en lo inmediato, no se ve cómo estas circunstancias puedan ser modificadas. Tal vez no lo sean nunca. Pero nada impide plantarnos en la vida de un modo protagónico: observar, pensar, sentir el mundo que habitamos en el propio corazón, admirarse, tomarles amor a los minerales, a los vivientes, situarse en la galaxia, inspirar y expirar, oír las voces mejores y elegir un estilo de vida.

Porque, a fin de cuentas, de esto se trata, de una decisión. El sabio lo examina todo y “escoge”. El sabio “se” escoge. Elige “ser elegido” por la humanidad a la que tanto le debe y a la cual se debe por entero.

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