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¿De qué trata lo Plurinacional?

por 13 febrero, 2017

De tanto escribir sobre el tema mapuche uno llega finalmente a ciertas conclusiones. Una de ellas, que el conflicto no es mapuche como acuñaron erróneamente los medios; es cuando menos Estado chileno-Pueblo Mapuche.

Y si me apuran, el conflicto es incluso primordialmente chileno. De Chile con su negado -y hasta no hace mucho despreciado- componente indígena. De los chilenos con su memoria. De los chilenos con su morenidad. De los chilenos cada mañana con el espejo.

Los mapuches actuales, unos más, otros menos, tenemos bastante claro lo que somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Esto resulta muy gráfico en las nuevas generaciones. Lo veo a diario en mis sobrinos. Ellos no quieren dejar de ser lo que fueron sus abuelos. Y cada día se enorgullecen más de su cultura y de su origen. No es para nada una idealización del pasado. Es un salto con memoria hacia el futuro.

Puestas así las cosas, la posibilidad de diálogo, de encuentro, de convivencia intercultural entre chilenos y mapuche, evidentemente, se torna compleja. No termina de cuajar. Y si bien existen quienes aceptan, “toleran” o son respetuosos (y curiosos) de la identidad mapuche de sus vecinos, lo que prima todavía es la desconfianza y el no entendimiento. También el miedo, el racismo y la paranoia, como demostraron tristemente los recientes incendios en la zona centro del país.

¿Qué impide al chileno común y corriente aceptar, comprender la porfía mapuche de querer seguir siendo mapuche? ¿O la del rapanui de querer seguir siendo rapanui? ¿Acaso maldad? En absoluto. Trata creo de otra cosa; de lo enraizada en Chile de aquella fantasía del Estado-Nación, el modelo de identidad blanco, europeo y “libre de indios” que pensadores del siglo XIX nos heredaron como destino. Un modelo que la educación chilena, década tras década, ha seguido reproduciendo al pie de la letra. Casi como un mantra.

 ¿Qué impide al chileno común y corriente aceptar, comprender la porfía mapuche de querer seguir siendo mapuche? ¿O la del rapanui de querer seguir siendo rapanui? ¿Acaso maldad? En absoluto. Trata creo de otra cosa; de lo enraizada en Chile de aquella fantasía del Estado-Nación, el modelo de identidad blanco, europeo y “libre de indios” que pensadores del siglo XIX nos heredaron como destino.

Es este molde cerebral, el de “una sola bandera”, “una sola nación”, “una sola cultura” y “una sola lengua”, el que impide a los chilenos pensarse desde otro lugar y no desde la uniformidad a la hora de abordar el tema. O de opinar equivocadamente sobre este en un almuerzo familiar de domingo. “¿Por qué los mapuche tienen becas aparte si somos todos chilenos?”, “¿Por qué reconocer otra lengua si Chile ya tiene una?”, “¿Qué ocurrencia es esa de la bandera mapuche?”, “¿No somos acaso todos iguales ante la ley?”. Típicas interrogantes del chileno medio. Y desde Los Dominicos a Cerro Navia.

¿Es posible superar el conflicto solo con medidas paliativas en beneficio de las víctimas, un incremento en la dotación de Carabineros y una que otra ley sectorial como propuso a La Moneda la Comisión Asesora Presidencial? En absoluto. Es atacar los síntomas, no la enfermedad. Bien lo subrayó la Corporación Mapuche Enama. Se requiere antes un cambio de mirada, un cambio de paradigma. En concreto, dejar atrás el Estado-Nación del siglo XIX y dar un salto al Chile Plurinacional del futuro.

¿De qué trata exactamente lo plurinacional? En simple, reconocer que el Estado lo compone más de una nación y no solo la chilena moldeada en la vieja hacienda del valle central. Hablamos de la nación chilena y otras nueve naciones originarias, pre-existentes al Estado y que reclaman pese a más de un siglo de campañas de asimilación forzada, reconocimiento y valoración. La nación mapuche, una de ellas.

No hablo de separatismo, la sospecha de mentes afiebradas y limitadas en ciencias sociales. Tampoco de “un estado dentro de otro estado”, otro argumento en contra recurrente. Hablo de un nuevo Pacto Social entre el Estado y las colectividades que lo conforman, pilar de un nuevo tipo de convivencia y de una paz social basada en derechos. Es el paso que han dado muchas democracias modernas. Y que Chile, tarde o temprano, deberá también atreverse a dar.

La modernidad de un país no se mide solo por la cantidad de cajeros automáticos en sus calles. Se mide también por el respeto que le confiere la sociedad a quien, aceptando vivir en una misma comunidad estatal, se piensa y siente de un origen distinto. De ello trata la convivencia interétnica respetuosa, base de aquella forma de gobierno que gustamos llamar democracia. Es el gran cambio cultural que debemos promover.

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