¡Gracias Pablo! No te desveles por mí - El Mostrador

Domingo, 10 de diciembre de 2017 Actualizado a las 22:02

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¡Gracias Pablo! No te desveles por mí

por 20 marzo, 2017

Con la serenidad y amistad cívica que le caracteriza, Pablo Ortúzar comenta una columna mía titulada “Comunitarismo en la derecha: ¿de qué estamos hablando?”. Realmente me honra que la joven promesa del comunitarismo chileno —y sin duda un intelectual señero— se tome la molestia de analizar críticamente mi modesta reflexión sobre el Manifiesto por la República y el buen gobierno, tan bien recibido por el conjunto de la derecha durante las últimas semanas. Yo por mi parte sólo puedo añadir, agradecida, que estaba recogiendo el guante de su invitación a discutir y pensar.

Sin embargo, y a la vista de sus atinadísimos consejos metodológicos, no he podido más que dudar de que la invitación se extendiera a mí y a otros que piensan como yo. Por lo mismo, y para disipar las sanas suspicacias del señor Ortúzar, me gustaría subrayar que el mío era un acercamiento exploratorio e hipotético al referido documento. No quise “imponer” una tesis definitiva, pues para imposiciones ya están por regla general los comunitaristas, sobre todo aquellos que tienen ese tono perentorio e imperativo, tan suyo y tan difícil de imitar. Pero sus suspicacias a este respecto son infundadas. Yo no quiero disputarle ese nicho. Yo, en cambio, como liberal, me abro a la posibilidad de estar equivocada. Siento la impaciencia que eso pueda causar a la gente de convicciones más sólidas que, por alguna razón, se siente en la necesidad de invitar al prójimo a discutir y a pensar.

Quizás sea cierto que los chilenos no quieren buscar sus propios fines y los quieran, en cambio, subordinar a un “proyecto común”, que les ayude a salir de sus vidas egoístas, mezquinas y hedonistas, como el mismo señor Ortúzar, en tono profético, ha indicado elocuentemente en los últimos días. Quizás la gente de a pie desee sacrificar su libertad por el ejercicio de deberes colectivos, desde un horizonte superior de sentido, avizorado ya por el propio señor Ortúzar. Todo esto es posible. Puede que yo no me esté subiendo, como debería hacerlo, al republicano carro de los ciudadanos comprometidos con la “Nación abierta”: esa madre que cada día recibe a sus hijos con los brazos abiertos. Me confieso mal agradecida.

Y también confieso que creí que mis metas propias no pasaban por la subordinación a dicho horizonte. Me golpeo, contrita, el pecho, pues yo ingenuamente creía que lo mejor era intentar cumplir mis sueños mediante la cooperación voluntaria con otros y participando, voluntariamente también, en las instituciones sociales. Creí, por lo mismo, haber hecho un aporte al dictar algunas clases en universidades y al escribir unos cuantos papers académicos. Mis columnas de opinión también, ilusamente, las consideré en el mismo sentido.

Pero quizás —y me tomo egoístamente la libertad de proseguir la reflexión— todo lo anterior fue un error. Ahora veo que argumentar a favor de la cooperación social voluntaria, como hacen los liberales, significa destruir la sociedad y adoptar una perspectiva inaceptablemente egoísta. Y confieso que hasta las invectivas del señor Ortúzar, no estaba tampoco segura que la sociedad existiera. Me alegra, en todo caso, saber por fin que todos ustedes, lectores, son reales y no un mero sueño tatcheriano.

Pero como fuere, pienso que, como historiadora, lo que más debo sentir es otra cosa. Yo creía ingenuamente que el principio de primacía ontológica de la persona frente al Estado había sido importante para la derecha. Ahora, gracias al señor Ortúzar, veo que no, ya que me aclara que, en realidad, las diferencias entre el liberalismo y el comunitarismo son de matices, minucias, en las que no vale la pena reparar (en cuyo caso, nos podría contar por qué no es liberal y sí comunitarista). Una invitación a pensar como la que propone, no puede, por cierto, detenerse en meros accidentes.

Tampoco fui capaz de ponderar la efectiva influencia de Jaime Guzmán. Yo creía que su influencia ideológica había sido grande, enorme, pero que se había proyectado sólo hacia el futuro. Ahora, gracias al señor Ortúzar, veo que eso fue una ingenuidad y que un hombre de su talla no podía más que modificar el pasado. Así, cuando en 1934 Ladislao Errázuriz, Presidente del Partido Liberal, escribía un manifiesto en el que daba cuenta de los desafíos de su entidad, y en el que decía que había que oponerse al intervencionismo estatal, que apunta a “desvalorizar al individuo, despojándolo de toda posibilidad de iniciativas, [afectando] al cuerpo social entero, cuyas energías y capacidades de toda especie son las energías y capacidades de los individuos que lo constituyen”; cuando, en ese mismo documento, agregaba que “toda degradación de carácter individual implica una degradación de carácter social”, lo que don Ladislao hacía era ser guzmaniano antes que el propio Guzmán.

El señor Ortúzar me ha hecho comprender que es antojadizo concebir la historia como una sucesión cronológica, aunque —como bien saben los historiadores— no meramente reducida a hechos puros y duros. Le reconozco al señor Ortúzar el gran mérito de haber introducido esta innovación, destinada a revolucionar el acercamiento a la historia. Si al lector le parece increíble pensar que Guzmán vivió antes de haber nacido, entonces que se tranquilice pensando en que el señor Ortúzar sí lo cree. Yo le aconsejo darle la razón, aun cuando antes lo haya invitado a pensar. De lo contrario, se expone a un ataque furibundo (entre nosotros, lector, creo que al susodicho no le gusta que lo contradigan).

Yo acepto con humildad todos estos errores y en lo sucesivo creo que lo pensaré dos veces antes de perder el tiempo, como me advierte la joven promesa intelectual de la derecha comunitarista, en preguntarme algo tan ridículo como qué fue primero, si el huevo o la gallina. ¿El huevo? ¿La gallina? Nuevamente caigo en las mismas nimiedades.

 Pero como fuere, pienso que, como historiadora, lo que más debo sentir es otra cosa. Yo creía ingenuamente que el principio de primacía ontológica de la persona frente al Estado había sido importante para la derecha. Ahora, gracias al señor Ortúzar, veo que no, ya que me aclara que, en realidad, las diferencias entre el liberalismo y el comunitarismo son de matices, minucias, en las que no vale la pena reparar (en cuyo caso, nos podría contar por qué no es liberal y sí comunitarista). Una invitación a pensar como la que propone, no puede, por cierto, detenerse en meros accidentes.

Creo que, en fin, no queda más que pedir humildemente disculpas a los comunitaristas, representados en estas jornadas por el señor Ortúzar, por no darme cuenta antes de mi vida egoísta, liberal-hedonista y no sentirme alienada por la “operación normal del modelo”, de la que habla Hugo Herrera y que llevaría a la fragmentación social, a la desaparición de los almacenes y panaderías de barrio y, en fin, a toda esa edificante, machista y estratificada vida de otros tiempos.

Por cierto –y para que no quepan dudas de los destinatarios de mis disculpas, aprovecho para preguntarle al señor Ortúzar cómo debería llamársele en lo sucesivo (pues no quiero contrariarlo más): ¿Liberal? Si eso les resulta ofensivo (pues puede llevar a creer al lector que sugiero que ha vivido realmente en un estado de naturaleza, rodeado de bestias hobbesianas), preferiría que lo llame ¿republicano? O tal vez, para reflejar la rica versatilidad de la nueva derecha que él representa, magnífica síntesis de variopintas tradiciones, ¿liberal-conservador-socialcristiano-nacionalpopular? ¿Todo eso junto, cuál tutti-frutti o curanto chilote?

Muchos lectores —lo digo aquí como humilde representante del pueblo— esperarán ansiosos sus, como siempre, finas, matizadas y patrióticas aclaraciones sobre el devenir del país y del sector político, del que es uno de sus más conspicuos representantes intelectuales.

Pero la próxima vez no se desvele, señor Ortúzar, menos todavía por alguien como yo. El país y la derecha lo necesitan fuerte y sano para las tantas batallas que se avizoran, y en las cuales, estoy segura, seguirá colaborando, como el aguerrido protagonista que siempre, con un alto sentido del deber, ha sido hasta ahora. Sólo me resta, finalmente, pronunciar dos simples palabras, ahora con la confianza del pecador frente al sacerdote: ¡Gracias Pablo!

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