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Yo, Álvaro

por 18 abril, 2017

Yo, Álvaro
La generación de actores políticos socialistas que hizo la transición, aparte de llorar la derrota de Lagos, tendrá que convenir esta vez conmigo –ya que sobre el balance de esta época no nos pondremos jamás de acuerdo– que algo hicieron mal para que lo que alguna vez fue una épica terminara en un callejón oscuro, con los hijos apuñalando a mansalva a sus padres solo para apropiarse del botín.

La primera imagen que tengo de Álvaro Elizalde es en torno a la celebración de los 250 años de Rancagua. Es primavera y florecen los árboles en la Plaza de Los Héroes. Es octubre de 1993.

La ciudad está de fiesta, recién hemos recuperado la democracia comunal y un joven alcalde, de 28 –Teo Valenzuela–, celebra la conmemoración como corresponde. Como se diría más tarde, “Rancagua, se había puesto en movimiento”. Otro futuro actor político, Sebastián Depolo, presidente del Centro de Alumnos del exclusivo Instituto O’Higgins, se transformaba en el primero en presidir el Parlamento juvenil, dando así inicio a una, también, ya larga trayectoria política.

A su vez, la Juventud Socialista (JS) celebra su pleno regular en la ciudad, con invitados de lujo que luego harían historia.

En particular, llamó la atención la presencia en el evento de un sindicalista brasileño, con un par de dedos menos en una de sus manos, que había sido la sorpresa de la reciente elección carioca y que, por disposición de los dirigentes oficialistas del momento –Lagos no lo quiso recibir–, fue despachado a provincia a un evento menor. Le llamaban Lula da Silva. Con posterioridad, al ser ya el personaje una figura mundial, nadie me creía cuando insistía en que había pasado por Rancagua, ni menos que nos habíamos fotografiado juntos. Pasaron años, hasta que Lucho Pérez, autoexiliado en Magallanes, nos envió la imagen en cuestión, que –según cuentan– fue tomada por Juan Azócar, un investigador del PS y de la generación de Lorca, quien hasta hoy sostiene que Jaime López puede estar vivo.

En ese evento, donde, como siempre, corrieron algunas gotas de sangre, tuve la oportunidad de conocer a Álvaro –aún con mucho pelo– y a su compañera, Patricia Roa, una chica muy inteligente, a quien pronostiqué una ascendente carrera política y que cumplía funciones de diplomacia y control sobre el personaje en cuestión.

Si mal no recuerdo, Álvaro era miembro de la comisión política de la Juventud Socialista (JS), y provenía de la Izquierda Cristiana. Como buen dirigente que piensa que tiene un futuro por delante, no pudo omitirse de hablar aquella tarde, como diría Unamuno, roto e interrumpido. Hablar por hablar.

Debo recordarles que, por aquella época, los dirigentes del PS no escatimaban esfuerzos por hacer del recién unificado socialismo chileno la casa común de la izquierda, a la cual llegaban incesantemente ex PC, IC, MIR, Mapu o radicales que le daban un tono variopinto a la colectividad y aquello se notaba: la organización estaba, como la ciudad, con mucho dinamismo y la JS encabezaba, por aquel entonces, una irreverente campaña por socializar entre los jóvenes el empleo del condón.

El evento se desarrollaba en el histórico sindicato Sewell y Mina. Sí, el de Lucho Vergara, Negro Olivares, los hermanos Moraga, donde germinó la idea de nacionalizar el cobre, remodelado en tiempo récord y que inauguró el mismísimo Fidel Castro, en noviembre de 1971, durante su extenuante y controvertida visita.

A Álvaro me lo seguí encontrando en diversos eventos partidarios, aunque cada vez con menos pelos en su cabellera.

Aún recuerdo que, allá por 1993, cuando hubo un intento por instalarlo como presidente de la JS, el irreverente Arturo Pérez levantó el voto para reducir a 26 años la edad límite para militar en la Juventud y así evitar “tener presidentes pelaos”, iniciativa que, por supuesto, no fructificó.

Luego, lo vi como mandamás de la emblemática Fech en 1993, aunque su gestión dejó más malos recuerdos que glorias: cuando acabó su mandato, la organización quedó sin cabeza, pues no se alcanzó cuórum para realizar la elección y en Wikipedia, junto al emblemático listado de figuras que han ocupado la principal testera estudiantil, aparece el periodo 1994-1995 como acéfalo. La heroica y rebelde JS de Carlos Lorca comenzaba a pagar los costos de su pérdida de vigor y cable a tierra, y de su encapsulamiento en el Estado.

Aquel fenómeno se fortaleció luego del paso por ella de Álvaro, donde lo recuerdan más como escudero del entonces ministro José Miguel Insulza y su rescate de Pinochet en Londres, antes que representando a la juventud. Ello motivó el que, incluso, fuese tironeado por algunos dirigentes mayores por su manía de meterse en los detalles de las declaraciones públicas que hacía la organización en aquellos días complejos.

Lo mismo que después de su paso por la Fech, la JS decayó después del periplo de Álvaro por ella y dejó de ser el referente del mundo juvenil, como lo había sido en los 80 y comienzos de los 90, aunque –a diferencia de la federación estudiantil, que sí pudo recuperarse–, la Juventud del partido jamás volvió a ser la misma y, cada vez más en el tiempo, fue decayendo su peso interno –aún recuerdo que en 2001, en el congreso partidario, Núñez casi no dejó hablar a su presidente, cosa impensada antes –y asimismo como organización de masas, hasta hoy, en que ya nadie sabe siquiera quién es su timonel.

¿Le ocurrirá lo mismo con la presidencia del PS? ¿Álvaro apagará la luz y cerrará la puerta?

El pacto de Sangre para acabar con los actores de la transición

Y es que, si bien se ha teorizado mucho sobre el significado de su último pleno –lo ha hecho hasta el corporativista UDI Gonzalo Rojas, con datos e interpretaciones erróneas, pero con conclusiones muy próximas a la realidad interna de la colectividad–, el asunto es mucho más sencillo de lo que parece, a pesar de que varios de sus protagonistas no son conscientes del momento histórico que viven y cuyas decisiones arrastrarán, en uno u otro sentido, a la colectividad al despeñadero: los sobrevivientes de la generación JS de los 90 y que muy bien representan los rostros y prácticas políticas de Álvaro Elizalde y Andrés Santander, han firmado un pacto de sangre para cargarse a los actores socialistas de la transición. Ya lo hicieron con Insulza y recién con Lagos. Irán, ahora, “por el resto”.

Un cuarto de siglo después, es un poco distinto el panorama. Lula está en la bancarrota más absoluta, y Elizalde y los suyos atrapados en su propio laberinto, sin saber aún cómo saldrán de este atolladero en el que por voluntad propia ingresaron, por pensar que la política solo es el arte de sacar a otros, para ponerse a sí mismos en los puestos expectantes de acceso a la burocracia del Estado.

Pactarán con Guillier “el reparto del animal” y, luego, en el plano interno, les entregarán cupos parlamentarios a los amigos que hayan participado del pillaje, para copar después el Estado, hacerse de una clientela electoral y asegurarse, una y otra vez, la relección hasta que otra generación les clave su propio puñal por la espalda.

No son pocos los que, conociendo los enredados y confusos vericuetos de la colectividad, ya señalan que, con la ascensión de la dupla Elizalde-Santander, se consolida la priización del PS, al tiempo que ya se presiente que, en poco tiempo más, partido y Estado serán lo mismo.

Sin embargo, frente a esas caracterizaciones yo tengo aún mis objeciones: después de todo, el PRI mexicano sí hizo una revolución –por lo demás profunda–, mientras en el PS aún no se ha hecho nada relevante, salvo copar el Estado.

¿Lo que el viento se llevó?

Y aunque el pacto de sangre tiene muchas posibilidades de fracasar, porque la coalición oficialista, y también el PS, están dando sus últimos respiros antes de desplomarse, así como por la estrategia de Piñera, que sabe que necesitan levantar una tercera opción de izquierda que primero le quite votos a Guillier – tienen a Cadem todos los lunes informándonos de ello– y, luego, haga imposible un acuerdo de centroizquierda, como ya lo lograron en 2009, por lo menos se obtendrán algunos cupos parlamentarios que les permitirán seguir jugando el juego que más les gusta y que mejor dominan: obedecer hasta que se den las condiciones para “plancharse” a sus mentores, deporte que disfrutan tanto o más que repartir cargos.

Poco importa que en ese deambular hayan hipotecado el precioso legado histórico de una colectividad que, tal como lo decía Ampuero, ha sido clave para entender nuestro último siglo de historia política.

La generación de actores políticos socialistas que hizo la transición, aparte de llorar la derrota de Lagos, tendrá que convenir esta vez conmigo –ya que sobre el balance de esta época no nos pondremos jamás de acuerdo– que algo hicieron mal para que lo que alguna vez fue una épica terminara en un callejón oscuro, con los hijos apuñalando a mansalva a sus padres solo para apropiarse del botín.

O, dicho de otro modo: que las generaciones de relevo –las propias y las otras– no solo desprecien su legado sino también crean sinceramente, como me lo señaló por Twitter una fan del Frente Amplio, que la política solo se trata de acceder a “cuotas de poder”.

Entonces, vuelvo a la fotografía de 1992 en Rancagua, en que sus protagonistas, incluidos el propio Lula, Álvaro y parte de la generación que acaba de acuchillar a Lagos, radiantes y con sus miradas transparentes, transmiten fe y optimismo en el futuro.

Un cuarto de siglo después, es un poco distinto el panorama. Lula está en la bancarrota más absoluta, y Elizalde y los suyos atrapados en su propio laberinto, sin saber aún cómo saldrán de este atolladero en el que por voluntad propia ingresaron, por pensar que la política solo es el arte de sacar a otros, para ponerse a sí mismos en los puestos expectantes de acceso a la burocracia del Estado.

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