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Derecha e izquierda: razones de una distinción (profunda)

por 15 mayo, 2017

Derecha e izquierda: razones de una distinción (profunda)
En un mundo unipolar donde la desigualdad creció, el ser de izquierda tenía más sentido que nunca. No somos pocos los que creemos que hay mucha más profundidad en la distinción derecha e izquierda que la “empleada de manera vulgar y como simple etiqueta” por algunos de los nuevos referentes políticos. Eliminar esa distinción tan profunda es una manera de reducir el debate y hacerle guiños a la ideología neoliberal, restringiendo la discusión sobre las razones que provocan la desigualdad y tornando “natural” un proceso –la existencia de inequidad en todos los planos– que, olvidan los nuevos intelectuales, “se construyó históricamente”.

Nunca antes como hoy, decía Norberto Bobbio, “se ha escrito tanto en contra de la tradicional distinción entre derecha e izquierda, considerada como una distinción ya superada y sin ningún sentido”. Nunca como hoy, competirán en las próximas elecciones la política chilena que comienza a ser dominada por alineaciones políticas que se declaran "ni de derecha ni de izquierda", pues ese eje –según algunos de sus protagonistas– ya no responde a los nuevos requerimientos ciudadanos.

Se ha puesto de moda de nuevo el debate. No pocos personeros del Frente Amplio, con la excepción de Alberto Mayol, hablan de que “el eje derecha-izquierda ya ha sido superado” y que, por supuesto, no los interpreta. La candidata de la mayoría de ese conglomerado, la periodista Beatriz Sánchez, incluso llegó a señalar que no tendría problemas en votar por Piñera en segunda vuelta si este “asumiera su programa” (programa que, según ellos mismos, aún está en consulta a sus bases). En fin, para los nuevos actores políticos que en otro tiempo no habrían tenido problema en identificarse con las luchas de ese mundo, no solo ya les resulta incómodo ser etiquetado de izquierda sino que, incluso, ya no comparten la profunda esencia de ese significado diferenciador en política.

El debate sobre el tema es tan antiguo como la izquierda misma y ha sido fuente de no pocas polémicas, discusiones y disputas en este mundo político.

El origen de una diferencia profunda: ¿la desigualdad es “natural”?

Una de las últimas fue la que se produjo luego de la caída del muro de Berlín –y de una izquierda desconcertada–, que enfrentó a intelectuales de este mundo y no fueron pocos los que afirmaron por entonces –recuerden que Fukuyama pronosticó por aquel tiempo también “el fin de la historia” y muchos hicieron coro de su llamado y corrieron a alabarlo–  que ya no podía hablarse de izquierda, dado el pragmatismo político universal transversal que dominó a aquella época y que en Chile tuvo su variante en “la política de los consensos” y en las particularidades de nuestra transición.

Fernando Savater, en el prólogo del conocido libro de Bobbio sobre el tema, planteaba lo siguiente: ¿puede hablarse hoy de ‘izquierda’ y ‘derecha’? Y si es que la respuesta fuera afirmativa, ¿cómo definir estos términos?

Respondió el patriarca e intelectual de la política italiana, Norberto Bobbio, y señaló que la distinción seguía siendo muy contemporánea, tanto como en los albores de la Revolución Francesa, puesto que la esencia de la distinción entre ambas era “la diferente actitud que las partes –el pueblo de la derecha y el pueblo de la izquierda– muestran sistemáticamente, frente a la idea de la igualdad”. Para el lúcido y octogenario senador italiano, “los que se declaran de izquierda dan mayor importancia en su conducta moral y en su iniciativa política a lo que convierte a los hombres en iguales, o a las formas de atenuar y reducir los factores de desigualdad; los que se declaran de derechas están convencidos de que las desigualdades son un dato ineliminable y que al fin y al cabo ni siquiera deben desear su eliminación”.

En un mundo unipolar, donde la desigualdad creció, el ser de izquierda tenía más sentido que nunca. No somos pocos los que creemos que hay mucha más profundidad en la distinción derecha e izquierda que la “empleada de manera vulgar y como simple etiqueta” por algunos de los nuevos referentes políticos. Eliminar esa distinción tan profunda es una manera de reducir el debate y hacerle guiños a la ideología neoliberal, restringiendo la discusión sobre las razones que provocan la desigualdad y tornando “natural” un proceso –la existencia de inequidad en todos los planos– que, olvidan los nuevos intelectuales, “se construyó históricamente”.

Ese discurso, “ni de izquierda ni de derecha”, es de muy antigua data y proviene tanto de los nacionalsocialismos, fascismos y franquismo (Ismael Saz), como de los caudillos latinoamericanos –Ibáñez aglutinó, bajo su gobierno, desde segmentos nacionalistas hasta altos dirigentes del PS chileno, como Clodomiro Almeyda o Carlos Altamirano– de una raíz profunda muy autoritaria –el latifundio, en nuestro caso, como poder social y político (Rolando Mellafe)– y que, en nombre de la unión del pueblo, de no fomentar su desunión con “conflictos artificiales”, concluyen siempre defendiendo a los poderosos y reprimiendo a los que desunen o que se conflictúan con el orden.

Es un debate, en suma, oportunista, porque detrás de un afán meramente electoral, se pretende eliminar una diferenciación política de fondo: ¿es natural la desigualdad o es una construcción histórica? Por lo tanto, con un origen y un final.

Para quienes miramos con interés el debate, eso es lo realmente duro: que las nuevas generaciones progresistas (o como quieran llamarse, pues ya sabemos que la etiqueta de izquierda no les sienta bien para sus propósitos), en pos de un debate coyuntural, terminen por claudicar y entregar el legado más preciado de la izquierda chilena: su lucha por un mundo mejor que, como sabemos, ha costado sangre, sudor y lágrimas, y no sabemos si ellos son conscientes de ese error estratégico.

Tal como lo aclara Bobbio, el eje izquierda-derecha es el de la diferenciación de posturas sobre la igualdad-desigualdad social. Como nuestro país es uno de los campeones mundiales de la inequidad, ella aparece, ante los ojos de muchos actores políticos que irrumpieron para transformar la realidad (y que al parecer se hace eco del discurso de la derecha que ve su perpetuación), como algo natural, incluso de origen divino y que, por lo tanto, la distinción –derecha e izquierda– no sirve.

Para los actores políticos que realmente aspiran a cambiar la desigualdad, las diferencias de ingreso y de propiedad de activos no debiera entenderse como algo natural (“siempre ha habido ricos y pobres”) sino como fruto de una construcción histórica dada –política, económica, social–, con un origen y un fin y, en consecuencia, objeto de una posible transformación, vía la acción política reformadora que apunte a disminuir brechas de ingresos, de oportunidades económicas y, en el caso especial de regiones, territoriales.

Lo anterior requiere necesariamente la irrupción del conflicto, representar a la ciudadanía, a los más débiles, a las grandes mayorías sociales perjudicadas por un modelo inequitativo, lo que se traduce en tomar partido y contraponer nuestra acción política a los intereses de las minorías oligárquicas que controlan, como hemos tenido oportunidad de observarlo reiteradamente durante este último tiempo, los mecanismos claves del modelo en beneficio de sí mismas.

De allí, tal vez, provenga el miedo de algunos actores de la transición que se adjetivaron de “reformistas”, pero que concluyeron capitulando ante los intereses corporativos, y de ya no pocos nuevos actores políticos que, levantándose contra las desigualdades, comienzan su lenta transición para abuenarse con los de siempre y así reservarse para sí un lugar permanente en las encuestas y en la política, y renieguen de reconocerse en esa profunda diferenciación.

Ese discurso, “ni de izquierda ni de derecha”, es de muy antigua data y proviene tanto de los nacionalsocialismos, fascismos y franquismo (Ismael Saz), como de los caudillos latinoamericanos –Ibáñez aglutinó, bajo su gobierno, desde segmentos nacionalistas hasta altos dirigentes del PS chileno, como Clodomiro Almeyda o Carlos Altamirano– de una raíz profunda muy autoritaria –el latifundio, en nuestro caso, como poder social y político (Rolando Mellafe)– y que, en nombre de la unión del pueblo, de no fomentar su desunión con “conflictos artificiales”, concluyen siempre defendiendo a los poderosos y reprimiendo a los que desunen o que se conflictúan con el orden.

Es por ello que es necesario reivindicar la vigencia del concepto –izquierda– y del conflicto –derecha e izquierda– en aras de alcanzar una izquierda moderna que asume los desafíos de la Globalización, que se hace cargo de disminuir las brechas en la desigualdad mediante reformas tributarias, laborales y territoriales y educacionales, a través de buenos servicios públicos y que te traduce en restituir un Estado fuerte y vigoroso con funcionarios de carrera, que permita la redistribución de los recursos y de una economía dinámica para tener qué redistribuir – “repartir la riqueza y no la pobreza”–, con un mercado fuerte y regulado, y alcanzar una inserción internacional como economía industrializada.

Tal izquierda debe también hacerse cargo de los otros desafíos: las libertades individuales (derecho a una vida autodeterminada, con respeto de las minorías sexuales, aborto, diversidad cultural y territorial, libertad de pensamiento y expresión, teniendo como garante a un Estado laico de verdad); que se oponga al portalianismo autoritario que corroe a derechas e izquierdas metropolitanas, que defienda los ecosistemas y que se oponga al extractivismo irresponsable con las nuevas generaciones; emancipación de la mujer del patriarcado y que honre la deuda histórica con los pueblos originarios, respetando su cultura y su autodeterminación bajo el paraguas del Estado plurinacional, basado en valores comunes y derechos universales, etc.

En fin, la izquierda se reconoce en la gran tarea histórica de la lucha contra la desigualdad, consagrando derechos universales y el desafío histórico de la modernidad en favor de obtener la emancipación humana o de acabar la “explotación del hombre por el hombre”, con una visión internacionalista y latinoamericanista que afronte los desafíos de cuidar el planeta para nuestros herederos, de superar el mero crecimiento económico como factor de bienestar y teniendo como estrategia la lucha en los marcos de un régimen democrático.

La izquierda de verdad no concibe otro medio de acción política que la conquista de la soberanía popular para comenzar las grandes transformaciones. Los cambios se hacen en democracia o no se hacen. Debemos convencer y no vencer. Sabiendo de antemano, y aunque resulte impopular, que los cambios se hacen de manera parcial y gradual y que no todo se hace de una sola vez.

De allí la necesidad de desenterrar a la izquierda y la vigencia de los partidos que se adscriben a la ideología de la igualdad no como fines en sí mismos sino como instrumentos que se da el pueblo para alcanzar el gobierno y empezar las transformaciones.

Es por ello que, cuando estos referentes políticos se burocratizan y solo se dedican a defender los intereses de sus miembros o de quienes los dirigen (la empleomanía fiscal y la oligarquización de las elites) o que –como lo hemos visto recientemente– se venden a las oligarquías empresariales en nombre de la gobernabilidad o debido a su corrupción, la ciudadanía debe darlos por obsoletos y reconocerse en nuevos referentes y reemprender, como lo ha hecho una y otra vez la izquierda occidental, el desafío de cambiar para mejor el mundo en que nos tocó vivir.

Eso es lo que aún hace que exista un abismo que separa a ambos conceptos –derecha e izquierda– y que hoy, más que nunca, sea necesario recuperar la vigencia de esa diferencia, porque, tal como lo decía Bobbio, “el empuje hacia una igualdad cada vez mayor entre los hombres y mujeres es, como ya observó en el siglo pasado Tocqueville, irresistible”, porque hoy, como nunca en “nuestra época se han puesto en tela de juicio las tres principales fuentes de desigualdad, la clase, la raza, el sexo”.

Y esa ha sido tarea de la izquierda, aunque a algunos (por mero afán electoral) no les guste reconocerse en ella.

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