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Martes, 12 de diciembre de 2017 Actualizado a las 21:04

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El Partido Socialista o un problema soterrado

por 17 mayo, 2017

El Partido Socialista o un problema soterrado
No hay que sorprenderse de lo que ha hecho o pueda hacer el Partido Socialista, ya que no todo socialismo es revolucionario y la historia cuenta con bastantes hechos para afirmar esto. Y si lo ocurrido en nuestro país es un problema ético, tendrá que ser evaluado por sus militantes, quizás más de uno está donde no debe.

Esta columna de opinión versa menos respecto a lo ya conocido sobre las inversiones del Partido Socialista y más sobre un viejo problema: ¿qué es el socialismo? O, en su forma acotada, ¿qué debiese ser un Partido Socialista? Asunto al cual obviamente no daré respuestas por este medio.

El problema no es simple, de partida cualquier persona interesada en la historia de las ideas tiene pleno conocimiento que el socialismo no ha sido nunca un movimiento homogéneo, como tampoco una representación pura de un sector de la sociedad moderna que ha sido clasificada políticamente como parte de la izquierda, sino más bien un movimiento político transversal que agrupa a diversas nociones respecto al bienestar social o lo que vendría a ser, en sus orígenes y derivada de la revolución industrial, la llamada cuestión social.

Los socialistas modernos no fueron en un principio los obreros pauperizados por el capitalismo, sino más bien empresarios y pequeños burgueses, quienes al observar los males sociales que la sociedad burguesa acarreaba, acudieron a dar solución al problema, sea de forma filantrópica o mediante soluciones prácticas frente a la implacable proletarización de la sociedad.

Fue de esta manera que existió por parte de la burguesía una intención para remediar los problemas que el sistema de producción causaba a un número creciente de personas, sin embargo y tal como nos recuerda Marx, esta reacción por parte de la burguesía no buscaba otra cosa que consolidar la sociedad burguesa, por ejemplo, no fue del todo extraño que un filántropo como Robert Owen y sus granjas colectivas hayan encontrado inversionistas de la talla de Jeremy Bentham, aunque con objetivos opuestos. A lo que apunto es que, incluso en aquellos espacios, llenos de buenas intenciones, el empresario verá la oportunidad de obtener la ganancia y el socialista creerá que está solucionando el problema.

Los socialistas modernos, no fueron en un principio los obreros pauperizados por el capitalismo, sino más bien empresarios y pequeños burgueses, quienes al observar los males sociales que la sociedad burguesa acarreaba, acudieron a dar solución al problema, sea de forma filantrópica o mediante soluciones prácticas frente a la implacable proletarización de la sociedad.

Por otro lado, Gustavo Bueno, filósofo español, frente a un problema de definición señalaba que el socialismo tiene su origen en las sociedades anónimas, sí, aunque nos parezca extraño, el socialismo tiene que ver en primera instancia con la socialización de las ganancias y quienes presentan una mejor disposición a esto son los propios empresarios, por lo tanto, el socialismo antes de oponerse al capitalismo se opone a una forma de individualismo.

Por otra parte, Engels, frente a la interrogante sobre la distinción entre el comunismo y el socialismo, señaló que la diferencia práctica de estas dos corrientes –no es este el lugar para hablar de diferencias teóricas– surge básicamente porque ya en 1847 el socialismo era un movimiento propiamente burgués y abiertamente bien visto en los salones de la burguesía, mientras que los comunistas representaban abiertamente el peligro. Obviamente estas distinciones se vieron disminuidas por situaciones históricas y organizativas del movimiento obrero que, en un momento de la historia, tendieron a converger –por ejemplo, la imposibilidad de ejercer la violencia revolucionaria en 1848, las consecuencias de la ruptura de la primera Internacional, y un largo etcétera–, aunque manteniendo siempre un roce respecto a la lectura de lo social.

Sin duda la aparición del marxismo en la historia del pensamiento social nos creó la imagen de que el socialismo es un proyecto de por sí revolucionario, ya que sentó las bases de un programa que discutía la problemática desde las contradicciones existentes en el movimiento social europeo, por eso su intención de diferenciarse de los socialismos burgueses, utópicos, etcétera. Sin embargo, esto no eliminó por completo la existencia de estos elementos en la práctica política, en donde muchas veces convivía un collage de buenas intenciones o bien un programa revolucionario. Este último dependiente en gran medida del espíritu de la época o de las condiciones materiales para su desarrollo.

Ahora, volviendo a nuestro país, ¿qué es lo que nos asombra del Partido Socialista de Chile? Quizás que, a pesar de las décadas, de la caída de los socialismos reales, del Golpe de Estado, aún este partido guarde dentro de sus principios manifiestos la intención de superar el capitalismo. Si bien esta puede ser solo una estrategia para captar electores, sobreexplotando la imagen de un pasado en el cual tuvieron simpatía revolucionaria, también puede ser el reflejo de ese elemento propio y constitutivo del socialismo moderno, ese elemento burgués, ese mal poema de primavera como diría Benjamin, de este optimismo sin consciencia, que en nuestra época se traslada al área de las elecciones y que desde ahí, algún día, allá en lo lejano de un tiempo desconocido, el capitalismo sea superado o muera por fatiga crónica –como esperaba la socialdemocracia–.

Mientras tanto, no hay que sorprenderse de lo que ha hecho o pueda hacer el Partido Socialista, ya que no todo socialismo es revolucionario y la historia cuenta con bastantes hechos para afirmar esto. Y si lo ocurrido en nuestro país es un problema ético, tendrá que ser evaluado por sus militantes, quizás más de uno está donde no debe.

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