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El pecado original de la política

por 26 mayo, 2017

Podríamos suponer que parece casi de sentido común el rechazo categórico al financiamiento irregular de la política. Que casos como en los que se han visto envueltos prácticamente la totalidad de los partidos que conforman el bloque en el poder, que administran la institucionalidad del Estado, son un aliciente para fomentar la llamada “era de la desconfianza” con que Rosanvallon explicaba el problema de la democracia real. Las equivocaciones son demasiadas ¿o es que honestamente resultan justificables este tipo de conductas asociadas a bajos estándares de probidad, justamente porque la democracia como tal está pensada en tanto una operación de mercado?

Si creemos esto ¿qué de reprochable hay en que el PS  sea un inversionista de importantes empresas? Los partidos requieren mecanismos de financiamiento, pero el asunto está lejos de ser ese. Existe un vínculo casi ontológico entre el espacio de la polis y el oikos; así, la disyuntiva de la disipación de la sociedad política disuelta en el orden del mercado, es antigua. Nos escandalizamos hoy día por la conveniencia de la coyuntura, bien por la urgencia de recomponer las relaciones entre los partidos y la ciudadanía, de producir un discurso afín ¿pero en realidad a alguien le importa la cuestión de fondo, aquello que pesa y golpea históricamente?

Resulta insólito pensar que los partidos deban dedicarse a resolver las explicaciones que darán al país ante las acusaciones que van y vienen, y que el nivel del debate político al mismo tiempo sea tan miserable. Que hay oportunismo en aquellos que apuntan con el dedo al PS, y que lo hicieron hace no poco tiempo con el Partido Comunista por el caso Arcis, no es una respuesta legítima porque ¿En qué consiste la política? ¿Hay pudor en sacrificar un caballo y un alfil por atrapar a la reina?

La condición inmanente del capital logra penetrar todas las prácticas sociales. Uno podría decir, sin más, que incluso ante la ausencia de esta investigación que develó la participación de los socialistas en estas operaciones financieras, de igual forma el PS jugó un rol fundamental en la transición política en Chile, corresponsable de incorporar, gestionar y naturalizar hasta culturalmente esta forma de concebir la política en nuestro país. Entonces no tiene sentido rasgar vestiduras y si de ser inquisitivo se trata, el juicio a la transición es una discusión vetada.

¿Qué fue el discurso del fin de la transición (a propósito del otrora candidato Lagos) sino que el decreto de un triunfo hegemónico? La democracia actuando como un dispositivo político al servicio de los intereses del capital puede resultar una consigna para las marchas, maximalista si quieren, pero no está lejos de la realidad. Y así la institucionalidad se permea, el agente político también es interpelado por una racionalidad que lo sobredetermina, pero de la cual es a su vez responsable. Habría que pensar la democracia de nuevo, y que su condición de posibilidad no fuera el capitalismo.

La democracia pluralista, elitista y equilibrada que caracteriza Macpherson como el modelo de combinación entre las propuestas de Mill y Bentham (“La democracia liberal y su época”, 1976), la desapropió de cualquier fundamento moral, rigiéndose por el pragmatismo del mercado. Si hasta las reformas han sido motejadas como instigadoras de juicios de valor contra el empresariado, y que “afectan gravemente el crecimiento económico”. Reformas que tenían retórica, pero eran de mediano impacto. Parece que lo único importante son los dígitos que indican el alto desempeño de nuestra economía (que alza la voz de los custodios del crecimiento ante la amenaza de disminuir la jornada laboral), y el resto puede esperar en un tránsito perenne en que se administran las esperanzas de los gobernados y explotados.

Resulta insólito pensar que los partidos deban dedicarse a resolver las explicaciones que darán al país ante las acusaciones que van y vienen, y que el nivel del debate político al mismo tiempo sea tan miserable. Que hay oportunismo en aquellos que apuntan con el dedo al PS, y que lo hicieron hace no poco tiempo con el Partido Comunista por el caso Arcis, no es una respuesta legítima porque ¿En qué consiste la política? ¿Hay pudor en sacrificar un caballo y un alfil por atrapar a la reina? Como en el mundo del hampa (a propósito de los delitos de cuello y corbata), en la disputa del poder también está permitida la astucia. Sacar el rosario e invocar una ética cristiana no tiene lugar en estos tiempos, después que todos se han sacado los ojos y han estrujado las arcas fiscales. Como dijera Carl Schmitt, incluso con tu enemigo puedes realizar negocios, y eso bien lo sabe la Nueva Mayoría y Chile vamos.

Es tal vez más honesto resignificar su funcionalidad y denominarles “empresas de gestión” del Estado para no sentir vergüenza cuando se les acuse de falta de probidad  ¿Qué esfuerzo tendría que hacer un partido como el PS para recuperar su identidad originaria? Desfundamentarse. Estas cosas no se resuelven con mecanismos ni con disculpas mediáticas. La foto de Salvador Allende o la invocación a Clodomiro Almeyda no sirve, son “voladores de luces” como decía don Ricardo Lagos.

Habría que traer a colación, a propósito de legitimidades políticas, que fue la misma dirigencia de este partido que yace sentado en el banquillo de los acusados, la que hace pocas semanas levantó la voz de alarma por la decisión de la DC de ir a primera vuelta con la candidata Carolina Goic. Algunos no entendían la conducta “rupturista” de los democratacristianos, la calificaban de torpe, pero a la luz de los hechos el “error histórico” que acusaba Escalona, no era más que su deseo de evitar lo que estaba ocurriendo. Y hoy, lo que nos queda son no más que dos candidatas limpias: Beatriz Sánchez y la abanderada de la DC, a la que anticipadamente se le ha definido como una candidatura testimonial. No lo sabemos.

Habrá que hacer entrar en crisis el hecho de que los recursos financieros son una condición casi indispensable para hacer política. La pobreza de los partidos podría subsanarse aunque tuvieran que vender números de la rifa en las poblaciones para financiar sus campañas, si le dedicaran más horas del día a pensar, porque es este y no otro su grave padecimiento.

Claro que cualquier organización política requiere recursos financieros para funcionar, pero otra cosa es el despilfarro grosero. Desde luego que las reuniones y los encuentros de las altas cúpulas no se hacen en una fuente de soda del centro de Santiago, y que la campaña electoral obliga a invertir millones de pesos en publicidad que no dice absolutamente nada, y que finalmente se va a la basura. Qué decir de la finalidad que justifica el gastadero de plata, que no es otra que darle gobernabilidad a este modelo, que no solo ha permitido un alto crecimiento económico al país sino que ha incrementado inauditamente la brecha de desigualdad social.

Pensar el rol del partido y el carácter de la política desde otro lugar es asumir el riesgo de creer en otras posibilidades, de desafiar este orden social no solo con retórica mediática, y ello invita a poner en examen lo que dota de sentido nuestras prácticas, o desnaturalizar las más sentidas certezas, es decir hablar otra lengua, una contrahegemónica, porque no hay nadie de antemano absuelto del “pecado original” de la política: su vínculo indecoroso con los negocios.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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