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Marginalidad: reflexiones éticas

por 2 junio, 2017

Marginalidad: reflexiones éticas
Hablar de pobreza y precariedad social es exponer fenómenos que se mantienen a causa de pensamientos alejados de la solidaridad, de lo colectivo, donde el sistema económico y político actual nos ha hecho creer que debemos velar por nosotros y el circuito más pequeño a nuestro alrededor, donde el que está al lado aparece como ajeno y peligroso, donde las personas distintas y en desamparo social son miradas como malas, raras y aparte de este espacio conocido, con aire compasivo y un juicio desde la superficie que no hace más que interpretar, a través de nuestras posturas “aventajadas”, el fenómeno de la exclusión social.

Cuando tenía alrededor de 15 años leí un libro, motivada por mi profesora de Lenguaje. El libro lleva por nombre Mi planta de naranja-lima, del escritor brasileño José Mauro de Vasconcelos. Adentrarme en esa aventura remeció mis emociones. Durante muchos años lo recordé como crucial, pero había olvidado cuán importante fue tener la experiencia y la dicha de tenerlo en mis manos, hasta que hace unas semanas volví a encontrar el libro en un paseo vacacional a Tacna.

Al verlo, algo de nostalgia apareció en mí. Lo compré y lo volví a leer. Disfrutar y sufrir al leer la historia planteada me hizo percatarme de cuán importante fue el ejemplar para mi desarrollo. Me mostró rotundamente cómo siente un niño que ha sido vulnerado en sus derechos; me mostró, desde la inocencia, cómo es crecer cuando se es privado de lo fundamental: el amor, ese que significa “sin muerte” y que, bien entendido y aprehendido con herramientas para su expresión, protege y hace crecer al otro de un modo armónico y saludable en la extensión de su representación.

Cada vez que lo leía sonreía con los aspectos hermosos que relata y, a la vez, no pude contener el dolor que aparecía… suena cursi, tal vez, pero es absolutamente real por una razón sencilla: hoy puedo reflejar aquello con la realidad que veo día a día. Hoy se encarna el dolor del sufrimiento ajeno, ese que generan la pobreza y la precariedad social.

Hablar de pobreza y precariedad social es exponer fenómenos que se mantienen a causa de pensamientos alejados de la solidaridad, de lo colectivo, donde el sistema económico y político actual nos ha hecho creer que debemos velar por nosotros y el circuito más pequeño a nuestro alrededor, donde el que está al lado aparece como ajeno y peligroso, donde las personas distintas y en desamparo social son miradas como malas, raras y aparte de este espacio conocido, con aire compasivo y un juicio desde la superficie que no hace más que interpretar, a través de nuestras posturas “aventajadas”, el fenómeno de la exclusión social.

La exclusión social, señores y señoras, la generamos nosotros mismos cuando no nos detenemos a pensar en el transitar de una familia y en por qué su contexto es como es. La enjuiciamos con argumentos vacíos del tipo “son pobres porque son flojos”, “quieren sacar provecho de la situación”, “están acostumbrados a pedir” y un sinfín de etcéteras. Desconocer cómo los procesos de construcción social y emocional derivan en lo que somos hoy, es un error aberrante que debemos erradicar.

Todos, por el solo hecho de ser personas, merecemos un espacio de confort y protección para desarrollarnos íntegramente. Si no está nuestra familia o personas significativas para otorgárnoslos, el Estado, por medio de las instituciones, y nosotros como sociedad civil, somos los que tenemos la responsabilidad de hacer frente a esa injusticia sistemática. Hablar de justicia hoy en día, alude inevitablemente a aspectos legales o a ese tentador discurso de creer que “cada uno tiene lo que merece” y es por aquella razón que la vida se torna cuesta arriba para algunos. Solemos mirar con tristeza situaciones de precariedad, maltrato y abandono, no obstante, suele no pasar de aquello, suele no pasar de ese mal rato, la vida sigue y pasa de modo frenético, no hay espacios para internalizar lo que vemos o sentimos al estar frente a la realidad.

Creer que la delincuencia, la pobreza o la drogadicción se combaten solo con mecanismos represivos es un grave error, también lo es omitir la designación de recursos económicos y técnicos para el desarrollo de políticas públicas y sociales para intervenir desde el fondo. Se hacen esfuerzos, sin duda hemos avanzado, no lo pongo en tela de juicio, no obstante, hace falta, intensamente, la bajada de esa ideología de base. Hace falta, según pienso, sensibilizar en cuanto al rol de todos y cada uno en la búsqueda de esa sociedad que todos decimos querer.

Cuando señalo que todos somos responsables, lo hago desde la vereda de quien ha visto cada día cómo la falta de legislación, discusión y reflexión respecto de las problemáticas sociales es insuficiente. Lo digo porque oigo discursos en personas de poder que, aunque sean mínimos, mantienen espacios en los que influyen en otros y ese tipo de argumentos y convicciones enjuiciadoras y sin sensibilidad interfieren en el pensamiento de quienes están en formación, trabajando en áreas sociales o conociendo determinadas temáticas. Me parece peligroso desde la transmisión de posturas. He trabajado con todo lo que se me ha hecho posible para influir respecto de estas miradas segregadoras y llenas de categorías, no obstante, suele ser complejo, pues el discurso del individualismo se ha apoderado de los espacios en que, a mi juicio, es justamente donde no debiesen estar.

Creer que la delincuencia, la pobreza o la drogadicción se combaten solo con mecanismos represivos es un grave error, también lo es omitir la designación de recursos económicos y técnicos para el desarrollo de políticas públicas y sociales para intervenir desde el fondo. Se hacen esfuerzos, sin duda hemos avanzado, no lo pongo en tela de juicio, no obstante, hace falta, intensamente, la bajada de esa ideología de base. Hace falta, según pienso, sensibilizar en cuanto al rol de todos y cada uno en la búsqueda de esa sociedad que todos decimos querer.

Tengo la convicción real de que contextos amables y protectores pueden mejorar sociedades: si trabajamos en reparar a los adultos de traumas y dolores adquiridos en su propio desarrollo, del cual por cierto no nos hicimos cargo en su momento; si fomentamos la educación emocional, cívica, y la crianza bientratante; si le damos la oportunidad a las familias de resignificar ese mundo hostil en que vivimos, aunque aquello signifique esfuerzos no contemplados, y comenzamos a mirar a las personas con cariño, habiendo interiorizado que merecen lo mismo que nosotros o más, probablemente la realidad para todos mejorará.

Todo lo anterior parece utópico, parece lejano y falto de esos miles de reparos que tienen las personas en posiciones de poder y que evitan que se hagan cambios oportunos por dificultades administrativas o presupuestarias; sin embargo, tengo la certeza de que si cambiamos la mirada con la cual observamos lo que ocurre a nuestro alrededor y agregamos aspectos éticos a nuestro deambular por los espacios que tenemos, todo recobrará su sentido. Miro desde la esperanza, de una esperanza que cada cierto tiempo desaparece, pero que algo hace que se mantenga. Quizás son los logros que veo cuando las cosas se han hecho de un modo positivo para quienes se ven afectados por una historia dolorosa e injusta, tal vez son los abrazos, las sonrisas y el alivio que veo en las personas que han pasado en este caminar doloroso.

“Mi rostro casi no se podía mover, era arrojado a uno y otro lado. Mis ojos se abrían y volvían a cerrarse bajo el impacto de las bofetadas. No sabía si tenía que parar o que obedecer… Pero en mi dolor había resuelto una cosa. Sería la última paliza que soportaría; la última, aunque para eso tuviera que morir” (Mi planta de naranja-lima, José Mauro de Vasconcelos, p. 139).

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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