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La besatón y la dialéctica del poder

por 18 junio, 2017

En los últimos días, en virtud de una “besatón” homosexual convocada por algunas ONGs en los patios de la Pontificia Universidad Católica de Chile, se produjo un intenso debate en las redes sociales entre partidarios y detractores, al cual asistimos con mucho interés, por tratarse de un nuevo enfrentamiento de lo que en Estados Unidos se conoce como “guerras culturales” (Cultural Wars). La actividad, finalmente, tuvo lugar en la Casa Central de dicho centro de educación superior, y es una buena oportunidad para reflexionar sobre el significado de estas manifestaciones en el debate público.

Los tiempos presentes parecen tener una inclinación cada vez más evidente a considerar todas las instancias –jurídicas, culturales, educativas, etc.- desde una perspectiva política, es decir, como un elemento más en la cadena de producción y administración del poder. Esta circunstancia es coherente con determinados paradigmas postmodernos, como la idea de fragmentación del poder y su universalización a todos los aspectos de la vida humana (Foucault).

Las universidades resultan especialmente apetitosas en esta nueva dialéctica del poder, debido al influjo que tienen en la vida social, y al valor del conocimiento como herramienta de dominación. El predominio de la perspectiva política, en el caso universitario, significa en concreto que agentes internos (como por ejemplo las asociaciones o federaciones de alumnos) o externos (como por ejemplo las cada vez más numerosas organizaciones no gubernamentales, o los mismos partidos políticos) la vean como una provechosa instancia de lucha partisana, y por lo tanto tiendan a preterir los objetivos propiamente universitarios presuntos o declarados, por otros que se vinculan con el enfrentamiento ideológico del debate inmediato de cuestiones contingentes. Ello, unido a la enorme visibilidad de la universidad como ventana política desde los años sesenta del siglo pasado, la convierte en un lugar muy frecuentado para manifestaciones del signo que sean.

En los hechos, sin embargo, es más frecuente que este tipo de actos sean organizadas desde el ámbito progresista, de izquierdas, o como se le quiera denominar. Probablemente esto ocurre porque su filosofía de base tiende más a una analítica deconstructiva de las instituciones, mientras que el sector conservador o de derechas se inclina en general a mirar la universidad –y otras sociedades intermedias- desde la perspectiva de su función original.

Muchos “conservadores”, instalados todavía en la modalidad esencialista del discernimiento lógico, argumentan que los “progresistas” que promovieron la “besatón” deberían irse a una universidad sin ideario, donde sus propuestas fueran mejor recibidas, y no plantearlas en una institución cuyos principios las excluyen.

Así, lo que parece haber realmente detrás del debate sobre una besatón homosexual (e incluso heterosexual) en una universidad católica tiene relación, más que con la definición de lo que es una universidad, con los objetivos estratégicos que persigue cada grupo: los promotores, seguramente buscan visibilizar su causa realizando un acto justamente en un lugar que declara su adhesión a una doctrina que lo considera un mal moral, y los detractores, hacer prevalecer la interpretación originaria de que (a) la universidad no es para realizar manifestaciones, y (b) una universidad católica no puede aceptar la promoción de la homosexualidad en sus patios.

¿Quién tiene razón? Lo interesante del asunto es que, a fin de cuentas, la respuesta a esta pregunta no parece tener ninguna importancia.

El verdadero problema que plantean actividades como la mencionada besatón no se encuentra, a estas alturas del debate, en determinar cuál es la solución correcta sobre si permitirlas o no. Si ésta fuera la cuestión de fondo, sería cosa de confrontar los argumentos, medir su rigor, y decidir cuál de ellos es el que tiene más peso o densidad racional, tal como se ha hecho durante los últimos mil años de trabajo en la comunidad académica, desde la Escolástica, pasando por la República de las Letras, hasta la universidad humboldtiana de los siglos XIX y XX, ya sea en sus versiones europea o norteamericana.

Pero hoy, dramáticamente al parecer, no interesa quién tiene la razón. Lo relevante a la hora de ejecutar una performance como la que comentamos no es ya su intrínseca o esencial racionalidad; ella ha sido reemplazada por la posición de poder que proporciona o quita. En la íntima dialéctica entre el poder y el conocimiento de las grandes masas, la verdad desaparece, y es considerado como un elemento que puede –eventualmente- ser real, pero que carece sin embargo de valor simbólico en las corrientes de opinión, y por lo tanto no determina nada en el ámbito retórico. De ahí que el Diccionario Oxford consagre la noción de “postverdad” como palabra del año. El polemós ya no se produce en el plano de la racionalidad esencialista que dio origen a las universidades, y las mantuvo hasta hoy como la institución más sólida y permanente de la cultura occidental. El enfrentamiento ahora acontece en el plano de la hegemonía, de la fagocitación de los espacios físicos y digitales, sin lugar para verdades que no proporcionan una posición dominante. El debate de principios y razones ha dejado el lugar a la discusión implícita sobre las estrategias de dominación.

Muchos “conservadores”, instalados todavía en la modalidad esencialista del discernimiento lógico, argumentan que los “progresistas” que promovieron la “besatón” deberían irse a una universidad sin ideario, donde sus propuestas fueran mejor recibidas, y no plantearlas en una institución cuyos principios las excluyen. No se dan cuenta de que el objeto final de este tipo de manifestaciones no es contribuir al discurso racional en sentido académico, es decir, no busca el discernimiento intelectual de cuestión alguna, sino lisa y llanamente, tiene por objeto directo y único el ocupar espacios de poder, especialmente en una universidad con ideario. Así, traducido el gesto al ámbito puro de la potestas, la efectiva realización de la “besatón” gana la partida por el hecho mismo de su ejecución.

Concordantemente si yo fuera un partidario de dicho acto, haría lo imposible por realizarlo a toda costa en la Universidad Católica, y si estuviera en contra, me dejaría la piel por evitar que se hiciera. Esto último a pesar de que la eventual negativa a permitirlo contribuiría al principio a “victimizar” ante la opinión pública a la minoría “protegida” por la manifestación, y por lo tanto haría aparecer a los responsables del rechazo como opresores, logocéntricos y violentos, según el lenguaje de sus contradictores.

Desde el punto de vista de la lógica interna del poder, por lo tanto, lo conveniente parece ser no ceder ningún espacio que lo disminuya. En el caso de la posición conservadora, la tormenta mediática que generaría una decisión negativa podría ser más o menos intensa, pero acabaría siendo superada, dejando sin embargo la institución incólume en su interior. La cesión de espacios de hegemonía y autoridad, sin embargo, suele ser irrecuperable. En este sentido, la estructura del poder no admite excepciones: gana siempre el que mantenga o acreciente su capacidad de dominación. Siguiendo este razonamiento, no cabe duda de que la perseverancia de los gestores de la “besatón” ha salido victoriosa en este round.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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