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Alejandro, ¿tienes ganas?

por 11 julio, 2017

Alejandro, ¿tienes ganas?
Guillier no reparó en lo apremiante que era dotar de otros pilares técnicos, tanto o más relevantes que la confianza personal, a su candidatura. No reparó en lo líquida que es la confianza en su dimensión personal y cuán rápidamente puede ser traspasada o compartida con otra candidata. Tampoco reparó en la inteligencia de una ciudadanía que no estaba dispuesta esta vez a poner la carreta antes que los bueyes, las buenas intenciones antes que la capacidad de gestión.

Alejandro, ¿tienes ganas? De ellas nadie dudaba hasta hace poco. Sin embargo, hoy la inquietud ronda y no solo entre el mundo político sino también en la ciudadanía. Reflejo de ello es su baja sistemática en las encuestas, pese a la molestia del senador con estas, que en su día lo encumbraron.

Rebobinemos. Cuando el ya lejano caso Caval tiñó el rostro y el corazón de la Presidenta, afectando su imagen al punto de dejar de ser quien había sido a ojos de la ciudadanía, Guillier vio, legítimamente, su oportunidad.

El país quedaba huérfano de la madre que por años representó cuidado y contención y, ante su ausencia, el senador encontró un espacio para apropiarse de la demanda por un liderazgo ciudadano, simétrico y honesto en el cual los chilenos podrían ampararse frente a los abusos políticos y empresariales. Aquello fue una opción política consciente, una acción voluntaria del intuitivo senador que, amparándose en su pasado reciente como rostro más creíble de la televisión y al tanto de la orfandad de cuidado, sumó dos más dos. Y logró apropiarse de ese espacio.

Lo logró porque tenía las ganas de ser él quien representara ese espacio social y electoral que había llevado a Bachelet a su segundo gobierno. Esa ambición por representar a ese electorado huérfano le trajo un rápido reconocimiento de la ciudadanía que, durante varios meses, le entregó su confianza a través de las encuestas, depositando en él las expectativas restauradoras del paraíso perdido de las buenas intenciones y la ilusión reformista que antes encarnó Bachelet.

Fue tanta la confianza y las expectativas puestas en el senador, que los esfuerzos de otros liderazgos interesados en la carrera presidencial fueron estériles, infecundos en la opinión pública y objeto de escarnio y ninguneo por parte de la dirigencia política.

En los hechos, al menos por un tiempo, la estrategia de apropiarse de la confianza ciudadana renegando de su condición de político y apelando a la credibilidad construida a través de la pantalla grande, le resultó. Hasta hace solo seis meses, Guillier había dibujado un espacio simbólico que, poniendo al ciudadano al centro de la preocupación de la política pública, resultaba francamente competitivo con la propuesta de gobierno de una derecha articulada en torno a la promesa de una gestión eficiente para recuperar el rumbo económico y el ánimo general del país.

Guillier no reparó en lo apremiante que era dotar de otros pilares técnicos, tanto o más relevantes que la confianza personal, a su candidatura. No reparó en lo líquida que es la confianza en su dimensión personal y cuán rápidamente puede ser traspasada o compartida con otra candidata. Tampoco reparó en la inteligencia de una ciudadanía que no estaba dispuesta esta vez a poner la carreta antes que los bueyes, las buenas intenciones antes que la capacidad de gestión.

Sin embargo, a poco andar, la estrategia evidenció su falta de visión de largo plazo y empezó a languidecer ante la nula invitación a sueños colectivos y propuestas de contenidos programáticos por parte del senador.

Preso de su propio diagnóstico, se fue durmiendo y en ese letargo no se percató de cómo la ciudadanía iba soltando sueños y expectativas basadas en la confianza simbólica y girando sus expectativas hacia una confianza más técnica, pragmática y centrada en la capacidad de gestión y conducción del país.

Al despertar de su confiado letargo, el candidato se mostró malhumorado, enrabiado con los partidos políticos, primero, con las encuestas, después y, ahora último, con los notarios. Apareció un candidato que les echa la culpa a otros de su desgaste, que parece no querer asumir su responsabilidad ni hacerse cargo de la ambición y protagonismo que tuvo cuando tomó el espacio que le dejaba Bachelet. Un candidato que parece no tener ganas, aparentemente arrepentido y sin la vitalidad necesaria para contar una historia, un relato de por qué quiere y merece ser Presidente. Y, claro, qué historia se puede contar si no hay sueños, ni ganas a fin de cuentas.

La elección francesa y la chilena son casos y contextos muy distintos. Sin embargo, al observar lo que está pasando con el senador por Antofagasta no deja de resonarme una alocución de Macron, motivando a su equipo a tener ganas de ganar. Según les decía, la elección la ganarían solo si eran capaces de evidenciar sus anhelos de triunfo. En definitiva, convencer, como lo hicieron, al electorado francés que En Marche era la mejor opción.

Esas ganas, esa vitalidad de la que hablaba Macron y que en su día tuvo el senador, son las mismas de las que parece carecer hoy y que, en ausencia, están horadando la confianza que muchos depositaron en él.

Alejandro, ¿tienes ganas?

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