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Domingo, 19 de noviembre de 2017 Actualizado a las 01:06

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El bus, el Frente Amplio y los nuevos puritanos

por 11 julio, 2017

El bus, el Frente Amplio y los nuevos puritanos
La ignorancia y la estupidez pueden ser peligrosas –pero más peligroso es el odio y el miedo–. Y probablemente hay bastante de aquello en los mensajes del bus. Miedo a un mundo que ya no responde a patrones habituales y conocidos, a la pérdida de control en la reproducción social, y quizás odio frente a todos aquellos que lo propugnan –si la posición tiene bases religiosas, entonces se puede afirmar de modo algo más sofisticado que no es odio al pecador, sino al pecado–. Y, como sabemos, a diferencia de las expectativas cognitivas, las normativas son porfiadas y resistentes. El bus sería expresión del viejo celo puritano que no sólo busca la pureza del alma propia, sino la pureza de las otras almas, aunque sea mediante la hoguera.

Vivimos en un mundo lleno de odio, estupidez e ignorancia (lo que no implica que solo haya odio, estupidez e ignorancia). A veces su expresión pública –y también privada– es risible. En otras, duele. Sin duda, el famoso “Bus de la libertad” encarna estos tres estados mentales, que sus defensores –en diferentes combinaciones– comparten. En nuestras calles no comunica el mensaje “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva” que lo caracterizaba en otras latitudes, sino el más combativo: “No se metan con mis hijos”, con el que pretenden avanzar contra la “ideología de género”.

Si todo fuese un asunto de ignorancia –desconocer que la transexualidad como discordancia entre sexo biológico e identidad de género está reconocida por la comunidad científica–, entonces no tendría mayor importancia. Después de todo, las expectativas generadas por la ignorancia son cognitivas, es decir, susceptibles de corrección. (A menos que la ignorancia sea un asunto de principio o identidad y, por tanto, no transable, como se esforzó en entronizar el ex precandidato Ossandón). En este caso, el bus sería sencillamente risible –como uno que anunciase que la física aristotélica es la correcta–.

Si fuese un asunto de mera estupidez –la estupidez de aquel cuyas capacidades no le permiten entender un asunto, o la de aquel que se empecina en sostenerlo contra toda evidencia–, tampoco sería gran cosa. Se trataría de una mera naturalización de un acto deplorable. Algunos incluso (yo no) lo considerarían exculpatorio. Después de todo, en nuestra época se tiende a naturalizar el mal, considerándolo un mero epifenómeno de una socialización deplorable o constitución mental defectuosa.

Sin duda, la ignorancia y la estupidez pueden ser peligrosas –pero más peligroso es el odio y el miedo–. Y probablemente hay bastante de aquello en los mensajes del bus. Miedo a un mundo que ya no responde a patrones habituales y conocidos, a la pérdida de control en la reproducción social, y quizás odio frente a todos aquellos que lo propugnan –si la posición tiene bases religiosas, entonces se puede afirmar de modo algo más sofisticado que no es odio al pecador, sino al pecado–. Y, como sabemos, a diferencia de las expectativas cognitivas, las normativas son porfiadas y resistentes. El bus sería expresión del viejo celo puritano que no solo busca la pureza del alma propia, sino la pureza de las otras almas, aunque sea mediante la hoguera. Pero, aunque fuese así, ¿basta aquello para desear ver limitada la libertad de expresión de los defensores del bus?

La libertad de expresión es fundamental en cualquier democracia –y no solo en democracias, probablemente lo es en cualquier sociedad que aspire a un nivel razonable de decencia–. Pero esto no implica que no pueda ser limitada. La pregunta es ¿en qué casos? La respuesta conocida recurre al mantra de “cuando se atenta contra los derechos de los otros”. Si bien la respuesta es formalmente correcta, adolece de falta de especificidad si no sabemos cómo se interpretan estos derechos. Por ejemplo: ¿justifican estos límites las ofensas que reclaman corrientemente los creyentes de diversas religiones (la fotografía de un crucifijo sumergido en orina –obra del artista Andrés Serrano–, un video en que se ridiculiza a Mahoma, etc.)? ¿Y qué sucede con aquel discurso de odio que, sin tener una intencionalidad precisa, genera un clima –utilizando la metáfora medioambiental– tóxico en que ciertas conductas –como discriminación– podrían ser fomentadas?

Hay muchas y muy buenas razones para defender un entendimiento amplio de la libertad de expresión (entre otras, de tipo epistémicas, basadas en la autonomía, etc.). Pero hay una que el Frente Amplio debiese tener muy presente. Parafraseando libremente a Ronald Dworkin: si no limitamos la libertad de expresión de todos aquellos (los pastores Sotos criollos, o las ONGs que están detrás del bus) que acusan el mal supremo que realizamos en el mundo al proponer la Ley de Identidad de Género (o la no discriminación o el matrimonio igualitario o la adopción homoparental), cuando tengamos esta ley en el futuro ellos no podrán argüir que es ilegítima porque en su momento fueron silenciados.

Evidentemente, cuando hay incitación a la violencia, la libertad de expresión encuentra sus límites. Hay otros casos: gritar falsamente “fuego” en un teatro, para provocar una estampida, es uno muy famoso. El Frente Amplio parece sostener que también se debe limitar en el caso del bus. Así, una vocera ha declarado la intención de recurrir a mecanismos legales para prohibir el bus: “No podemos tolerar que se esté incitando al odio y la discriminación”. Pero, si aceptamos que el bus debiese ser prohibido, debiésemos aceptar límites a la libertad de expresión en el caso de chistes con tendencia misógina (a los que es tan asiduo, como muchos otros, el candidato Piñera), y también cuando se ofenden las susceptibilidades religiosas (como lo hizo Voltaire o como lo hace el asado ateo). Pero hay buenas razones para no aceptar este tipo de límites: las susceptibilidades humanas y la posibilidad de sentirse ofendido –con o sin razón, da lo mismo– son enormes, y así lo son también las posibilidades de restringir las libertades.

Querer limitar la libertad de expresión en el caso del bus (tal como en el caso de los chistes misóginos) es expresión de un nuevo tipo de puritanismo (querer limitarla en el caso de la blasfemia es un puritanismo antiguo). Y este nuevo puritanismo parece estar muy presente en el Frente Amplio (que baja a candidatos a diputados porque se los sorprende conduciendo bajo efectos del alcohol). Es un intento por limpiar el espacio público de toda impureza (en este caso, el odio de los promotores del bus), para así purificar las almas –no mediante la hoguera, afortunadamente, sino mediante límites a la libertad de expresión–.

Nada de lo dicho implica que el bus –o los chistes del candidato– no sean criticables. Sin duda, son expresión de posturas odiosas y dolorosas para muchos. Pero es lo que hay. Y todo aquel que aspire a cambiar el ambiente público, debe intentarlo haciendo uso de todas aquellas posibilidades fabulosas que nos ofrece la libertad de expresión cuando se trata de criticar y señalar ignominias, y no tratando de acallar por ley al adversario.

Hay muchas y muy buenas razones para defender un entendimiento amplio de la libertad de expresión (entre otras, de tipo epistémicas, basadas en la autonomía, etc.). Pero hay una que el Frente Amplio debiese tener muy presente. Parafraseando libremente a Ronald Dworkin: si no limitamos la libertad de expresión de todos aquellos (los pastores Sotos criollos, o las ONGs que están detrás del bus) que acusan el mal supremo que realizamos en el mundo al proponer la Ley de Identidad de Género (o la no discriminación o el matrimonio igualitario o la adopción homoparental), cuando tengamos esta ley en el futuro ellos no podrán argüir que es ilegítima porque en su momento fueron silenciados.

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