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Nueva institucionalidad científica: la voz de los editores científicos de Chile

por 19 julio, 2017

No son pocos los factores que desde hace algunos años vienen alentando la necesidad de que la edición y comunicación científicas del país vayan adquiriendo fisonomía pública, es decir, que a la par con desempeñar las tareas que le corresponden en el medio académico y de la investigación, sea también capaz de asomarse al ámbito de la discusión más o menos abierta sobre los hechos y necesidades que le atañen, dejando de ser, al menos en alguna medida, un área anónima y sujeta a las constantes veleidades de la burocracia universitaria.

En la comunicación científica participan diversos componentes, comenzando por los mismos autores, generalmente académicos investigadores. Del conjunto de personas y flujos de trabajo que se dan cita, la tarea del editor (o editora) juega un rol de primer orden en tanto gestor y articulador de los encadenamientos que se dan cita en esta actividad. Sin ánimo de exagerar, bien puede concluirse que la mejor o peor suerte de cualquier proyecto científico-comunicacional radica, de modo preponderante, en la presencia o ausencia de la figura del editor. Ahora bien, con el ingreso de esta comunicación a la variedad de recursos que en los últimos años ha traído consigo el desarrollo de la internet, la función de los editores ha devenido en creciente complejidad siendo, aún más que en tiempos anteriores, instancia clave y primordial. En efecto, quien ocupe o quiera desempeñarse como editor en las circunstancias de hoy, el desafío importa no sólo conocer aspectos básicos de la materia a comunicar (ciencias y humanidades), sino, a la vez, estar al tanto en asuntos de administración, de redacción científica, de plataformas y software de edición, de marcaje de contenidos, de normas éticas y buenas prácticas editoriales, de desarrollo de audiencias, de participación en organismos técnicos y asociativos tanto nacionales como extranjeros, etc., elementos que, salvo excepciones, por lo común no están siendo advertidas ni menos atendidas por las autoridades universitarias ni del Estado.

Si bien en los hechos prácticamente todas las revistas académicas chilenas publican online la totalidad de sus contenidos, ello se hace sin que necesariamente exista una política explícita sobre ello. Se une a esto la poca claridad que existe respecto del manejo de los derechos de autor y la aún baja utilización de licencias alternativas a los tradicionales “derechos reservados”, como son las licencias Creative Commons.

No obstante, y por sobre las precariedades, el ámbito científico editorial del país busca hacerse sentir y aportar al desarrollo nacional desde el campo que le compete. Recientemente se ha llevado a cabo el segundo encuentro nacional del Foro de Editores Científicos de Chile (http://vtte.utem.cl/actividades/foro-editores-cientificos-chile-2017/). En la oportunidad, una cincuentena de profesionales vinculados a la comunicación académica provenientes de universidades públicas y privadas de varios puntos del territorio, abordaron y dieron a conocer su parecer sobre dos tópicos específicos: el desarrollo de políticas de acceso abierto a textos y datos, y la necesidad de que en la actual discusión sobre nueva institucionalidad científica nacional, el rol de los editores sea expresamente considerado por medio de acciones que junto con fortalecer la gestión de la información científica, contribuyan a dar reconocimiento y respaldo al ámbito científico editorial.

Si bien en los hechos prácticamente todas las revistas académicas chilenas publican online la totalidad de sus contenidos, ello se hace sin que necesariamente exista una política explícita sobre ello. Se une a esto la poca claridad que existe respecto del manejo de los derechos de autor y la aún baja utilización de licencias alternativas a los tradicionales “derechos reservados”, como son las licencias Creative Commons. Una claridad manifiesta en acceso abierto (no sólo de textos, sino también de otros productos de la producción científica) mediante mandatos y suscripciones de declaraciones internacionales en su favor por parte de universidades, representaría un paso inicial relevante a fin de construir modelos de comunicación científica de mayor impacto social. A la vez, se posicionarían de un modo más justo los resultados de nuestra ciencia y creación, aminorándose o llevándose a un lugar más equilibrado, la excesiva imposición que las empresas editoriales transnacionales (Elsevier, Clarivate Analytics, Springer, Sage, entre otras) realizan respecto de nuestra institucionalidad científica.

De otra parte, que los cambios anunciados en la organización púbica de la actividad científica, incluya una componente fortalecida de la propia comunicación de resultados, sería, a no dudar, un hito que, esperamos, comience con la propia participación de todos los que aportan a su realización: académicos, investigadores, editores, bibliotecarios, entre otros. No es misterio para nadie que desde hace mucho tiempo la actuación de los entes públicos y privados en acciones de comunicación científica se rige por la escasa o nula consulta a los interesados, la escasísima inversión y la irrelevante gestión de la información que recolectan. Correlato de esto, es la atención preferente y la entrega de importantes recursos a empresas que desarrollan métricas y señalan “el lugar” de las ciencias locales en el contexto del mainstream de journals de corriente principal, proyectando esta única mirada de lo científico al conjunto de las organizaciones universitarias y de investigación.

En consecuencia, el segundo encuentro del Foro de Editores científicos ha permitido, en aportar a ellos y demás profesionales del sector, algunos elementos que permitan acrecentar su madurez, conocer y conocerse en la diversidad de realidades de cada cual y, por qué no, suponer la posibilidad de reconocimiento que se realiza respecto de la labor creativa y de investigación que el país necesita.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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