Las universidades católicas a 50 años de la reforma - El Mostrador

Jueves, 19 de octubre de 2017 Actualizado a las 10:03

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Las universidades católicas a 50 años de la reforma

por 11 agosto, 2017

A 50 años de las Reforma universitaria, algo más se puede esperar de las universidades católicas. Las miradas se centran en su autonomía (hacia afuera) y la libertad (hacia adentro). Este par de asuntos atañe a todo tipo de universidades. En las “católicas”, la cuestión tiene ribetes teológicos.

La razón de ser de las universidades católicas radica en Dios. Los cristianos creen que Dios “cree” en el ser humano. Esto es, que Dios confía que el ser humano puede sacar adelante la creación con su razón. Por lo mismo se puede decir: Dios “cree” en la universidad y celebra que los universitarios busquen libre y desinteresadamente una verdad que está implicada en Cristo, pero que nadie tiene cómo explicitar saltándose el escrutinio de los pares académicos o de los estudiantes sean cristianos o no.

Los problemas que a este respecto se plantean en las universidades católicas tienen que ver exactamente con la fe. Lo digo en dos sentidos. Primero, suele ocurrir que las autoridades eclesiásticas tienen mucho menos “fe” en el ser humano que la que Dios tiene en él. Esta carencia las lleva a tomar decisiones en la universidad que inhiben o claramente dañan la libertad que necesitan las facultades y los académicos para cumplir su misión. Esto es especialmente perturbador cuando en las universidades católicas se piensa que la fe de los universitarios en Dios es más importante que la fe de Dios en los universitarios. La piedad religiosa en los campus de estas universidades requiere ser observada con lupa, porque regularmente da pie a las confusiones más lamentables. Imaginar que por tener “fe religiosa” puede un universitario sacar ideas directamente de Dios como se hace de un cajero electrónico, constituye una suerte de “herejía”. El monofisismo es una herejía cristológica que, en términos contemporáneos, lleva a pensar que Jesús de Nazaret, por ser Hijo de Dios, fue eximido de la fatiga de la libertad, de pensar y de creer.

La tarea de las autoridades eclesiásticas universitarias debiera consistir en proteger a las universidades de estos poderes. Es decir, defender su autonomía. Y, por otra parte, buscar la manera de poner en juego el cristianismo dentro de la universidad, con un respeto sagrado por la libertad de sus integrantes. Pues el cristianismo no es “la verdad”. Es una apuesta a que existe una verdad, Cristo, que solo se reconoce cuando nos hace profundamente humanos y hermanos entre todos.

El asunto es complejo, en segundo lugar, porque la razón de ser de las universidades católicas es la inculturación del Evangelio. Si en una universidad católica la fe en Cristo no tuviera nada que aportar a la razón en su búsqueda de la verdad; si en ella los creyente pudieran acudir a las aulas en la mañana y a la iglesia por la tarde sin que ambas dimensiones de su vida no hicieran ningún contacto, la universidad incurriría en la herejía contraria: el nestorianismo. Esto es, que el Hijo de Dios y Jesús de Nazaret concurrirían en un mismo personaje, conservándose en él de algún modo incomunicadas las cualidades de uno y de otro.

¿Qué es inculturación del Evangelio? Es una apuesta. La Iglesia apuesta a que es posible articular fe y razón, fe y ciencia, fe y cultura en orden a configurar un mundo justo y fraterno. Es una apuesta, porque nadie tiene una receta para producir esta combinación de elementos heterogéneos. Solo se lo puede conseguir probando y equivocándose, haciéndose cargo del desgarro de la humanidad, luchando contra los poderes fácticos (empresas, grandes donantes, partidos, Estado) que desvían las energías intelectuales para alcanzar bienes particulares (no uni-versales). Las universidades se deben a la totalidad de la humanidad. Las universidades “católicas” (en griego, “universales”) lo mismo, por esta precisa razón.

La tarea de las autoridades eclesiásticas universitarias debiera consistir en proteger a las universidades de estos poderes. Es decir, defender su autonomía. Y, por otra parte, buscar la manera de poner en juego el cristianismo dentro de la universidad, con un respeto sagrado por la libertad de sus integrantes. Pues el cristianismo no es “la verdad”. Es una apuesta a que existe una verdad, Cristo, que solo se reconoce cuando nos hace profundamente humanos y hermanos entre todos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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