¿De qué estamos hablando cuando utilizamos el concepto de homosexualidad? - El Mostrador

Sábado, 18 de noviembre de 2017 Actualizado a las 01:17

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¿De qué estamos hablando cuando utilizamos el concepto de homosexualidad?

por 20 agosto, 2017

Argumentos esencialistas

Esta columna tiene como objetivo entregar una pequeña y posible reconstrucción de la historia del concepto “homosexualidad” en los discursos científico-médicos occidentales. ¿Por qué? Se preguntará el/la lector/a. Desde un punto de vista posestructuralista, muchos de los conceptos, que actualmente pertenecen al “sentido común” de las personas, tienen una historia, probablemente no un origen, pero a través de herramientas como la deconstrucción, podemos rastrear y comprender los procesos a través de los cuales un concepto como el de “homosexualidad” termina, hoy en día, siendo utilizado como si algo en él representara la esencia más íntima de ciertas personas.

Esta columna busca responder y cuestionar discursos esencialistas sobre la homosexualidad. Me parece que hoy en día, especialmente en tiempos de elecciones donde la protección o rechazo de los derechos de personas LGBTIQ* forman parte de muchas de las campañas presidenciales, es de vital importancia comprender de qué estamos hablando cuando utilizamos ciertas palabras con fuerte contenido ideológico.

Deconstrucción del concepto “homosexualidad”

En el año 1868 el periodista austro-húngaro Karl Maria Kertbeny le escribió directamente al ministro de justicia de la época una queja oficial, criticando una ley que penalizaba los actos sexuales entre hombres más severamente que aquellos entre mujeres Fue en esta carta, donde por primera vez en el lenguaje aparecieron los conceptos: naturaleza homosexual, pasión homosexual e impulso homosexual (Kertbeny 2000: 106). Recién en el año 1880, el psiquiatra alemán Gustav Jäger crea el concepto de “heterosexualidad” en contraposición al de “homosexualidad” (Mieszkowski 2014: 44). Este fenómeno es lo que, cien años después, el filósofo francés Michel Foucault llama el reemplazo del sodomita de la tradición judeo-cristiana por el homosexual. Mientras la sodomía era un concepto religioso perseguido y criminalizado por el derecho canónico, la homosexualidad está, según Foucault, más relacionado con los nuevos discursos jurídicos y médicos del siglo XIX (Foucault 1978: 45)

En 1889 la categoría “homosexualidad” pasó a ser una patología asociada con la desviación sexual dentro del discurso científico-médico de la época. Fue en este año, cuando el psiquiatra alemán Carl Friedrich Otto Westphal se negó a defender a un grupo de hombres acusados de “practicantes de fornicación antinatural”, argumentando que estas personas estaban afectadas por una condición congénita, lo que los hacía inmunes a cualquier tipo de persecución jurídica (ibid.). Es así como dentro de la medicina, especialmente de la incipiente sexología y psiquiatría, la homosexualidad dejó de ser un problema de fornicadores; el problema era ahora médico, lo cual llevó a la creación de una gran cantidad de tratamientos para encontrar su cura.

Es importante destacar que la llamada sexología era en aquel entonces una rama de la medicina que buscaba, principalmente, estudiar “sexualidades anormales”. El estudio de “sexualidades anormales” contribuyó a la creación de una rama muy especifica dentro conocimiento científico en occidente, una rama de la medicina que tenía como objetivo clasificar, analizar y definir las conductas sexuales de los seres humanos. No es un dato anecdótico que las ciencias naturales de la época fuesen practicadas, casi únicamente, por hombres blancos de clases medias y altas bajo el paradigma científico positivista; es decir, el objetivo de dichos científicos se centraba principalmente en la objetivación de prácticas sexuales que, hasta ese momento, pertenecían a la esfera privada de las personas (ibid.).

Si bien la sexología y la psiquiatría crean todo un cuerpo de conocimiento en torno a la homosexualidad como patología, es este mismo hecho el que permite que las personas oprimidas por su poder decidan organizarse para hacer frente a la injusticias y atropellos que este fenómeno trajo consigo. El nacimiento de la homosexualidad dio paso a la creación de organizaciones nacionales y transnacionales que hasta el día de hoy luchan por los derechos de las personas LGBTIQ* alrededor del mundo.

En Europa, específicamente en Austria y Alemania, los debates en torno a la “homosexualidad” continuaron durante la última década del siglo XIX. Mientras Otto Westphal consideraba la homosexualidad como una enfermedad relacionada a una “sensación sexual contraria”, el abogado y fuerte efensor de la descriminalización de la homosexualidad, Karl Heinrich Ulrich creía que la homosexualidad debía ser considerada una categoría más dentro del gran espectro de sexualidades diversas. Para dar soporte a sus argumentos, Ulrich se basaba en sus propios estudios históricos sobre la antigüedad clásica, donde los “Uranistas”, término utilizado por él en su lucha por la descriminalización, eran considerados cuerpos masculinos y femeninos, aceptados por la sociedad, los cuales estaban habitados por espíritus del sexo opuesto.

En 1894 el psiquiatra austro-húngaro Richard von Krafft_Ebing establece en su libro Psychopatia Sexualis, que el deseo homosexual es un error evolutivo. Debido a esto debía ser, por un lado, descriminalizado, pero por el otro patologizado como una enfermedad congénita. Contrario a esta definición, el padre del psicoanálisis Sigmund Freud consideraba que la homosexualidad no era ni una desviación de la norma heterosexual ni un vicio, sino otra forma más de sexualidad que se originaba debido a la “detención del desarrollo sexual” en una fase especifica del desarrollo humano.

Como podemos observar, el nacimiento de la homosexualidad estuvo profundamente marcado por la falta de unanimidad. Por un lado el debate científico-médico permitió el cuestionamiento de las injustas persecuciones de los llamados sodomitas. Sin embargo, por el otro lado, las personas diagnosticadas con “homosexualidad” se vieron confrontados con un organizado aparato científico-médico que los clasificó como personas enfermas. Durante este período, miles de personas fueron víctimas de agresivas terapias que buscaban, a través de electroshocks y extirpación de glándulas cerebrales, la rectificación de sus conductas desviadas. Tuvieron que pasar más de 100 años para que la homosexualidad fuera eliminada, en 1973, del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría. Recién en 1990, fueron eliminadas de la Clasificación Internacional de Enfermades de la OMS todas las referencias asociadas a enfermedades mentales en relación a la homosexualidad.

El biólogo y sociólogo Jürgen Voß nos invita en sus investigaciones a analizar el “nacimiento de la homosexualidad” desde una perspectiva socio-biológica. De acuerdo a Voß, es necesario identificar el cambio de paradigma que estaba ocurriendo en la Europa moderna de los siglos XIX y XX para comprender los orígenes de la homosexualidad como categoría de enfermedad. Según este investigador alemán, durante el siglo XIX, el hombre blanco europeo emerge como ser superior en una jerarquía global. Similar a Michel Foucault, Jürgen Voß indica que durante este siglo, la modernidad europea, utilizando la ciencia como su mayor aliada, establece la superioridad de la raza blanca sobre otras, del hombre sobre la mujer, de la burguesía sobre el proletariado, y por supuesto, del heterosexual sobre el homosexual. Voß establece que durante el siglo XIX emerge en término normativos un “sujeto ideal”, uno que es hombre, blanco, europeo y heterosexual. Este nuevo sujeto se comienza a utilizar como el criterio normalizado que organiza la sociedad; cualquier ser humano o conducta que no se corresponda a esta medida ideal, corre el riesgo de ser marginalizado.

En este sentido, la homosexualidad debe ser comprendida como objeto de investigación dentro de las ciencias naturales. La homosexualidad fue construida por el aparato científico-médico del siglo XIX como una desviación de la norma, como una enfermedad mental, todo esto siempre en oposición a la heterosexualidad masculina y blanca la cual fue definida, también científicamente, como lo normal y natural. La homosexualidad no es solo construida, sino también naturalizada y reificada a través del tiempo. Esto quiere decir que este concepto tiene consecuencias concretas y reales sobre los cuerpos y las sociedades donde la ciencia se transforma en la única manera válida de comprender la realidad.

Esta visión posestructuralista de homosexualidad como categoría de poder no quiere decir que previo a la construcción de este concepto no hayan existido prácticas sexuales entre personas del mismo sexo. Lo que se está argumentando aquí, es que la dimensión social del conocimiento científico, ha sido constantemente invisibilizado. Existe, de alguna manera, una idea de que la medicina en particular y la ciencia en general se desarrollan fuera del contexto social en el cual estas son practicadas. Esto es lo que les otorga su carácter universal. Esta premisa puede llevar fácilmente a la creencia común de que las prácticas sexuales entre personas del mismo sexo siempre y en todas las sociedades han sido definidas como anormales y patológicas.

La ciencias naturales parece ser una actividad humana ahistórica y apolítica, una práctica humana que tiene, sin embargo, el poder de establecer una clara línea divisoria entre lo que es verdad y lo que es falso, entre lo que es normal y anormal. Es por esta razón que es de particular importancia contextualizar el nacimiento de la homosexualidad occidental dentro de un contexto especifico y siempre en oposición a un modelo de normalidad y eficiencia que caracteriza a la modernidad europea. Siguiendo las investigaciones de la socióloga argentino-alemana Paulina Villa, se puede establecer que la universalidad de la homosexualidad está más relacionada con la posición hegemónica de las ciencias naturales dentro de las diversos conocimientos humanos, que con su existencia a nivel esencial dentro de los cuerpos definidos como tal.

La doctora en psicología Sonia Soriano Rubio indica que la “investigación homosexual” debe ser comprendida como un proyecto que no está libre de los prejuicios que caracterizan a las jerarquías de género modernas. Soriano Rubio establece que desde su inicio hasta aproximadamente 1970, todas las investigaciones sobre la sexualidad humana parten desde la primicia de que la homosexualidad es una forma patológica de la sexualidad humana. Más aún, esta investigadora declara que toda la investigación en torno a la homosexualidad se centró durante 100 años en descubrir las causas de la homosexualidad y en desarrollar estrategias para eliminarla. Según Soriano Rubio, las teorías sobre el desarrollo de la homosexualidad hasta mediados del siglo XX carecen de bases científicas sólidas y no cuestionan la preconcepción de que la heterosexualidad es la única forma “correcta” de la sexualidad.

Si bien la sexología y la psiquiatría crean todo un cuerpo de conocimiento en torno a la homosexualidad como patología, es este mismo hecho el que permite que las personas oprimidas por su poder decidan organizarse para hacer frente a la injusticias y atropellos que este fenómeno trajo consigo. El nacimiento de la homosexualidad dio paso a la creación de organizaciones nacionales y transnacionales que hasta el día de hoy luchan por los derechos de las personas LGBTIQ* alrededor del mundo. En Chile, desde la primera manifestación de disidencia sexual el 22 de abril de 1973 en la Plaza de Armas de Santiago, las cosas han cambiado considerablemente. Ese día unos veinticinco homosexuales y transgéneros se reunieron para protestar en contra de los abusos de carabineros. Creo que hoy somos más, hoy tenemos mayor acceso a información y mayor poder de organización. Además, hoy en día la sociedad civil a cambiado, en parte, su percepción frente a la diversidad sexual. Sin embargo seguimos escuchando discursos que directa y/o indirectamente intentan re-patologizar, re-criminalizar y satanizar la diversidad sexual. Las consecuencias de este fenómeno a nivel personal y social son infinitas. Esta columna pretende ser un aporte al debate político y social en torno a los derechos LGTBIQ*, y al mismo ser una herramienta que ayude a ampliar el conocimiento sobre la diversidad sexual.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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