La meritocracia: ¿Una tragedia? - El Mostrador

Sábado, 18 de noviembre de 2017 Actualizado a las 01:17

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La meritocracia: ¿Una tragedia?

por 21 agosto, 2017

Hace unos días  participé en un seminario organizado por COES donde comenté el excelente libro "Desiguales", de Larrañaga, Cociña y Frei (PNUD). En mi comentario me referí principalmente al tema de la meritocracia, un concepto central de este informe, y comparto abajo algunas de las ideas principales sobre este controvertido término.

Año 1958, y luego de algunas dificultades el sociólogo Michael Young logra publicar "El auge de la meritocracia" (The rise of meritocracy). Es él quien inventa el término recién hace 60 años, que por algún motivo suena bastante más antiguo, probablemente por el cariz helénico que le otorga "cracia" (de kratos: el poder). Desde entonces el uso del término en el discurso público está dotado de un carácter eminentemente positivo, un ideal a alcanzar: una sociedad donde aquellos con más esfuerzo y talento acceden a mejores posiciones y obtienen mayores recompensas. Una idea que en sus orígenes está a la base de la ruptura del "régimen antiguo", comúnmente asociado a la época feudal, donde privilegios como los títulos nobiliarios se otorgaban básicamente vía consanguinidad.

Es decir, una "parentocracia: tu situación es determinada por quienes son tus padres, la desigualdad social depende del origen. Este tipo de desigualdad, mantenida por siglos, comienza a ser tensionada por los ideales de igualdad de la Ilustración, simbolizados en la revolución francesa. Antiguas desigualdades son consideradas injustas, y se apela ahora a la igualdad. Pero en realidad, lo que sucede es que se reemplaza el principio que justifica la desigualdad: antes por origen, ahora principalmente por mérito. Esto es lo que se encuentra a la base de que actualmente a pocos les hace ruido que un médico gane más que un obrero: una desigualdad legitimada, y es por eso que en sociología surge la tesis del mérito como principio de legitimación de las desigualdades en sociedades modernas.

¿Es esto, entonces, el ideal a alcanzar con la meritocracia? Como dice el título de esta columna, detrás de la íronía hay claramente un componente trágico, en realidad dramático, que no voy a revelar para incentivar a leer este libro. Ahora bien, ¿implica esto entonces renunciar al mérito como principal principio distributivo? ¿qué alternativas tenemos?

Esta concepción del mérito como legitimador no es fácil de asumir, sobre todo dada presión simplificadora de nuestras mentes para evaluar en base a polos: ¿entonces es malo? ¿o es bueno? Está fuera del objetivo de esta columna responder estas preguntas, pero el concepto de mérito nos sirve,por un lado, para mostrar claramente la diferencia entre desigualdad y justicia. De hecho, la gran pregunta al respecto no es cómo logramos la igualdad, sino qué tipo de desigualdades pueden ser consideradas justas. Y por supuesto estamos claramente conscientes que la valoración del mérito no ha necesariamente implicado generar sociedades más justas.

Y con esto de vuelta a Young. La novela "El auge de la meritocracia" no es un libro académico, sino una novela. Un estudiante de doctorado, supuestamente en el año 2033, analiza la implementación de criterios meritocráticos "al extremo" en Inglaterra durante las últimas décadas. Y es claramente una sátira, una ridiculización y también una advertencia de qué podría pasar en una sociedad donde constantemente se miden las capacidades de las personas con instrumentos estandarizados (como test de inteligencia, pruebas de rendimiento y de selección), y se selecciona a los mejores para que ocupen los cargos con más beneficios y poder. ¿Un ideal?

Revisemos algunas citas notables de este libro, que recordemos, es una sátira: - "El mundo observa por primera el espectáculo de una clase brillante: el cinco por ciento de la nación que sabe lo que significa cinco por ciento" - "Si tanto en el mundo adulto como también en la escuela, los estúpidos se mantienen juntos, a ellos no se les recuerda todo el tiempo su inferioridad (...) Esta solidaridad de clase, asumiendo que no está matizada por una ideología rebelde, puede ser, y ciertamente así lo ha sido, el soporte más valorable para la cohesión de la sociedad" - "Alrededor de 1990 todos los adultos con CI de más de 125 pertenecen a la meritocracia. Una gran proporción de los niños con CI sobre 125 fueron hijos de esos mismos adultos. Los "top" de hoy están criando a los "top" del mañana de manera tal que nunca hemos visto en el pasado. La elite está en camino de volverse hereditaria; los principios de herencia y mérito se están combinando. La transformación vital que ha tomado más de dos siglos en cumplirse está casi completa"

¿Es esto, entonces, el ideal a alcanzar con la meritocracia? Como dice el título de esta columna, detrás de la íronía hay claramente un componente trágico, en realidad dramático, que no voy a revelar para incentivar a leer este libro. Ahora bien, ¿implica esto entonces renunciar al mérito como principal principio distributivo? ¿qué alternativas tenemos? El cuestionamiento de la meritocracia nos arroja un poco al vacío, pero es algo que necesitamos tener presente al momento de valorar el esfuerzo, el talento y su medición de manera religiosa: esto no es inocuo, y puede tener resultados dramáticos. Así que mi recomendación es que la próxima vez que use la palabra meritocracia, vale la pena al menos detenerse a pensar de si es exactamente eso lo que queremos como sociedad.

Vuelvo nuevamente a Young para cerrar. Young falleció el año 2002, y tuvo tiempo de vivir para observar los usos del término que el inventó en 1958. Claramente decepcionado, confuso, y en ocasiones irritado, como cuando respondió públicamente a Tony Blair por utilizar en sus discursos de campaña el concepto de meritocracia como un ideal. Tuvo que recordarle que "el libro era en realidad una sátira". Pero probablemente Blair, ni muchos otros, lo siguen entendiendo.

Young, M. (1962). The Rise of the Meritocracy. Penguin Books, Baltimore.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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