Un debate republicano - El Mostrador

Sábado, 18 de noviembre de 2017 Actualizado a las 21:18

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Un debate republicano

por 12 noviembre, 2017

Un peak de 50 y un promedio de 40,3 puntos registró la transmisión del Debate Presidencial Anatel 2017 durante la noche del 6 de noviembre. Fue emitido simultáneamente por los canales de televisión abierta TVN, Mega, Chilevisión, Telecanal, UCV y Canal 13, constituyéndose en un evento nacional de alto alcance en materia de audiencia.

Se desarrolló a través de un formato de preguntas individuales realizadas por los diferentes periodistas a cada uno de los candidatos y candidatas, con una especie de derecho a réplica donde se les permitió responder a interpelaciones o acusaciones.

Una vez finalizado, Ernesto Corona presidente de Anatel calificó la instancia como un éxito en sintonía y un espacio donde primó el espíritu republicano acordado previamente al evento.

Con debates de este tipo, campañas basadas en la agresión para generar polémica, y acusaciones sin fundamento para ganar unos minutos en noticiarios centrales, no es de extrañar que la distancia entre ciudadanía y política sea cada vez más amplia. Así, tampoco sería extraño que a la gran mayoría de ciudadanos y ciudadanas, la discusión acerca del futuro del país le sea poco atractiva, e incluso agotadora, y por consecuencia, el esfuerzo de levantarse el domingo y acudir a votar tenga cada día menos sentido.

Curiosa visión de espíritu republicano la de Don Ernesto, pues usualmente este término refiere justamente a lo contrario de lo sucedido en el debate. Un debate con espíritu republicano sería uno tolerante de las diferencias, en donde se anteponga el interés público, de país, a los intereses particulares de cada participante. Uno donde se intentara de alguna forma mostrar diferencias entre cada visión y proyecto político para promover un voto informado. Una conversación sobre proyectos, programas, visiones de país, etc.

Quienes vimos el debate no nos encontramos con nada de eso. Más bien, se trató de un conjunto de entrevistas a cada candidato o candidata, con preguntas, que -al parecer- surgieron del historial de polémicas, peleas, dichos desafortunados y conflictos, con que los medios han narrado la trayectoria de cada aspirante al sillón presidencial. Así, gran parte de las respuestas y alocuciones de sus participantes se dedicaron a desmentir, aclarar y/o rectificar los incisivos cuestionamientos que hacía cada periodista.

Los espacios para el derecho a réplica fueron lejos las situaciones más tóxicas y menos republicanas del debate. Momentos con frases profundamente ofensivas, sin contenido político, ni discusión de propuestas. Más bien, fue el escenario perfecto para que los participantes más avezados generaran situaciones tensas, ácidas, que luego los medios premiaron con noticias y apariciones en portada. Bajo esta lógica, quienes ganaron fueron justamente los participantes menos republicanos, y por cierto, más desesperados por aparecer en pantalla a cualquier precio.

De esta forma, si un profesor o profesora pidiera a sus estudiantes que hicieran un resumen de las principales propuestas de cada candidato y candidata analizando el debate ¿Podrían describir propuestas o sólo entregarían al profesor un resumen de polémicas y agresiones? Lenin, la agresión del diputado Meza a Marco Enríquez-Ominami, Kast y los condones, la corrección de Artes a Piñera, entre otras peleas y acusaciones de un espíritu republicano admirable.

Con debates de este tipo, campañas basadas en la agresión para generar polémica, y acusaciones sin fundamento para ganar unos minutos en noticiarios centrales, no es de extrañar que la distancia entre ciudadanía y política sea cada vez más amplia. Así, tampoco sería extraño que a la gran mayoría de ciudadanos y ciudadanas, la discusión acerca del futuro del país le sea poco atractiva, e incluso agotadora, y por consecuencia, el esfuerzo de levantarse el domingo y acudir a votar tenga cada día menos sentido.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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