Feminismo en disputa para una contrahegemonía feminista. Diálogos con Gramsci - El Mostrador

Martes, 12 de diciembre de 2017 Actualizado a las 19:08

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Feminismo en disputa para una contrahegemonía feminista. Diálogos con Gramsci

por 4 diciembre, 2017

Debemos combatir el discurso que presenta como antagónicas la lucha por el reconocimiento y la lucha de clases. Esta falsa dicotomía sólo ha alimentado al poder hegemónico en la reproducción del orden social, fraccionando en identidades, debilitando a las clases subalternas e impidiendo su emergencia como actores políticos autónomos, con una mirada propia y un proyecto de transformación social elaborado al calor de sus luchas.

* En los años noventa se escuchó con fuerza en América Latina “que el patriarcado se terminó, que la igualdad ya se conquistó”. Esta afirmación no es casual, responde a la política de la integración, como se denominó, de las feministas en la institucionalidad, que se convierte en la forma feminista posible, conviviendo en directa relación con el avance, sin mayor freno, de la hegemonía neoliberal. Sin embargo, antes de entrar en este punto, me detendré en el mismo término: “hegemonía”, para ello, y en ocasión al presente seminario, haré referencia a Alejandra Castillo en Gramsci, con su texto Contrahegemonía Feminista, para la presente edición de Ciudad Futura.

“La hegemonía es una forma de dominio. Sus medios no son la mera opresión o la violencia, sino que lo suyo es la aceptación y el consenso”. Para Antonio Gramsci, la hegemonía implica necesariamente que la visión y los valores de la clase dominante se transformen en “sentido común”. ¿Qué ha significado eso para las mujeres? ha significado que nos corresponde como rol/identidad natural y por tanto incuestionable, el trabajo de cuidados, del amor, de la crianza, junto a la incorporación masiva al trabajo asalariado, operando una transformación profunda y radical de la familia, produciéndose, como explica Federici[3], una serie prácticas de desposesión y disciplinamiento de las mujeres para la aceptación y consenso social de la opresión de género en el capitalismo, cuyo núcleo son las relaciones de explotación, dominación, alienación, jerárquicas, generizadas y racializadas. El dispositivo de género en la familia heteropatriarcal, es constitutivo de las formas capitalistas de ser hombre y mujer, que como señala Cinzia Arruza, dan lugar a un orden social que jerarquiza trabajos y con ello jerarquiza cuerpos en base a la diferencia sexual.

Ahora, ¿qué ha pasado con el feminismo? en un escenario de capitalismo avanzado, de neoliberalismo. Ha convivido, sin duda, en lo público, una presencia de políticas de género, que en base al discurso de la equidad para la igualdad de oportunidades, ha promovido una serie de leyes y orientaciones para mujeres en tanto madres y emprendedoras, manteniéndose nuestra triple contribución al capital en la explotación de nuestras vidas y cuerpos. En Chile, como bien lo explica Luna Follegati, lo podemos ver post dictadura, en lo que conocemos como la transición, que en base al desarme y a la descomposición del tejido social, la institucionalización de ciertos sectores del feminismo respondió, más bien, a los designios del neoliberalismo, que a otra orientación política.

El feminismo se había alzado desde una crítica radical a las relaciones sociales dominantes, teniendo en los ochentas, una lucha directa contra el régimen dictatorial, resignificando una democracia sustantiva distinta de lo meramente procedimental que se expresó en la consigna “democracia en el país, en la casa y en la cama”, configurándose como una actoría subversiva para la renovación política de la transición, que requería lo opuesto, es decir, un nuevo pacto neoliberal en democracia formal. En este sentido, el feminismo en su institucionalización se escinde de la emancipación, y es procesado en la forma política y económica del bloque del poder, así se posiciona, principalmente, el Sernam, hoy Sernameg, impulsando “la política del género”, entendida como política de mujeres en tanto madres y emprendedoras, transando la utopía de la emancipación feminista y la transformación de la totalidad, por la incorporación de medidas y mecanismos gubernamentales que buscaban abordar inequidades desde la incorporación del ser mujer en el capital, como portadora natural de la diferencia materna, fortaleciéndose, con ello, un identidad del ser mujer, propia del discurso liberal.

En este orden de ideas, el pacto de clase, generizado y racializado, que se expresa en el estado subsidiario, tiene dos grandes orientaciones, por un lado, las mujeres/madres pobres donde se focaliza la política de bonos, por ejemplo bono por hijo, el programa jefas de hogar como extensión de las labores de cuidado en el trabajo productivo y por otro lado, para el resto de las mujeres explotadas que no entran en la tecnocracia de la focalización, la equidad de género en la igualdad de oportunidades para el acceso al mercado.

En este contexto, quiero traer de vuelta discusiones que protagonizó Gramsci, combatiendo el marxismo de la II Internacional por considerarlo plagado de herencias del pensamiento burgués, que reproducía economicismo. Un pensamiento débil que cree que la historia es movida por leyes económicas “naturales”, postulado que proclamaba la economía política burguesa, sosteniendo que el capitalismo se iba a derrumbar por sus propias contradicciones y que el movimiento obrero no debía sino esperar ese derrumbe conquistando ciertas mejoras mientras eso ocurría. La preocupación de Gramsci radicaba en el carácter subalterno de ese tipo de marxismo, que miraba con los ojos de la burguesía e impedía la constitución de un proletariado que ha conquistado su autonomía política y teórica.

Por qué traigo este debate de vuelta, precisamente para abordar la provocación con la que partí esta presentación: en los años noventa se escuchó con fuerza en América Latina “que el patriarcado se terminó, que la igualdad ya se conquistó”. Esta afirmación no se escinde del avance sin freno de la hegemonía neoliberal, al contrario, vincula el problema de la infiltración del neoliberalismo en las políticas de género y la necesidad desde el feminismo de superar ese peligro.

En el texto “Algunos aspectos teóricos y prácticos del economicismo” Antonio Gramsci, debate contra vertientes reformistas del sindicalismo a las que llama “sindicalismo teórico”, señalando que “Hay que estudiar en qué medida el sindicalismo teórico se ha originado en la filosofía de la práctica y en qué medida se deriva en realidad de las doctrinas económicas del librecambio, o sea, del liberalismo en último análisis. Por eso hay que estudiar si el economicismo, en su forma más consumada, no es de filiación liberal directa y no ha tenido ya, en sus orígenes mismos, sino muy pocas relaciones con la filosofía de la práctica, relaciones, en cualquier caso, solo extrínsecas y puramente verbales.” En este sentido, Nancy Fraser efectúa un extenso análisis respecto a cierta presencia feminista, que no deviene feminista, que es, precisamente, la política de género, la cual en nombre del feminismo deviene neoliberal, careciendo de toda capacidad para impugnar el orden injusto, al no cuestionar en su práctica los modos en que se asocia mujeres y maternidad, en el trabajo productivo como en el mal llamado trabajo no productivo, siendo el trabajo de cuidados, un orden de dominio y explotación sexuado.

De esta manera, se justifica la eficiencia del orden económico y con ello, la expropiación de nuestras banderas emancipatorias por un neoliberalismo que ha logrado conciliar la demanda de autonomía e igualdad de género, con la subordinación y la explotación. El neoliberalismo ha dado una aparente resolución de estas demandas en el supuesto de que nuestras banderas se resumen en libertad mercantil, emprendimiento, meritocracia y ascenso de una élites de mujeres.

Esta apropiación y resignificación de idearios por parte del capitalismo en su forma neoliberal, pueden mirarse en la preocupación de Gramsci respecto al librecambismo como la teoría de la burguesía que ha llegado a constituirse en clase dominante y dirigente, por lo que es una teoría propia de esa clase, mientras que el sindicalismo teórico o reformista es una teoría que evidencia que el proletariado está bajo la influencia ideológica de la burguesía y no se ha constituido como clase autónoma. En sus palabras: “El nexo entre la ideología librecambista y el sindicalismo teórico es sobre todo evidente en Italia, donde es manifiesta la admiración de sindicalistas (como Lanzillo y Cía. por Pareto).

La significación de esas dos tendencias es, sin embargo, muy distinta: la primera es característica de un grupo social dominante y dirigente; la segunda, de un grupo todavía subalterno que no ha conquistado aún una conciencia de su fuerza y de sus posibilidades y modos de desarrollo, razón por la cual no sabe todavía salir de su fase de primitivismo”. “La consecuencia de que elementos de la ideología burguesa se cuelen en el movimiento obrero” -que en este caso sería la infiltración del neoliberalismo en el feminismo- es que le impide superar la condición subalterna y volverse hegemónico: “un grupo subalterno, al cual se impide con esta teoría que llegue a ser jamás dominante, que se desarrolle más allá de la fase económico-corporativa para alzarse a la fase de hegemonía ético-política en la sociedad civil y de dominio en el Estado”.

“En el movimiento del sindicalismo teórico la cuestión se presenta con más complejidad; es innegable que en él la independencia y la autonomía del grupo subalterno, que se pretende expresar, se sacrifican, en cambio, a la hegemonía intelectual del grupo dominante, porque precisamente el sindicalismo teórico no es sino un aspecto del liberalismo económico”. Esta afirmación es clave y necesaria para entender la disputa al carácter político del feminismo, en ello, Alejandra Castillo nos advierte con claridad que las políticas del género, en nombre de políticas eficientes para las “mujeres/madres/emprendedoras”, no dudan en volver contiguas las palabras “género”, “elite” y “poder”, siendo más bien, un síntoma del neoliberalismo y un síntoma de una democracia elitista.

¿Es posible, entonces, una contrahegemonía feminista? categóricamente sí, para ello, como dice Gramsci hay que combatir “en la teoría y la práctica de la política. En este campo, la lucha puede y debe conducirse desarrollando el concepto de hegemonía”. Debemos desprivatizar y desfeminizar la reproducción general de la vida social, donde el neoliberalismo produce subjetividades funcionales a su reproducción y en tanto hegemonía norma también identidades, sexualidades y relaciones personales, trabajos. Para ello, debemos rebelarnos al discurso dominante que nos trata y nos acusa de “particularismo” ofreciendo una salida contrahegemónica a la crisis global producida por la explotación neoliberal sobre la inmensa mayoría de la población.

Debemos combatir el discurso que presenta como antagónicas la lucha por el reconocimiento y la lucha de clases. Esta falsa dicotomía sólo ha alimentado al poder hegemónico en la reproducción del orden social, fraccionando en identidades, debilitando a las clases subalternas e impidiendo su emergencia como actores políticos autónomos, con una mirada propia y un proyecto de transformación social elaborado al calor de sus luchas.

En Gramsci, que los subalternos dejen de ser subalternos y se conviertan en clase dirigente, capaz de conducir al conjunto de los explotados en la lucha por el socialismo elaborando su propia visión de mundo, autónoma.

*Publicado en RedSeca.cl

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