La gratuidad no es un lucro político - El Mostrador

Miércoles, 13 de diciembre de 2017 Actualizado a las 12:10

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La gratuidad no es un lucro político

por 6 diciembre, 2017

Max Planck, el gran físico alemán, dijo que una nueva idea nunca triunfa por convencer a sus oponentes, sino más bien porque sus oponentes finalmente mueren y llega una nueva generación ya familiarizada con ésta.

Esto parece equivocado en lo referente a la idea de la gratuidad universitaria: ¡el ex mandatorio Piñera bien supo cambiar de opinión! Sin embargo, Pablo Ortúzar, en un artículo de La Tercera del 3 de diciembre, sigue con el viejo argumento de que la educación gratuita es injusta y regresiva. De hecho, consiste, en su universalidad, en subvencionar los estudios de los hijos de familias privilegiadas – que no necesitan este apoyo y son, con mucho, los más numerosos en seguir estudios universitarios. ¿No es ésta una redistribución muy regresiva?

El argumento es muy hipócrita y poco realista. La redistribución de un sistema social debe evaluarse globalmente, y no cortando cada servicio público como si se pudiere tener un precio de mercado para cada uno por separado. La redistribución se hace también y sobre todo por los impuestos. Sí, los hijos de familias ricas beneficiarían más de la universidad gratuita, pero sus padres, a través de sus impuestos, pagan más para que los hijos de los pobres tengan acceso a ella, y será cada vez más en el futuro.

La tributación ni siquiera necesita ser progresiva para la redistribución: los estudios de pobres y ricos cuestan lo mismo, mientras que el impuesto de los ricos es mucho mayor, incluso en el caso de proporcionalidad pura.

La educación es una prioridad vital para Chile. Aquí hay un país que todavía es en gran medida un país "petrolero", excepto que aquí el petróleo se llama cobre, salmón o litio. Con las mismas consecuencias económicas: actividades que son muy externas y tienen bajas repercusiones internas. Como resultado, una balanza comercial excedente, un peso chileno alto, que eleva el costo de la vida y los salarios y obstaculiza la competitividad industrial. La bendición del cobre es también una maldición.

Más que eso, la universidad mayormente gratuita es la forma más realista disponible para un país de ingresos medios como Chile.
Vemos las alternativas, de hecho: no existe ni el nivel de riqueza, ni la tradición de la filantropía en Chile para que los ‘ultraricos’ financien el sistema universitario como en los Estados Unidos.

Un sistema masivo de préstamos estudiantiles es parte del mismo argumento hipócrita: dice que dado que los estudios aumentan el "capital humano" del estudiante y, por lo tanto, sus ingresos futuros, parece justo que reembolse esa inversión. Pero de nuevo, este alumno más rico pagará mañana su deuda con impuestos más altos. Además, ¿tiene Chile un sistema financiero que hace que esos préstamos sean efectivos (competencia, tasa de interés conveniente…)? Incluso en los Estados Unidos, esto conduce al sobreendeudamiento, una nueva forma de ‘subprimes’ que es bastante amenazante.

Las becas son una solución, por supuesto. Y ya existen bajo varios criterios: de ingreso de los padres o de mérito de los estudiantes. Son necesarias para cubrir una parte del costo de los estudios que incluye no solamente el pago de la universidad sino que también los gastos de subsistencia del estudiante y el costo de oportunidad de no elegir un trabajo de inmediato.

En la parte personal del financiamiento de estos gastos esta el incentivo que busca Pablo Ortúzar para ir rápido y bien en sus estudios universitarios. Pero es una ilusión pensar que solamente un sistema de becas permitirá al país promover una educación superior de calidad, salvo si se destina el mismo costo presupuestario que él la gratuidad.

La educación es una prioridad vital para Chile. Aquí hay un país que todavía es en gran medida un país "petrolero", excepto que aquí el petróleo se llama cobre, salmón o litio. Con las mismas consecuencias económicas: actividades que son muy externas y tienen bajas repercusiones internas. Como resultado, una balanza comercial excedente, un peso chileno alto, que eleva el costo de la vida y los salarios y obstaculiza la competitividad industrial. La bendición del cobre es también una maldición.

Todas las fuerzas políticas del país parecen coincidir en la necesidad de salir por encima, promoviendo actividades de alto valor agregado, aprovechando la solidez de las instituciones chilenas para extenderse por toda América Latina. Esto requiere una fuerza de trabajo altamente calificada y, por lo tanto, un amplio acceso a una educación superior de calidad. La gratuidad universitaria es la peor solución, ¡verdad!... a excepción de todas las otras.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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