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Un gabinete para Sebastián Piñera, no para Chile Vamos

por 26 diciembre, 2017

Un gabinete para Sebastián Piñera, no para Chile Vamos
Este primer gabinete proyectará el tipo de Gobierno que conducirá Piñera para cumplir con su meta personal, además de enfrentar un Congreso sin mayorías, una oposición dividida en dos grupos, una posible efervescencia social de estudiantes y sindicatos por los cambios a la educación y reforma laboral, ya anunciadas; una situación económica estrecha, la tensión entre JA Kast –que ya informó el fin de semana que quiere ser candidato en 2021 y que no comparte la política de los acuerdos–. La promesa de “los tiempos mejores” y el sueño de Piñera lo obligarán a tener un gabinete muy político, con muchos rostros nuevos –la gente sigue desconfiando de la clase política tradicional–, pero especialmente con habilidades sociales y blandas que les permitan negociar, escuchar más y, por supuesto, enfrentar muchos momentos de crisis.
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Qué duda cabe, Sebastián Piñera Echenique ha sorprendido desde la noche del 17 de diciembre en adelante. Cambió radicalmente su relato y tono, intentando dejar atrás ese lenguaje agresivo que caracterizó a la segunda vuelta. El Presidente electo comenzó de inmediato a repetir conceptos como "acuerdos", "diálogo", "unidad", "entendimiento". También valoró las diferencias y el pluralismo de ideas. Un quiebre en relación con el ambiente tenso y polarizado que logró movilizar a más gente de la esperada a la urnas, muchos de ellos impulsados por el temor de terminar gobernados por Maduro o Trump.

Dos son las razones para este giro del Mandatario electo. En primer lugar, lo obvio: su Gobierno será mucho más difícil de lo que soporta una frase publicitaria. Sin ir más lejos, la misma noche del triunfo recalcó que el camino a los tiempos mejores no va a ser fácil y que, por tanto, requerirá del compromiso de todos. Inevitablemente, el eslogan “la alegría ya viene” es una especie de fantasma que transformó una promesa emocional en una frustración para muchos chilenos. “Los tiempos mejores” tiene ese riesgo y Piñera y su equipo lo saben.

En segundo lugar, Sebastián Piñera tenía muy claro, desde hace mucho tiempo, los objetivos que quiere cumplir en su segundo mandato, los que lo motivaron a volver a La Moneda. Piñera, de seguro, tiene el sueño de  quedar en la memoria colectiva como el mejor Presidente de la historia contemporánea. Y trabajó para eso desde el 12 de marzo de 2014. Mantuvo una suerte de Gobierno en las sombras, con ministros incluidos. De hecho, Andrés Chadwick y Cecilia Pérez permanecieron a su lado a tiempo completo. Desplegó sus múltiples organizaciones y Fundaciones –como Tantauco y Futuro– y se mantuvo en la agenda pública desde el día uno, rompiendo esa vieja tradición republicana de que los ex presidentes se retiran a los cuarteles de invierno por un tiempo, para evitar hacer sombra a su sucesor.

Pero, estoy seguro, Piñera Echenique volvió para tomarse una revancha de algo que no logró en su primer mandato: que la ciudadanía lo valorara no solo por su eficiencia o gestión, sino que también le tuviera afecto y cariño. Esa sana envidia que le despertaba la Michelle Bachelet de fines de 2009. Creo que este es el gran sueño de Piñera. Y, claro, el personaje que hemos visto desde el 17D parece tener en mente ese objetivo

La semana anterior fuimos testigos de un hecho inédito de nuestra democracia. Además del cambio de discurso de Piñera, el Jefe de Estado electo tuvo encuentros con la Presidenta Bachelet, Ricardo Lagos y reuniones de trabajo con la mayoría de los ministros en ejercicio. Una práctica inusual, que entrega una señal importante de estabilidad institucional.

Por supuesto que los encuentros con los ministros son muy potentes y hablan bien de Piñera y Bachelet, pero poco se ha reparado en lo de fondo de esta señal enviada a los chilenos. Lo esperable es que estas reuniones fueran delegadas y, por tanto, encabezadas por los principales asesores del Presidente electo y, claro, se realizaran algunas semanas después de las elecciones. Pero no, Sebastián Piñera optó por dirigirlas él mismo, ni siquiera estuvo acompañado de sus asesores y menos de dirigentes de los partidos que lo apoyan. El Presidente electo solo, para no dejar dudas de quién es el que manda aquí. Fiel a su estilo, a la forma en que condujo los negocios y su Gobierno la primera vez.

En ese mismo sentido, mucho se ha especulado sobre el gabinete que anunciará Piñera durante la primera quincena de enero –antes de la llegada del Papa y de manera de instalar dos meses antes la percepción de que ya están gobernando–. Incluso, durante el fin de semana navideño, La Tercera publicó una encuesta a cien líderes de opinión, los que eligieron al equipo económico –denominado dream team– que debería dirigir la política financiera del país.

Los medios han recogido los nombres que los partidos han hecho trascender y quieren imponerle a Piñera. En primer lugar, están los que optaron por no ir a la reelección parlamentaria y, por consiguiente, tendrían un cupo asegurado, como Cristián Monckeberg, Alberto Espina o Hernán Larraín. En la misma situación estaría Francisco de la Maza, quien no se presentó a la segura alcaldía de Las Condes con la expectativa de ser intendente de Santiago. También se da como fijos a algunos derrotados en 19 de noviembre, como Lily Pérez –aunque algunos especulan que sería intendenta de Coquimbo, cargo que le ayudaría a postular luego a senadora por la zona– y Andrea Molina.  

Sylvia Eyzaguirre suena en Educación; Andrés Chadwick se repetiría el plato en Interior; Enrique París sería ministro de Salud; Rodrigo Vergara parece ya listo como titular de Hacienda; José Ramón Valente o Klaus Schmidt-Hebbel se disputan Economía; Lucas Palacios asumiría en OO.PP.; Hernán Larraín podría ser el canciller; Felipe Ward entraría como vocero de Gobierno –supongo que alguien analizará el nivel de agresividad que tiene con la futura oposición, lo que parece no estar en el diseño de Piñera poselección–; Espina o Monckeberg manejarían las relaciones con el Parlamento a través de la Segpres. También están en la fila Carlos Larraín, Carmen Ibáñez, Gonzalo Cordero –aunque quedó “rayado de pintura” en la primera vuelta–, Ernesto Silva e incluso Mariana Aylwin, aunque sospecho de Piñera no cometería el error de nombrar a un DC, como lo hizo con Ravinet, lo que provocó una reacción de defensa corporativa de ese partido. En fin, el listado es largo.

Los medios han recogido los nombres que los partidos han hecho trascender y quieren imponerle a Piñera. En primer lugar, están los que optaron por no ir a la reelección parlamentaria y, por consiguiente, tendrían un cupo asegurado, como Cristián Monckeberg, Alberto Espina o Hernán Larraín. En la misma situación estaría Francisco de la Maza, quien no se presentó a la segura alcaldía de Las Condes con la expectativa de ser intendente de Santiago. También se da como fijos a algunos derrotados en 19 de noviembre, como Lily Pérez –aunque algunos especulan que sería intendenta de Coquimbo, cargo que le ayudaría a postular luego a senadora por la zona– y Andrea Molina.

Pero todos estos nombres son los deseos de los partidos. Ellos parten de la base que, a diferencia del primer Gobierno, Piñera hará una gestión más política, menos técnica y los partidos tendrán más peso. Pero las señales tempranas no parecen ir en esa dirección, por el contrario, muestran un personalismo aún más potente del Mandatario electo.

Dicen que, en política, quienes figuran en listas de ministros suelen quemarse antes de tiempo. Más aún con un hombre de la personalidad de Piñera, a quien, si hay algo que lo irrita, es que alguien le diga lo que tiene que hacer. Claro que hay unos que parecen seguros, como Chadwick, Pérez y Espina –con quien el Presidente electo se fue de vacaciones pos primarias–, pero ninguno podría darlo por firmado.

Este primer gabinete proyectará el tipo de Gobierno que conducirá Piñera para cumplir con su meta personal, además de enfrentar un Congreso sin mayorías, una oposición dividida en dos grupos, una posible efervescencia social de estudiantes y sindicatos por los cambios a la educación y reforma laboral, ya anunciadas; una situación económica estrecha, la tensión entre JA Kast –que ya informó el fin de semana que quiere ser candidato en 2021 y que no comparte la política de los acuerdos– y su agenda ultraconservadora y Manuel José Ossandón, quien no dudará un segundo pasar a ser su peor enemigo en caso de que no se cumpla con las exigencias que puso para dar su respaldo en segunda vuelta.

Veremos en este primer equipo de trabajo cuánto pesará Chile Vamos en el Gobierno y si el futuro Mandatario hace una opción por gente con peso político y se olvida de los técnicos, esos ministros con mente de gerentes que no le ayudaron en nada en los primeros dos años de Gobierno la vez anterior. Recordemos que luego tuvo que hacer un giro y recurrir a políticos como Longueira, Allamand y Matthei.

Pero, sin duda, veremos cuánto aprendió Sebastián Piñera de los errores cometidos en su primer Gobierno, como cuando les entregó un pendrive a cada ministro  como señal de eficiencia –un acto que hoy las redes sociales convertirían en cientos de memes– o prometió el fin de la puerta giratoria y, por supuesto, la famosa frase “hemos hecho más en 20 días que en 20 años”.

Creo que la sobrepromesa de “los tiempos mejores” y el sueño de Piñera lo obligarán a tener un gabinete muy político, con muchos rostros nuevos –la gente sigue desconfiando de la clase política tradicional–, pero especialmente con habilidades sociales y blandas que les permitan negociar, escuchar más y, por supuesto, enfrentar muchos momentos de crisis.

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