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viernes, 20 de abril de 2018 Actualizado a las 11:48

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Simios repulsivos y gente decente: racismo y xenofobia en las redes sociales

por 27 diciembre, 2017

Simios repulsivos y gente decente: racismo y xenofobia en las redes sociales
Hace algunos días circuló por redes sociales un insultante mensaje que animalizaba la lengua de los haitianos, los catalogaba de simios, se burlaba de su cultura y con total desparpajo confesaba su asco visceral contra estos inmigrantes. ¿Qué se le puede decir a alguien que construye su mensaje desde una jerarquía social en la que ese “otro” es puesto en el lugar de la animalidad? La clave para articular una respuesta reside en otro plano. La cuestión no pasa por argumentar desde lo que se dice de la víctima, sino desde lo que el mensaje dice de quien lo escribió, de quienes escriben este tipo de mensajes, de las formas de construir alteridad de esa parte de la sociedad chilena, de la identidad que se construye a partir de las características “repulsivas” que se atribuyen a ese “otro”.

“Das asco y solo puedo sentir repulsión a ti al igual que todos los asquerosos haitianos que llegan en masas al país, metete tu diccionario por el hoyo simio de mierda que a la gente decente de este país no le interesa saber de tu cultura, ni tu historia, ni aprender de tu idioma de animales como el creyol jajajajaj” (sic).

Esto es solo un fragmento de un mensaje infame que circuló a comienzos de la semana pasada por redes sociales. Un ataque racista y xenófobo descarnado, sin ningún filtro de corrección política siquiera, contra un joven haitiano con un rol público muy activo, que entre otras cosas ha elaborado un diccionario de creole-español.

  1. Miranda Alejandra es la supuesta autora, o más bien el nombre asociado a ese perfil. Para lo que quiero argumentar no es un dato relevante si ese es el nombre real del sujeto de la enunciación de ese odio hecho palabra. Por lo demás, es un ejemplo de un tipo de mensajes que lamentablemente se ha vuelto habitual en redes sociales, o en comentarios de notas periodísticas. Y que además se materializa cotidianamente en prácticas racistas y xenófobas microscópicas que de vez en cuando se ganan un rato de pantalla, cuando el exceso las hace merecedoras de atención, por indignación o por amarillismo mediático, como en el caso de Joane Florvil, la joven haitiana que, hace pocos meses, mataron el racismo y la xenofobia.

Desde que este mensaje me llegó no me abandona la sensación de querer gritar mucho y fuerte, pero sin tener nada que decir. Así es, nada de nada. Me quedé muda. No he podido encontrar argumento para hablarle a ese alguien, esos alguienes, que pueden sentir un odio así de visceral por un “otro” definido por su color de piel y el país en el que nació. ¿Cómo se argumenta contra la repulsión y el asco? ¿Qué se le puede decir a alguien que construye su mensaje desde una jerarquía social en la que ese “otro” es puesto en el lugar de la animalidad, debajo, muy pero muy debajo, de ese “nosotros” representado por la “gente decente”? No encuentro argumento para ese interlocutor. Pero sigue la necesidad de gritar.

El punto en todo caso no es alimentar desde la otra orilla esta construcción maniquea “nosotros/otros”, aunque la agresión ignominiosa exige el movimiento deconstructivo para dejar a la intemperie el gesto intencionado (no subjetivo). El mensaje, como ejemplo azaroso de otros tantos mensajes de contenido similar, debiera llamarnos a pensar qué sociedad nos imaginamos y queremos darnos, cuál es ese horizonte social por el que día a día trabajamos, pensamos, criamos, enseñamos, aprendemos, marchamos, escribimos, vendemos, cantamos, pintamos, compramos.

Quizás la clave para articular una respuesta reside en otro plano. La cuestión no pasa por argumentar desde lo que se dice de la víctima, sino desde lo que el mensaje dice de quien lo escribió, de quienes escriben este tipo de mensajes, de las formas de construir alteridad de esa parte de la sociedad chilena, de la identidad que se construye a partir de las características “repulsivas” que se atribuyen a ese “otro”. Una parte de esta sociedad que se blanquea en el asco a ese “negro”, que se europeiza en el desprecio ‒cuando no agresión militarizada‒ contra el “indio”, que reniega de la cultura y la historia que la atan a América Latina, que le da la espalda a su lastre geográfico, porque se piensa mirando a la OCDE. Así se imagina a sí misma esta “gente decente”, así piensa al país, su país, ese en el que no caben tantos Otros que quedan atrapados en el colador de la “normalidad”.

El punto, en todo caso, no es alimentar desde la otra orilla esta construcción maniquea “nosotros/otros”, aunque la agresión ignominiosa exige el movimiento deconstructivo para dejar a la intemperie el gesto intencionado (no subjetivo). El mensaje, como ejemplo azaroso de otros tantos mensajes de contenido similar, debiera llamarnos a pensar qué sociedad nos imaginamos y queremos darnos, cuál es ese horizonte social por el que día a día trabajamos, pensamos, criamos, enseñamos, aprendemos, marchamos, escribimos, vendemos, cantamos, pintamos, compramos… Para todos aquellos que no compartimos ese horizonte, el de esa “gente decente”, el mensaje es una interpelación ineludible. Hay que decir, hacer-decir. Ante cada gesto y palabra cotidiana de discriminación. Hay que enseñar y aprender, y en muchos casos des-aprender. Es preciso denunciar y juzgar. Es preciso remecer estos sedimentos de odio. TODOS SOMOS UN SIMIO REPULSIVO.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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