Tres mensajes y una sola Europa - El Mostrador

Lunes, 22 de enero de 2018 Actualizado a las 13:25

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Tres mensajes y una sola Europa

por 11 enero, 2018

Quien lo iba a pensar, el mensaje de Felipe VI fue, en algunos puntos, más político que el de Merkel y Macron.

Solían ser simples rituales, nadie espera grandes revelaciones en los mensajes de fin de año emitidos por gobernantes. Pero el año 2017 fue la excepción en Europa. Como pocas veces ocurre, tres mensajes fueron seguidos con suma atención por la opinión pública: el de la canciller alemana Angela Merkel, el del presidente francés Emmanuel Macron y el del Rey de España. Las razones son fácilmente explicables.

Los tres países han jugado un rol clave en los acontecimientos que han tenido lugar en el viejo continente durante el año que se fue. Acontecimientos vinculados a las amenazas que se ciernen sobre la unidad de Europa. Ellas provienen de distintas esquinas, pero los más detectables son:

1) Las masivas oleadas migratorias que provienen desde el Oriente Medio ante las cuales no existe todavía un acuerdo unitario entre los países que conforman la UE.

2) Los movimientos y bandas del terrorismo islámico, en sus más diversas versiones.

3) La emergencia y crecimiento de movimientos nacional-populistas de ultraderecha y de ultraizquierda en toda Europa, de gobiernos ultranacionalistas en el Este y en el Sur, así como movimientos separatistas en España, Escocia e Italia.

4) La política desestabilizadora hacia Europa proyectada desde la Rusia de Putin asociada circunstancialmente con la Turquía de Erdogan.

5)  La agresiva expansión económica de China.

6) Y no por último, el unilateralismo económico y político y, sobre todo la imprevisibilidad que caracteriza a la administración Trump frente a la que fue en el pasado una sólida Alianza Atlántica, hoy en peligro de disgregación.

A comienzos de 2017, todo hacía suponer que después del Brexit el peso de la unidad europea iba a caer sobre los hombros de Merkel. De hecho, la demoscopía daba por descontado que Francia iba a ser gobernada o por el conservador clásico Fillon o por la nacional populista Le Pen, ninguno de ambos, amigos de la UE. Las irregularidades financieras que determinaron la caída de Fillon en pleno proceso electoral, hicieron creer por un momento que el camino estaba allanado para Le Pen. Y entonces, como casi de la nada, apareció Macron. Un milagro.

Al fin Merkel había encontrado el socio adecuado para continuar avanzando en el proyecto Europa. Máxime si, en contra de los pronósticos, Merkel, pese a sus grandes éxitos financieros, no puede todavía comenzar su segundo mandato, impedida por las ambiciones de liberales y socialistas. Estos últimos, pese a su magro 20%, están ejerciendo un chantaje político en contra de la canciller para el caso en que se dé una coalición CDU/CSU/SPD.

Bajo esas condiciones, la batuta política europea debió tomarla Macron. De este modo, si Merkel logra sobrevivir a la baja politiquería de sus eventuales aliados, podría tener lugar una interesante división del trabajo: Macron, líder político y Merkel líder financiera y administrativa de Europa. La fórmula sería conocida como la de la doble eme, MM.

Bajo las mencionadas circunstancias, nadie podía esperar un mensaje combativo de Merkel. El suyo fue más bien un mensaje mesurado, de bajo tono, pero a la vez, inteligente.

Por de pronto, Merkel –algo inusual en ella- recurrió al discurso del patriotismo. Pero no al patriotismo de la ultraderecha sino a un patriotismo constitucional, dando así a entender que hay distintos modos de defender el nombre de la nación. “Alemania es un maravilloso país”, dijo aceptando la opinión de los optimistas. Pero lo es, agregó, debido al hecho objetivo de que, nunca como antes, tantas personas tienen trabajo. Sin embargo también aceptó la opinión de los pesimistas cuando afirman que no todos los ciudadanos tienen acceso a los bienes que merecen tener. Luego expuso en líneas gruesas su programa para el futuro.

Resumamos: no solo más trabajo sino seguridad en el empleo, desarrollo tecnológico que lleve al país a ocupar un lugar de vanguardia en la producción digital, la predisposición a preparar a las futuras generaciones atendiendo a la célula básica del orden social: la familia. En breve: Merkel presentó su propio programa electoral dirigido a los sectores conservadores, es decir, a la mayoría del país. Su propósito final fue dar a entender que tales objetivos solo pueden ser logrados en el marco de una Europa Unida, trabajando en estrecha colaboración con Francia, dejando en claro, en contra de la opción de ultraderecha, que no hay ninguna contradicción, más bien una sincronía, entre los intereses de Alemania y los de Europa.

El mensaje de Macron siguió un orden similar al de Merkel pero la intensidad de los acentos fue diferente. Al igual que la canciller, Macron insistió en que la cohesión nacional es prioritaria para su proyecto de país, pero también para el proyecto Europa. En esa línea, dividió sus objetivos en dos fases: la de los ajustes económicos, necesariamente restrictivos (tan restrictivos que han hecho bajar la popularidad del presidente a un 30%) y el programa social, el que recién será implementado durante 2018 y que perseguirá cuatro metas: la vivienda, la salud, la desocupación laboral y el programa de asilo político al que calificó de irrenunciable, pero a la vez, puntualizando que Francia tiene límites para seguir recibiendo refugiados en las mismas cantidades que lo ha venido haciendo. Luego se refirió al proyecto Europa al que dedicó por lo menos el triple del tiempo que le dedicó Merkel.

A diferencia de Merkel, maniatada por compromisos internos, Macron puso los puntos sobre las íes. Primero, declaró su abierta enemistad al ultranacionalismo lepenista y europeo en general. Segundo, nombró a los países frente a los cuales Europa deberá erigirse como alternativa económica y social, sobre todo China y los EE UU. En términos simples, Macron retomó las banderas abandonadas por el socialismo democrático, ya en vías de desaparición, y asumió una posición combativa frente a los que él considera enemigos internos y externos de Europa. No dijo nada sobre Putin. Pero todos entendieron. Fue un silencio estridente.

El tercer discurso-mensaje esperado con muchísima atención por la opinión pública europea no fue de fin de año pero sí de Navidad. Fue el del Rey de España, el 24-12-2017.

Nunca, o casi nunca. un mensaje de Navidad pronunciado por un alto dignatario español ha concitado tanta atención. Que ese mensaje fuera el del Rey en Navidad y no el de Año Nuevo de Rajoy, tiene que ver con el símbolo de las investiduras. Mientras Rajoy representa solo a su gobierno, el Rey es la máxima representación del Estado. El mismo Estado que, pocos días antes, en las elecciones del 21-D, había sido cuestionado radicalmente por el separatismo catalán. Un Estado que si hubiese sido derrotado, habría dañado irremediablemente la arquitectura geopolítica de Europa.

La voz de ese Estado, y no la de un gobierno -el que como todo gobierno es transitorio- era la que Europa quería escuchar. Pues bien, puesto en ese lugar, Felipe VI habló como el estadista que es. Y más como estadista que como Rey fue escuchado con suma atención en todos los países europeos.

Quien lo iba a pensar, el mensaje de Felipe VI fue, en algunos puntos, más político que el de Merkel y Macron.

Felipe VI no puso tanto su atención en el desarrollo económico de la España moderna sino en sus grandes logros políticos: entre ellos, haber llegado a ser una democracia ejemplar. Naturalmente se refirió al tema catalán, y lo hizo con sumo cuidado, recalcando que la España de hoy es una obra común, hecha a partir de las diferencias que las separan. De un modo menos placativo que la candidata de Ciudadanos, Inés Arrimadas, suscribió Felipe la tesis de los tres corazones. Es posible ser catalán sin renunciar a España y por lo mismo, sin renunciar a Europa. En este último punto el Rey no fue demasiado enfático. Una lástima.

Mientras Europa ha incorporado en sí a España, España no ha incorporado en sí a Europa. En todas las grandes discusiones relativas a los grandes problemas que asolan a Europa, España ha permanecido ausente. Hasta ahora ha vivido de modo autista, en soledad con sus propios problemas, entre ellos el principal: esos micro-nacionalismos repartidos “como piedras a lo largo del camino” (Ortega y Gasset.) Recién cuando la UE se pronunció enfáticamente en contra del separatismo catalán, los españoles, incluyendo a los catalanes, descubrieron de pronto que sus problemas internos estaban afectando al destino de todo un continente.

Ausente la Inglaterra del Brexit, España debería haber ocupado su lugar en Europa. Tiene todas las condiciones culturales, políticas e incluso económicas para hacerlo. Su único obstáculo es ese fragmentado, ese fantasmagórico pasado formado por pequeños egoísmos regionales a los que muchos ciudadanos, con hispánica testarudez, se resisten a dejar atrás.

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