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domingo, 22 de abril de 2018 Actualizado a las 09:29

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Los géneros confusos

por 12 enero, 2018

Hay razones de sobra para que el malestar de las mujeres se manifieste con fuerza. Los atropellos que han sufrido por siglos poseen tal nivel de evidencia que sería absurdo abogar por algún tipo de negacionismo (tan de moda últimamente). Movimientos sociales muy masivos como #niunamenos, #metoo, como también las últimas manifestaciones en la industria audiovisual, nos recuerdan que el abuso está lejos de desaparecer.

Cotidianamente sabemos de casos de mujeres que han sufrido toqueteos en las calles o en el transporte público, de a poco vamos conociendo a aquellas que salen de sus casas sabiendo que quizás serán otra vez acosadas en el trabajo o que al llegar a sus hogares les espera otra vez la violencia física. Recientemente se ha publicado la Tercera Encuesta Nacional sobre Violencia Intrafamiliar y, si bien ha disminuido levemente la violencia física contra las mujeres, otros tipos de agresiones como los insultos o humillaciones parecen estar lamentablemente en alza. Contra esto no cabe mayor reflexión. La violencia machista no se puede legitimar de ninguna manera y por ningún argumento.

Los responsables de la violencia y las vejaciones son sin duda, principal y mayoritariamente, hombres. Pero el rango aproximado de las conductas abusivas parece ser tan amplio, que el llamado a abandonar la violencia física o las agresiones verbales no parece suficiente. Los hombres debemos asumir que algo debemos cambiar, pero ¿qué es lo que deberíamos cambiar?

Por supuesto que en el listado de posibles cambios se puede incluir a todas las grandes instituciones hechas a nuestra medida y los símbolos que las justifican, la alta cultura y sus costumbres machistas, las leyes o las políticas públicas forjadas por siglos de hegemonía, pero también parecen tener relevancia cosas tan mundanas como usos lingüísticos convencionales o maneras de saludar y despedirse. Como el burgués gentilhombre de Moliere, quien se da cuenta que siempre ha hablado en prosa, los hombres hemos descubierto que incluso sin saberlo o quererlo, hemos practicado el llamado “micro-machismo”. Levantando los platos de la mesa mucho antes o mucho después, comentando el clima o declinando hacerlo, acaparando o renunciando al control remoto.

Llevado al extremo (y ha sido llevado al extremo) el llamado a acabar con este tipo de machismo cotidiano no nos deja más que una paradoja, un “doble vínculo” como diría el antropólogo y psiquiatra norteamericano Gregory Bateson, donde no existe la alternativa correcta y no hay manera de saber si esta existe.

Como el límite permanece borroso, y por algún lado ha de escurrir el comprensible descontento, se ha sugerido no pocas veces que el tema pasaría por instaurar una ética para el comportamiento de los hombres con las mujeres. Este tipo de sugerencia no es nada nueva. Existe una curiosa creencia moderna, muy sofisticada en apariencia, que dice que en el fondo de las desviaciones sociales más relevantes –corrupción, abuso, violencia, ignorancia, etc.– hay un mal funcionamiento de la ética.

En Estados Unidos, por ejemplo, posterior a la crisis subprime del 2008, se llegó a sostener que a los operadores financieros había que dotarlos de ética para que no volvieran a invertir de un modo tan irresponsable. En nuestra versión local de las colusiones del papel tisú, los pollos, los medicamentos, las clínicas y quién sabe cuántas cosas más, se ha llegado a conclusiones similares. Todos faltos de ética al parecer, al menos para nosotros los consumidores, pues como ocurre también con los carteles de drogas, las estrictas normas de conducta, disciplina y deberes morales entre los coludidos son dignas de admiración.

Pero si es cierto que la ética debiera ser nuestra respuesta para corregir los errores posibles, ¿por dónde debiéramos comenzar? Por fortuna, el problema más complicado no será definir un catálogo de conductas correctas o incorrectas, pues, con todo, las discusiones sobre estos temas se saturan rápidamente con consensos y redundancias. En cualquier situación, todos, los buenos y los malos, tienen buenas intenciones que declarar. La banalidad del mal, nos enseñó Hannah Arendt, es la facilidad con que podemos justificar nuestras mayores atrocidades.

Así, por ejemplo, en la carta recientemente enviada a este medio y firmada por un centenar de académicas que piden medidas punitivas contra abusos sexuales en aulas, laboratorios y otros espacios de trabajo, encontramos cosas como suspensión de financiamiento científico a hombres acusados “sin establecimiento de sentencia”, pero ¿Cómo se podría justificar que un científico acusado (ni siquiera sentenciado) de abusos sexuales o violencia doméstica vea congelada la financiación de sus proyectos?

El bien, sin embargo, es igualmente banal. “Llevar a la práctica” los buenos motivos no pone ruedas a la carga, sino que simplemente la hace invisible a los demás. El problema más complicado es, en cambio, dónde y cuándo han de administrarse las dosis de ética a cada individuo, de modo que los anticuerpos morales estén preparados para cuando lleguen las tentaciones.

El siglo XX dejó como enseñanza que el monopolio de la ética administrada y sancionada por alguna burocracia produce solamente horrores (y recordamos otra vez a Arendt). Ante este panorama, nuestras sociedades liberales han depositado sus más altas expectativas en las antiguas y aparentemente confiables instituciones de la socialización: familia, escuela y amigos, para que sean ellas las que se encarguen de impartir la ética y corregir tempranamente las desviaciones, a pesar que difícilmente se puedan clasificar a todas en una misma categoría. Sabemos que la ética de la familia, del aula y de los amigos son compatibles solo superficialmente. Sin embargo, las costumbres sociales pueden ser muy testarudas y mantenerse a pesar de todo.

Es cierto que lo anterior puede parecer un cinismo muy confortable para quien no tiene que tomar las decisiones al final del día, pero es difícil pasar por alto que, en estas instituciones, las consecuencias no las asume nadie. No solo las culpas por los errores, sino también los éxitos. Así, la familia, los amigos o los maestros, pueden culparse entre ellos si aparecen caras conocidas en la crónica amarilla o disputarse el reconocimiento si se asoman sus nombres en las biografías de los notables de turno. Como los árbitros de fútbol: estas instituciones funcionan mejor mientras menos se noten.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con los hombres y las mujeres? Si es que la ética es el camino a seguir y las instituciones sociales de la ética que creemos más confiables no ofrecen ninguna garantía de confiabilidad, no queda más que asumir que se trata de una vía sin más control que la conciencia de cada individuo, y esto significa al menos seis mil millones de sistemas de control distintos y simultáneos.

Para complicar aún más las cosas, las sociedades modernas cultivan la ambigüedad normativa en el trato entre los sexos. Así, la pauta correcta de comportamiento de los hombres ante las mujeres se encuentra extraviada entre modelos caducos y apuestas inseguras. La única regla efectiva es la que aún sigue en pie, siendo su valor más empírico que normativo. Mientras a uno no lo atropellen, apuesta uno a cruzar la calle con luz roja.

Las normas de comportamiento organizacional son más fáciles de regular, no así otro tipo de contactos como el cortejo o la inclusión lingüística. Dos ejemplos que destacan por su extravagancia y carencia total de pragmatismo son el movimiento por el “derecho a la conquista de las mujeres”, que un puñado de intelectuales francesas han levantado recientemente contra el supuesto “puritanismo” sexual del feminismo más radicalizado y, en la vereda contraria, el bienintencionado lenguaje inclusivo. Mientras que el movimiento francés es minoritario y corre por ahora en solitario contra la corriente, el segundo punto acarrea tantas complicaciones que difícilmente sea la práctica que se consolide.

En el primer caso, vale cuestionarse si es correcto que los hombres cambiemos lo menos posible, de modo de mantener el estereotipado rol de conquistadores y simplemente tratemos de civilizar un poco las maneras; o si las mujeres debieran de rendirse sin más a la galantería más pedante, pues es parte de las reglas de un juego que, de todos modos, les atrae jugar.

El caso del lenguaje inclusivo es más curioso. ¿Cuál sería la pauta lingüística correcta, si, por ejemplo, el castellano dicta (de manera inevitablemente arbitraria) que hay un sol y una luna, pero otro idioma, como el alemán, los invierte (pues lógicamente el sol es una estrella y la luna un satélite)? O llevado a personas, ¿se debería “incluir” o anular lingüísticamente la diferencia entre hombres y mujeres reemplazando vocales con símbolos (igualmente arbitrarios) o con otras vocales sin un sentido convencional? ¿Son más inclusivos “les dereches humanes” que “los derechos humanos”? ¿Vale la pena tanto esfuerzo si es que, en definitiva, no hay nadie que no haya visto un hombre o una mujer en su vida?

Recordemos. Negar o poner en duda siquiera los graves abusos y crímenes que sufren las mujeres día a día y que tienen siglos de historia, no sería tan solo ignorante, sino también indolente. Pero el abanico de diagnósticos y respuestas ha llegado un punto tal de variación evolutiva que es poco probable que sobrevivan todas las especies. Lo preocupante de esto es que, ante un problema de tanta magnitud, la discusión intelectual se ha dejado llevar por llamados a respuestas inmediatas que apenas desvían las corrientes sociales establecidas y cuyo efecto es a lo sumo estético.

La indignación furibunda, por comprensible que esta sea, no ha ofrecido más que soluciones simples a problemas complejos, reproduciendo una retórica que camina al borde del abismo del totalitarismo más irracional. Así, por ejemplo, en la carta recientemente enviada a este medio y firmada por un centenar de académicas que piden medidas punitivas contra abusos sexuales en aulas, laboratorios y otros espacios de trabajo, encontramos cosas como suspensión de financiamiento científico a hombres acusados “sin establecimiento de sentencia”, pero ¿Cómo se podría justificar que un científico acusado (ni siquiera sentenciado) de abusos sexuales o violencia doméstica vea congelada la financiación de sus proyectos? Si se trata de una medida justa ¿Habríamos de cesar también el financiamiento a aquella mujer acusada (ni siquiera sentenciada) de abandonar a sus hijas enfermas? ¿Y si intercambiamos los sexos en ambos casos? ¿Es más violenta una acusación (ni siquiera una sentencia) frente a la otra?

Por cierto, ambos son delitos penados por ley, por lo que la respuesta no hay que buscarla allí. Vale la pena recordar que la justicia moderna carece de los medios para resolver las cosas de la manera más equitativa posible, pero ha logrado algo distinto en su lugar: introducir una demanda de universalidad. Así, si no se puede lograr que nadie se moje cuando llueve, que de algún modo llueva sobre todas las cabezas.

El debate sobre estos temas ha estado lamentablemente estancado en el aciago espacio de las recriminaciones morales y peticiones de justicia con gusto a revancha. Nadie parece molestarse con los sermones impartidos desde posiciones autoindulgentes, moralmente asépticas en apariencia, cómodas y distantes, que buscan más bien la aceptación del mayor número posible de conciencias indignadas dispuestas a proponer soluciones radicales. Si se quiere avanzar contra desviaciones tan graves, el camino más difícil, pero también el más duradero, es la búsqueda de principios universales de inclusión, libres de gustos y ascos particulares de género o de cualquier especie. Si todo esto no termina de convencer, entonces no recomiendo siquiera reflexionar sobre estas líneas, pues no he ocultado el hecho de que fueron escritas, no por una mujer, sino por un hombre.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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