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El pueblo tiene bolsillos

por 13 enero, 2018

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La derrota de la partidística nacional

A mi economista gitano

Para algunos de los  representantes partidísticos que dicen representar a los pueblos de Chile, el triunfo de Piñera resultó aplastante. Mi mismo padre, economista –que no sigue militancia desde los añares de amplias alamedas aguardadas- volvía a unos mitificados diecisiete. Esgrimió un grito basado en la pura carencia del necesario rencor alegre que enciende la revuelta. Con falso regocijo, me comentó que, como en pocas oportunidades,  se permitió espetar a sus colegas -con los que eligió trabajar y batallar toda la vida- de ‘fachos’ y amarillos miopes. Para él, nadie pudo trascender la inteligencia que presumían insignias, títulos o partidos. Ningún partido o coalición, supo ver claramente lo que pasaría. Entre muchos de los diagnósticos irrefutables que se repiten, entre coaliciones, bancadas, partidos, académicos, periodistas y medios, mi padre insiste en uno. Lo recuerdo, mientras desvío la mirada y me entra algo parecido a un sopor lánguido y me pregunto dónde quedó ese cabrito proletario ahora enfundado de terno gris.

Lo que ocurrió –se dice- fue que los políticos perdieron la representatividad, lo que pasó fue peor: muchos se echaron al bolsillo el pueblo.

Si estuviésemos en la era independentista y se creyera que las mujeres no tienen pantalones y que el pueblo no conoce el variopinto  peso de sus propios bolsillos, yo probablemente estaría de acuerdo. Pero hoy no. Hoy me parecen anacrónicos los análisis que anulan la democrática posibilidad de que fuese la gente quien se echara al bolsillo a los políticos chilenos y su chovinismo economicista y nepotista.

En el transcurso de las candidaturas, entre los de arriba y los de abajo, realicé una pequeña investigación de lo que se venía. Observe, escuché, fisgonee y pregunté. En algunos casos, entre los votantes que apoyaban a Piñera, vi racismo y la espera de un pequeño boom económico. Pero lo que no vi –ni entre pueblos ni afeudalados- fue convicción de frente al candidato. Además de su bancada enamorada de su proteccionismo pisazolano, lo que en ellos hablaba - era la desidia. Al esgrimir una opinión, el tono socarrón se establecía de inmediato. La respuesta, de frente a mis preguntas electorales, no buscaba presentarse justa, sino que descarnadamente cínica. Un grupo de trabajadores coreaba pronto las risas, mientras un maestro me comentaba, ‘Qué tanto, subirán los portonazos nomas’. ‘Piñera se platina y estamos’, continuó para prolongar las risas.

Claramente, con ese sarcasmo socarrón se burlaba más que al candidato derechista. Sin mediar inquisición al respecto, mientras yo también me detenía en el jolgorio, se comentaba sobre sus hurtos. Piñera era la pelambre perpetuada de aquellos presidentes, una caricatura descarnada. Y funcionaba a la perfección para burlar a los agentes del Chile tecnócrata y nepotista que sólo ha agudizado su chovinismo en los últimos años. Las piñericosas que se suman a la mentalidad de los representantes de un país que por su supuesta corrección política-económica, ha llegado creer en su supremacía política. Este país que incluso ampara que en una coalición importante y rupturista como El Frente amplio,  entre otras cuestiones, se plantee, en ocasión de su plebiscito para organizar el programa de Beatriz Sánchez si acaso se percibía a los migrantes como una amenaza. La política de las coaliciones chilena no se pilla la cola, tiende a olvidarse de los derechos humanos que cree defender.

Los líderes políticos que hoy se autoinmolan y hablan de Chile parecen desconocer el valor de la ignorancia ante el pasado, el presente y el porvenir.

Yo no estuve entre los votantes piñeristas, pero quizás como ejercicio, me abro a preguntarme sobre cuál era la alternativa. ¿Mantener la red de despóticas creencias de los políticos chilenos? Los paradigmas sociales dependen de la Base. Allí donde reside la estructura productiva y los intereses económicos. En el interior de la economía de mercado, del libre intercambio de bienes y servicios perviven elementos de dominación y explotación directa a sus trabajadores pero también paradigmas transversales de hegemonía indirecta a todo el mercado. Se trata de una fuerza que supera, con mucho, a las jaguares aspiraciones de la política chilena. Pues la llamada superestructura social no solo se conforma por las concepciones intelectuales y movimientos políticos, sino que por las relaciones interpersonales y sus aspiraciones. Y con todo, en los renovados debates izquierdistas se confunden personas por clientes y consumidores. Aún peor se confunde a la política por fiscalización valórica. Como si de nuevo hubiese reinado el olvido, como si no fuéramos la copia feliz del edén gringo, como si no supiéramos que atrasito de Obama vino Trump.

Los líderes políticos que hoy se autoinmolan y hablan de Chile parecen desconocer el valor de la ignorancia ante el pasado, el presente y el porvenir. La ignorancia es una bendición compartida que debemos reconocer hoy más que nunca. Ella permitiría ver las estrechas fronteras de un país que –bajo los laureles de la dictadura militar-internacionalmente se ha denominado  como la cuna de neoliberalismo. Quizás así podríamos reconocernos como bases y salir de nuestra jaula. Porque desde el paradigma economicista y nacionalista que Chile ha guiado, ni partidos ni coaliciones inéditas pueden hablar con representatividad. Porque cabe preguntarse si fue el pueblo el que se echó al bolsillo esa mentalidad supremacista. Después de todo, eligieron decidir y supieron que, en esta batalla épica de próceres acaecida en las pasadas elecciones, sólo los políticos perderían.

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Envíada por Enrique Álvarez Jaque | 22 septiembre, 2018

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