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Raíces negras en Chile

por 31 enero, 2018

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(*) Esta columna ha sido elaborada con la colaboración de la Psicóloga y Magister en Psicología Comunitaria Loreto Arias Salgado.

La historia en Chile se ha construido a partir de una narrativa eurocéntrica, lo que ha desencadenado una serie de creencia y perspectivas acerca de nuestros orígenes, desarrollo e imaginarios que han dado como resultado visiones escasamente comprensivas sobre nuestro devenir. Existe la firme creencia de que nuestro país ha emergido étnica y culturalmente del tronco europeo más se soslaya el tronco indígena y se observa con suspicacia y desdén la rama asiática o africana.

En esta columna nos interesa relevar la presencia africana en Chile. Existen registros históricos que documentan la masiva presencia de esclavos africanos desde las primeras expediciones españolas desde la conquista hasta la colonia. Hoy en día es importante resaltar el aporte de la negritud en la formación de la sociedad chilena toda vez que crecientemente, a través de la inmigración caribeña, está siendo parte del paisaje étnico de nuestro país.

Se viven en el mundo tiempos migratorios y Chile no es la excepción. En nuestro país cifras conservadores estiman a los inmigrantes en torno al medio millón de personas, un 3% de la población total, y su crecimiento supera cualquier pronóstico realizado en los albores del nuevo siglo. En los últimos años hemos visto el incremento incesante de población haitiana, la cual está aportando una variedad notable respecto de la tradicional migración sudamericana que se inicia luego del retorno de la democracia en los años noventa. Los nuevos inmigrantes haitianos ponen de relieve, entre otros muchos aspectos, la presencia de África en Chile. Evidencian con su presencia las tensiones que marcan una sociedad chilena que se ha considerado europea y blanca en su esencia y que ha desvalorizado el mestizaje con la población indígena. Con todo el influjo de lo negro en nuestra cultura y raíces ha sido muy poco difundido a nivel masivo y escasamente tratado por personas eruditas.

De alguna forma, la población haitiana rememora aquella salvaje cacería de hombres y mujeres, arrancados por la fuerza de diversas tribus para ser trasplantados forzadamente al nuevo continente “descubierto” por los europeos.

Para Norambuena (1995) - en artículo sobre la inmigración en el pensamiento de la intelectualidad chilena: 1810-1910 - señala que durante el siglo XIX Chile proclama la necesidad de traer inmigrantes para poblar el territorio. Una comisión recomendaba al gobierno las nacionalidades que debían ser consideradas en forma prioritaria. Se dejaba constancia en los informes que los chinos y los negros eran inmigrantes no deseados. También se privilegiaba la llegada de alemanes por su carácter y por pertenecer a una raza especial que forma su patria en el bosque, donde levantan su hogar y ven crecer a sus hijos libres y felices; luego a italianos y suizos porque se arraigan con rapidez, son buenos agricultores, afables, de clara inteligencia y provienen de una cultura genial. En orden descendente se recomendaba traer a los vascos por ser sobrios y adecuados para el trabajo rudo aunque no se asentaban de manera definitiva; a belgas por sus dotes especiales para la industria; a británicos, con la salvedad que eran viajeros con escasa vocación de colonos. Los franceses, en términos generales, eran los peores inmigrantes conocidos pues siempre regresaban a su país, eran poco dados a la familia y carentes de espíritu religioso. Los españoles ofrecían desventajas por su carácter altivo y dominante y de los cuales nada teníamos que aprender porque ya nos habían legado su sangre, lengua y sus costumbres como una herencia irrenunciable.

En la formación de la nación chilena se privilegió sin matices la impronta europea blanca y se propulsó la disimulación de los vestigios físicos y culturales de las razas rojas, negras o amarillas, según la clasificación docta que hace Edouard Shoure en su obra Los Grandes Iniciados. La creación de nuestra raza chilena se fundó pues en una ética del buen europeo, blanco e industrioso. Pero, ciertamente corre también sangre de África negra por nuestras mestizas venas.

El África subsahariana es hoy día la región de mayor crecimiento demográfico y con los índices de pobreza más elevados del globo. Esta combinación alienta la emigración hacia zonas de bajo crecimiento demográfico, envejecidas y de alto desarrollo económico como es Europa Occidental. Según proyecciones de Naciones Unidas para el 2100 la población de África alcanzará los 4.407millones de personas y representará casi el 40% de la población del mundo. Si África sigue sin ofrecer condiciones de vida dignas a los millones de jóvenes que hoy nacen allí, la emigración continuará y atravesará también el océano atlántico buscando nuevos horizontes en el continente americano.

Los africanos fueron secuestrados y traídos a la fuerza a América. Artal - en su texto de 2011 sobre memoria y relatos afrodescendientes tras la chilenización y el conflicto entre Perú y Chile (1883- 1929) - señala que muchos se suicidaban en los barcos; otros morían por enfermedad o inanición, por melancolía negra como se calificaba la tristeza, y la depresión colectiva muchas veces los llevaba al suicidio colectivo. La magnitud de la diáspora negra fue de tales proporciones, que pese a los brutales tratos a los que se sometió a la población esclava durante años, no fue posible ocultar su presencia, así como tampoco su proliferación y evolución. Entre el siglo XVI y XIX se estima en 11 millones los africanos subsaharianos deportados a América para ser utilizados como reemplazo de la mano de obra indígena, diezmada por las enfermedades y el fuego blanco. Un 85% de ellos recalaba en Brasil y el Caribe. Un 12% moría en la travesía. (Atlas de las Migraciones, Le Monde Diplomatique, 2010).

La esclavitud en la América mestiza fue conformando un tipo de organización excluyente y jerarquizada donde indígenas, negros y sus derivadas mezclas ocuparon espacios residuales en la escala social que se construía en la América colonial, siendo la asociación con la esclavitud el estigma de mayor vulnerabilidad con la que cargaban algunas personas. Becerra – en texto sobre las estrategias de visibilización de la diáspora africana en América Latina y el Caribe durante el nuevo milenio – escribe:

En la sociedad colonial ordenada por un sistema de castas y donde la movilidad social era muy poca, la “mancha” de ser descendiente de negros implicaba un pasado de esclavitud. Es así que a medida que las mezclas permitían el blanqueamiento de la piel, aumentaba también la necesidad de ocultar y negar ese pasado. (2008, p. 75).

El siglo XIX se caracterizó por la conformación de los Estados nacionales independientes, lo que derivó en políticas nacionalistas y homogeneizadoras. Se promovió una política de asimilación cultural sobre toda la población que no perteneciera a la cultura dominante; o sea indígenas, africanos y asiáticos.

En el contexto nacional, existen diversos antecedentes que confirman la presencia de población africana. Mellafe – en su conocido libro sobre la introducción de la esclavitud negra en Chile, tráfico y rutas (1984) - dice que en 1778 el Gobernador Agustín de Jáuregui (1711-1784) ordena hacer un Censo, donde se constata que desde Atacama al río Maule había 21.538 negros, zambos y mulatos; en torno a un 3% de la población asentada en ese espacio geográfico. La población de raíz africana en Chile ha estado presente desde la conquista y luego durante la colonia aunque su escaso número ha generado que no se le otorgue importancia como parte constitutiva de la sociedad chilena. En este sentido el historiador San Martín en su libro esclavitud, libertades y resistencias apunta:

En Chile, por mucho tiempo, se ha creído inexistente la presencia negra como parte de su formación histórica, y de hecho la primera historiografía que abordó la construcción social y cultural terminó por plasmar una imagen que desestima su importancia demográfica, económica, social y por lo tanto también cultural. El valor de la constitución pluriétnica y pluricultural de nuestra sociedad desde sus orígenes coloniales ha desestimado el aporte afro y ha resaltado un aporte del mestizaje más bien dual, restrictivo y artificial: lo español y lo indígena (2007, p. 18).

El 23 de junio de 1823 fue abolida la esclavitud en Chile. Sin embargo, para poder insertarse e integrarse en los espacios sociales y ser considerado ciudadano, el habitante negro debió pasar por un proceso de abandono de su cultura y de su propio ser. Barrenechea – en su libro el rostro más negro, la travesía literaria de un bandido cimarrón en Chile – escribe:

Post libertad, las condiciones no varían y la mayoría tiene que lidiar con el rígido sistema de castas imperante, además vivir con el rechazo de las autoridades imperante hasta fines del siglo XVIII e incluso del XIX (…) la separación de los grupos, basadas en diferencias raciales es el modo en que los europeos justifican su dominio sobre los negros e indígenas (2009, p. 14).

La población negra del Chile colonial deambulaba en la confusión de ser mestizo, mulato, indígena o quedar en los intersticios y espacios de la estructura social sin pertenecer a ninguna de ellas. Los esclavos, en su migración forzada, pierden lazos familiares y su cosmovisión. Si bien acceden a una nueva realidad física y geográfica, carecen de un contexto social y cultural que dé sentido a sus prácticas y rutinas; el idioma se va perdiendo y con ello la posibilidad de representar su propia cosmovisión.
Así, nos encontramos con un sujeto que no tiene estatus, reconocimiento social o una lengua que le permita sentirse identificado, básicamente es un ser invisible para los otros ojos. Para ocupar un lugar dentro de la nueva estructura social y sobrevivir en su integridad psicológica de ser humano, el negro abandona su cultura originaria en lo aparente, con el objetivo de integrarse rápidamente a la nueva cultura chilena en formación.

Pasado los primeros años de conquista y colonización de tierras comienza el inevitable mestizaje. Mellafe refiere que los indígenas que vivían en un ambiente relativamente pacífico se habituaron a la convivencia con el hombre negro. Desde mediados del siglo XVI la población negra, zamba y mulata se incorporaban indistintamente a las diferentes huestes en pugna: indígenas y conquistadores.

Chile debe reconocer el aporte de la negritud en nuestra formación social, tan presente por cierto en la demografía e idiosincrasia de la Arica extrema. Debe abrirse a los innegables aportes que están llegando de distintos pueblos de la geografía americana, desde el mágico caribe, en especial desde Haití, la isla bajo el mar. La entrada al desarrollo y el mundo global de esta era posmoderna estará signada por la apertura a diversas formas de vida, etnias entremezcladas y expresiones culturales plurales.

Hoy están naciendo nuevas generaciones de afrochilenos. Por la era en que vivimos la consciencia de sus raíces será mucho más prístina que la de sus predecesores. Aportarán a nuestro carácter y cultura con su cosmovisión y formas ancestrales de vida, en una mixtura que traerá genio, cadencia y diversidad al nuevo Chile que está surgiendo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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