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Sábado, 24 de febrero de 2018 Actualizado a las 18:43

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La izquierda ecuatoriana o la discordia de las caricaturas

por 8 febrero, 2018

La izquierda ecuatoriana o la discordia de las caricaturas
Lo que está claro es que el desafío de una izquierda unida vuelve a resonar frente a nosotros, casi como una maldición o al menos como un atavismo. Y es evidente que esa unidad no puede ser a costa de nuestros fundamentos. Y para comenzar esa tarea, eliminar las caricaturas es una necesidad. He aquí la necesidad de una discusión latinoamericana. Que el conflicto al interior de la izquierda ecuatoriana sirva para profundizar allí donde se ha pecado de simplificación.

¿Cuánto hay de sustantivo en la disputa entre Lenin Moreno, actual Presidente de Ecuador, y Rafael Correa, anterior Mandatario del mismo país? Descartemos de inmediato aquellas tesis que nos invitan al simplismo. Lamento decirlo, pero algunas de esas afirmaciones reduccionistas han sido señaladas por uno de los intelectuales de izquierda que más respeto. Me refiero a los juicios emitidos por Atilio Borón, quien califica de “traición” las acciones políticas de Lenin Moreno, de “golpe de Estado” el plebiscito reciente y de “caballo de Troya” el ingreso al Gobierno del grupo que acompaña a Moreno, señalando que aquello que parecía una ofrenda de continuidad con la obra de Rafael Correa, se ha transformado en una traición nacida desde las mismas vísceras de dicha ofrenda.

Borón no es el único, pero seguramente el más destacado de los intelectuales que ha construido este relato sobre la situación ecuatoriana. La altisonancia de sus dichos exige de él un minucioso análisis que permita fundamentar esas palabras.

Desgraciadamente no acontece así. Y ante una caricatura solo queda sonreír y no esperar de ello una revelación. Puedo ahora mismo construir una caricatura, para ejemplificar. ¿Qué pasa si le digo a la gente de izquierda de Chile que hay un candidato que apoya dolarizar la economía y que es un furibundo opositor del aborto? Me dirán que es de derecha. Agregarán, los más sofisticados, que es evidentemente un neoconservador, un thatcherista, un carcamal de los ochenta, un clásico antisindical y seguidor de Juan Pablo II. Y dirán, los proclives a la caricatura, que es un fascista. Si les digo que quisiera que fuera el candidato de izquierda, me tildarían de loco o esquizoide. Y perfectamente pueden equivocarse. Porque si reduzco a Rafael Correa a esos dos hechos, que son ciertos en él, es decir, sí defendió la economía dolarizada y sí es un furibundo opositor al aborto; evidentemente no le hacemos mérito ni a comprender a Correa ni a comprender la realidad política ecuatoriana, ni menos a comprender su gran obra política.

Correa construyó un proyecto de enorme envergadura. Si observamos la política de Ecuador en los años anteriores a la Revolución Ciudadana, veremos que la crisis económica ecuatoriana derivada de la caída del precio del petróleo a fines de los noventa redundó en un escenario de inestabilidad política con caídas de gobiernos, presidentes sucesivos y un déficit institucional indiscutible. En cambio, justo al terminar el Gobierno de Rafael Correa, cuando se produjo una caída del precio internacional del petróleo incluso superior a la de los noventa, Ecuador resistió los embates sin ninguna crisis política. La obra de Correa no solo dio crecimiento económico, no solo dio inversión pública y ampliación de oferta educativa, también fue una señal de desarrollo institucional.

En este contexto es que resulta políticamente incomprensible la pretensión de Rafael Correa de tener un continuador acrítico, una especie de Presidente-funcionario de su propia visión de Gobierno.

Quizás su satisfacción por el tamaño de la obra construida (cuestión razonable e indiscutible, a mi juicio) le hizo pensar que su continuador debía ser un fiel lacayo, un servil delfín del primer líder (deducción que, de haber existido, es absurda). Pero resultó que Moreno tenía su camino y apostó a una nueva era. Y en su legítimo derecho está. Lo que debemos juzgar ahora con detalle y ponderación, sin caricaturas, es la naturaleza de las políticas públicas, la potencia igualitarista de cada acción llevada por el Gobierno.

Muchos admiramos la tarea de Rafael Correa. No cambia un ápice el actual escenario. Pero sí debemos sustraernos de la admiración para comprender el presente. ¿Es la acción de Rafael Correa la forma correcta de responder a sus inquietudes por el rumbo del Gobierno continuista de Moreno? Un proyecto político está maduro cuando en su interior se respira día a día una filosofía común, cuando distintas acciones, aparentemente inconexas, comparten principios. La madurez no se mide por seguir a quien hizo una gran obra, como si su rol fuera siempre conducir el destino de los demás. Hay un derecho inalienable en política y es que quienes detentan el poder tienen el derecho a instalar su proyecto y que sus aliados deben operar otorgando, al menos, el beneficio de la duda.

Pero, claro, Correa puede tener la certeza de que Lenin Moreno “se alió con los poderes tradicionales, devolvió los medios de comunicación a las élites corporativas y regresó a las arquitecturas económicas elitistas”, como señala el analista boliviano Alejo Brignole. Este comentario merece una discusión. Es de gran relevancia comprender si las acciones de Correa sobre los medios de comunicación y su política de apariciones sistemáticas eran indispensables para la democratización o si en algún punto la redujeron. Esta crítica existió durante su mandato y es evidente que Moreno, sin necesariamente decirlo, la comparte, cuando se aprecian sus acciones como Mandatario respecto a dicho tema. ¿Redunda, de ello, que el juicio sobre este punto por parte de Moreno implique una rendición del proyecto iniciado por Correa? No. Es una diferencia con Correa como estilo de Gobierno, no una diferencia de proyecto.

La discusión al interior de la izquierda ecuatoriana es probablemente una de las señales de mayor riesgo para la izquierda latinoamericana. Es la incapacidad de resolver una disputa legítima. Y es posible que haya mucho de sustantivo en este debate, mucho que profundizar desde las distintas herramientas de las ciencias sociales, económicas y las humanidades.

Ecuador ha dado extraordinarios ejemplos de cómo avanzar en varias dimensiones. Las mejoras en la dimensión más problemática de América Latina, la desigualdad (somos el área del mundo más desigual), han sido ejemplares. Se suele resaltar además la modernización de la economía; y se puede sumar a esto el progreso material del país y el enorme avance en obras públicas. Finalmente, es relevante dar cuenta de los logros sociales en el aumento de la cobertura y la calidad de la satisfacción de derechos fundamentales como la educación, salud y seguridad social. Incluso es necesario añadir que se rompió el mito de que el aumento de la inversión pública es contradictorio con el incremento de la inversión privada. Todo el proceso de la Revolución Ciudadana es una señal de confianza para la izquierda latinoamericana. Sin ser una receta la experiencia ecuatoriana, es sí un ejemplo de haber forjado un camino propio de carácter sustentable en lo político y económico. Y eso, hoy, no es poco para la izquierda.

¿Ha dado señales a la derecha Lenin Moreno? Es evidente que estamos aquí para interpretar sus actos. Fue a Estados Unidos en su primer viaje presidencial, por ejemplo. Es evidentemente un gesto político. Pero ¿es un gesto a Estados Unidos? ¿O es una señal de distanciamiento de la mirada maniquea de la política? Moreno ganó apretadamente a un candidato de la derecha empresarial. El espacio político exigía un discurso más moderado. ¿Es eso una traición? Que los acusadores lo expliquen. Pero que dejen de dar como única explicación que Rafael Correa no podrá elegirse. No puede ser ese el alfa y el omega del asunto.

La discusión al interior de la izquierda ecuatoriana es probablemente una de las señales de mayor riesgo para la izquierda latinoamericana. Es la incapacidad de resolver una disputa legítima. Y es posible que haya mucho de sustantivo en este debate, mucho que profundizar desde las distintas herramientas de las ciencias sociales, económicas y las humanidades. La política nos debe exigir esa reflexión. Pero de ahí a la radicalización ridícula, hay una distancia enorme.

Nuestro llamado a la unidad de la izquierda no es ritualista, sino sustantivista. Que solo los fundamentos sean la vara de nuestros juicios políticos. Por eso me extraña cuando leo a Atilio Borón diciendo que “si llegara a triunfar el Sí ese país se internaría, para su desgracia, en la misma senda opresora, decadente y violenta abierta por Mauricio Macri en la Argentina. Una sobria mirada a lo que está ocurriendo en mi país debería ser suficiente para persuadir a las ecuatorianas y los ecuatorianos de la necesidad de evitar tan nefasto desenlace. El triunfo del No en las tres preguntas claves del referendo abriría en cambio las puertas para el renacer de una esperanza hoy ensombrecida por el oprobio de una traición”.

Cuando leo estas palabras me pregunto: ¿es cierto que podemos comparar a Lenin Moreno con Mauricio Macri? ¿De verdad vamos a llegar tan lejos? Lo cierto es que acaba de ganar el “Sí” en la consulta. Hay quienes consideran este hecho como un triunfo de Moreno. Otros lo ven como un triunfo de la derecha. Está claro que es una derrota de Correa, que indudablemente no ha logrado interpretar en este tiempo, como sí lo hizo antes, el espíritu de los votantes. La historia dirá, más adelante, la respuesta correcta al acertijo del verdadero vencedor de este momento histórico en Ecuador.

Lo que está claro es que el desafío de una izquierda unida vuelve a resonar frente a nosotros, casi como una maldición o al menos como un atavismo. Y es evidente que esa unidad no puede ser a costa de nuestros fundamentos. Y para comenzar esa tarea, eliminar las caricaturas es una necesidad. He aquí la necesidad de una discusión latinoamericana. Que el conflicto al interior de la izquierda ecuatoriana sirva para profundizar allí donde se ha pecado de simplificación.

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